Reportaje de Zombies en los periódicos españoles.

Publicado: 9 octubre, 2011 en Otros mundos

Está claro que esta es la época de los zombies. Hoy os dejo un reportaje que se podía encontrar en El Pais de la mano de Guillermo Abril y con un especial invitado del mundo de los zombies: Alvaro Fuentes.

No tiene desperdicio.

 

Deambulan por libros, series y películas. En un mundo que anda en la cuerda floja, en el que abundan los miedos intangibles, resucitan para representar lo peor de nosotros mismos. Los muertos vivientes están de moda.

Golpean las puertas mecánicas con sus palmas ennegrecidas, atraídos por la luz del interior del centro comercial. Una masa agolpada en la entrada. Sus gargantas emiten un gruñido monocorde y vacío. La mirada desenfocada. La escena se parece mucho al primer día de rebajas en cualquier ciudad de Occidente. En el interior refulgen las baldosas sobre las que hemos visto deambular a esos seres de aspecto grotesco y caminar arrastrado, sus movimientos de autómata guiados por la música de feria. En el templo de consumo, apoyada sobre la barandilla, una mujer pregunta: “¿Quién diablos son?”. El héroe negro, de proporciones perfectas y ojos oscuros, responde con media sonrisa: “Somos nosotros, eso es todo”. No hay terror más profundo que el miedo a uno mismo; un monstruo aborregado y perseverante; un ejército de muertos que vuelven a la vida. El ser humano frente al espejo.

Quizá sea este su secreto. O quizá solo se trate de los designios de Hollywood. Pero 10 años después del 11-S, cuando el miedo ciudadano comenzó a transformarse en ansiedad inespecífica, con Occidente en guerra perpetua y los países desmoronándose por efecto de unos mercados intangibles, los zombis han sido aupados por la industria del ocio y el espectáculo. “Son los nuevos vampiros”, auguraba Time en 2009. “El monstruo del pueblo”, decía la revista. “El monstruo oficial de la recesión”. En tiempos de crisis moral y económica, estas criaturas parecen reflejar los anhelos inconscientes de Occidente. Los zombis están de moda. No solo eran la excusa con la que comenzaba la trama de Super 8, de J. J. Abrams. Hace un mes se editó un videojuego llamado Dead island, del que se han vendido casi dos millones de unidades. Y algo ocurre cuando Brad Pitt se decide a protagonizar una del género, basada en una novela de Max Brooks, Guerra mundial Z, un best seller por cuyos derechos la Paramount pagó una suma considerable de seis cifras. La superproducción cuenta con un presupuesto de 100 millones de euros y se estrenará a finales de 2012, para competir con El hobbit, de Peter Jackson.

El autor del libro, hijo del director Mel Brooks, publicó ya en 2003 la Guía de supervivencia zombi, una sátira sobre los agoreros del fin del mundo y el efecto 2000, en la que recomendaba “pelo corto y ropa ajustada” para salir del apuro. De ella ha vendido cerca de un millón de ejemplares. Hace poco ensayó una explicación sociológica en una entrevista con Time:“Cuando empecé a escribir no existía nada de zombis. Pero creo que ahora la gente necesita un buque seguro para el fin del mundo. (…) Los zombis son seguros. Son manejables”. Una especie de narcótico o un digestivo contra la crisis. “¿Qué significa el deshielo financiero de 2008?”, continuaba. “No puedo explicarlo, y estoy seguro de que tampoco le puedo pegar un tiro en la cabeza”.

Toda historia de muertos vivientes es en realidad una historia sobre la humanidad amenazada. Una odisea darwinista. No son fábulas para románticos, como ocurre con los vampiros, ni cuentan con su Anne Rice, ni las sagas crepusculares de Stephenie Meyer, ni siquiera con una novela fundacional como el Drácula de Bram Stoker. Sus raíces se hunden en los ritos tribales del África y el vudú haitiano, pero el fenómeno es reciente: el padre fundador de estas criaturas, el hombre que fijó el mito y lo consagró como icono pop tal cual lo conocemos hoy, aún vive y sigue explorando los tejidos subcutáneos del horror. El cineasta George A. Romero se inventó el género zombi en 1968 como una crítica al napalm que supuraba la guerra de Vietnam. Encerró a los protagonistas de La noche de los muertos vivientes en una casa de campo y dejó que se mataran entre ellos mientras intentaban sobrevivir a una plaga de caminantes hambrientos de carne. El resultado marcó un hito, había nacido un terror diferente. Así describió el crítico Roger Ebert, ganador de un Pulitzer, la reacción del público en un cine estadounidense: “La película dejó de ser deliciosamente aterradora a mitad de metraje y se volvió inesperadamente terrorífica (…) había una niña sentada muy quieta y llorando (…) no creo que los más pequeños realmente supieran qué les había golpeado (…) seguro que habían visto otras películas de terror antes, pero esto era otra cosa. Esto eran monstruos comiéndose a personas. Esto eran niñas matando a sus madres. Y lo peor de todo, hasta el héroe moría”. Diez años después, Romero refugió a sus protagonistas en un centro comercial, y su crítica esta vez la dirigió contra la cultura de masas y el consumo. En la película El amanecer de los muertos, sus zombis comían carne humana con la misma ansiedad con la que el consumidor se agolpa sobre un estante repleto de artículos en oferta. La plaga lo infestaba todo, y los héroes caían uno a uno, a manos de muertos vivientes o saqueadores humanos. Si hay alguna constante del género Z es su final desesperanzado. La sociedad comiéndose a sí misma. “Somos nosotros, eso es todo”, decía el negro. “Ya no queda sitio en el infierno”.

Cuando camina por un centro comercial, Álvaro Fuentes suele mirar hacia lo alto. Luego le dice a su mujer: “Me escaparía por ahí… Y me escondería más allá”. Si hubiera unapocalipsis zombi, este madrileño de 36 años recomienda no estar a su lado. Porque, avisa, no te echaría un cable. “Es pura supervivencia”. Como la mayoría de los de su edad, la primera vez que vio un muerto viviente fue en la Nochevieja de 1983, cuando se estrenó en TVE el vídeo musical de Thriller, de Michael Jackson, en el que el artista bailaba con una troupe salida de la tumba. Luego tocaron años de sequía. “En España era imposible encontrar algo de zombis. No llegaban cosas de nivel”. Pedía vídeos y cómics y libros por catálogo, y los paladeaba con la soledad del fanático antes del ADSL. Si hubiera que consultar con un experto, Fuentes sería la persona.

“No te vas a creer el verdadero origen de los zombis”, dice con un volumen de los pitufos en las manos. Con Los pitufos negros, de 1963, el belga Peyo inauguró la saga de los pequeños seres azules. Papá Pitufo mandaba a por leña a uno de los suyos, al que picaba una mosca en el rabo, volviéndose negro en el acto y transformándose en una criatura irritada cuyo único objetivo era encontrar otros pitufos azules a la voz de “¡ÑAC!” y morderles a su vez en el rabo, volviéndolos también negros y extendiendo la enfermedad. Al final cae hasta Papá Pitufo.

Con el cambio de siglo, las cosas también se pusieron negras en el mundo y se redescubrió el potencial simbólico de las criaturas. Poco antes de la invasión de Irak, y con el clima apocalíptico tras el ataque a las Torres Gemelas, se estrenó 28 días después, de Danny Boyle, cuya primera secuencia mostraba un Londres devastado, desértico y, dado el contexto mundial, bastante creíble. El virus cosía Inglaterra a mordiscos y, aunque aquello no era una de zombis, sino de infectados, los fans reconocieron las claves del género Z (y por primera vez, los no muertos eran capaces de esprintar). La película recaudó 82 millones de euros. Aquel año se publicó la Guía de supervivencia…, de Brooks, mientras un guionista de cómics llamado Robert Kirkman lograba editar una historieta titulada The walking dead, centrada en los conatos de sociedad tras unapocalipsis zombi. El fenómeno aún no había estallado, pero, como ocurre con las modas, y también con las plagas, la montaña rusa del ocio comenzó a hacer cálculos y se propagó el género como una marea.

A Jaume Balagueró y Paco Plaza no les costó demasiado convencer a Filmax para rodar una de zombis en un bloque de pisos de Barcelona. Rec se estrenó en 2007, recaudó 24 millones de euros y Hollywood produjo un remake en el que respetaba hasta el nombre de la protagonista. “Desde entonces ha habido una eclosión que da que pensar”, dice Balagueró. Plaza presentará la tercera parte de Rec en 2012 y se explica así el fenómeno: “Andamos abducidos con la televisión, los iPhone… El ser humano se está zombificando“. Balagueró, que estrena el próximo viernes otra de terror en un bloque de pisos titulada Mientras duermes, dice que los zombis tienen éxito porque representan un miedo “muy actual, intangible”, relacionado con la paranoia terrorista, los virus, las enfermedades o el derrumbe económico: “Suponen una amenaza incomprensible. Y esa es la crisis actual del mundo contemporáneo: el peligro no es controlable, es un enemigo impreciso”.

2007, fecha en que comenzaron los síntomas del pinchazo inmobiliario, se convirtió en el año fuerte de los zombis en España: aparte de Rec, el director canario Juan Carlos Fresnadillo estrenó 28 semanas después, una secuela sobre el virus londinense, y la película llegó a arañarle el traje a Spiderman 3 en la taquilla de Estados Unidos. También se organizó por primera vez una marcha zombi por las calles de Madrid, y 80 tipos disfrazados de no muertos cruzaron El Corte Inglés de Goya ante el estupor de los agentes de seguridad (desde entonces, los asistentes a esta marcha organizada por La Kasa del Maquillaje se han multiplicado como infestados hasta rondar los 2.000 en la edición de este año). En 2007, además, un abogado llamado Manel Loureiro comenzó a escribir una novela de zombis por entregas en un blog, como si fuera una historia real que ocurría a medida que iba narrando: una extraña explosión nuclear en una antigua república soviética, la incompetencia y la ocultación de los Gobiernos, el contagio masivo y la pandemia de no muertos cuyos efectos desoladores recorren las calles y carreteras y la costa de Galicia, donde sitúa al protagonista.

“Quería contar la historia de un mundo que se derrumba”, dice el autor en un aeropuerto, entre un vuelo y otro, porque Loureiro se convirtió de forma inesperada en un escritor superventas y ahora viaja como un ejecutivo, reclamado en charlas y conferencias. Cuando llevaba escritas dos terceras partes de su novela en Internet y las visitas se habían vuelto astronómicas, una editorial mallorquina llamada Dolmen le ofreció publicarla en papel. La terminó y agotaron siete ediciones. Hasta la fecha se han vendido cerca de 120.000 copias, entre el libro físico y las descargas. El fenómeno destapó una cultura literaria zombi más acusada de lo que se esperaba. Un par de años después, movida por el éxito, Dolmen lanzaba su Línea Z y fichaba para dirigirla a un experto, Álvaro Fuentes, aquel madrileño que recomendaba alejarse de él en caso de apocalipsis. En año y pico, el tiempo que trabajó para la casa, Dolmen publicó 14 títulos de zombis. Los manuscritos llegaban en cascada. “Todo el mundo parecía tener una novela de zombis en el cajón”, comenta Fuentes, que ahora es un editor freelanceespecializado en el género.

Mientras tanto, al abogado Loureiro lo fichó Plaza & Janés para editar sus dos siguientes novelas, con las que completó la trilogía de Apocalipsis Z, y ambas se situaron entre los libros de ficción más vendidos en España. Mientras se escriben estas líneas, una productora prepara su adaptación cinematográfica y otra estudia la posibilidad de llevarla a televisión. “Ya no es un género de nicho”, dice Loureiro. “Le ha pasado lo mismo que a los vampiros: Anne Rice los popularizó y poco a poco se convirtieron en un producto de consumo masivo”. Pero este fan de Stephen King destaca una gran diferencia: “En una historia de vampiros, el protagonista suele ser el vampiro”. Son inmortales, visten bien, resultan atractivos, algunos incluso brillan. “En las de zombis, el foco se coloca en los supervivientes. El monstruo representa lo peor de nosotros mismos”. Y logra sacar lo peor: la humanidad aguanta, pero en estado permanente de ansiedad y alerta.

Bajo esta premisa comenzó a emitirse en octubre de 2010 la serie The walking dead, basada en los cómics de Robert Kirkman, bajo la batuta del cineasta Frank Darabont. En España la estrenó Fox y poco después la emitió La Sexta en abierto. Como había ocurrido con todo lo relacionado con los zombis, la apuesta se convirtió en un éxito inesperado: fue el mejor estreno en la historia del canal estadounidense de cable AMC. Los zombis rubricaban con ella su reinado en una época de miedos intangibles. Lo dice Kirkman, un tipo orondo y barbudo, convertido de la noche a la mañana en productor ejecutivo: “La última vez que fueron populares fue a principios de los ochenta, con la alerta nuclear y la guerra fría. Parece que cuando la humanidad se encuentra amenazada y se vislumbra el fin de la civilización, resulta refrescante sentarse delante de la tele y pensar: ‘Al menos, no hay un cuerpo que me intenta comer”. El secreto de su historia, de la que ha publicado 89 números hasta la fecha, ha sido “centrarse en los personajes”, según teoriza al otro lado del teléfono. Kirkman explora con ellos qué ocurriría con el mundo en la cuerda floja a medida que pasa el tiempo. “Los zombis están por ahí y ayudan a que la narrativa avance”. En el fondo, no son más que una excusa. Quizá por eso, a pesar del gore y la tensión punzante, la primera temporada de la serie fue propuesta en la categoría de drama de los Globos de Oro 2011, junto a otras de reconocido prestigio como Mad Men o Boardwalk Empire (lo ganó esta).

“Parece más un soap opera [un culebrón] que una serie de zombis”, dice Santiago Segura, amante de los cómics de Kirkman y su adaptación, y uno de los rostros que se prestaron a publicitar el estreno de la segunda temporada en Fox posando para elcalendario zombi que ilustra estas páginas. Las viñetas de Kirkman se las recomendó Guillermo del Toro, cuando Segura se trasladó hasta Nueva Zelanda para poder escribirTorrente 4 junto a su “fetiche”, que entonces preparaba el guión de El hobbit. En las antípodas, Del Toro le dijo: “Gordo, ¿has leído esto?”. No, no lo había leído, y de esta manera el virus zombi voló en avión desde Nueva Zelanda hasta España, obviando fronteras, como lo hacen las transacciones financieras, los mercados y el miedo.

 

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