Envidia

Publicado: 3 agosto, 2011 en Relatos cortos

En las noches en que la luna brilla llena en el cielo, cuando la luz del astro nocturno ilumina la oscuridad, se les ve en la linde del bosque.

Todas las noches desde la ventana de mi cuarto les veo en la oscuridad, moviéndose, arrastrándose, sin dejar de estremecerse de esa forma tan obscena. Les veo mientras vigilan cada una de las parcelas del final del pueblo esperando a que alguien salga a su terreno, al bosque, aguardando a su próxima víctima.

Papá dice que no existen, que no son de verdad, él cree que es una invención mía porque mamá ya no está con nosotros, pero ya no soy tan pequeño, no me invento cuentos para olvidar que nos abandonó, ya no.

En una ocasión me adentré con mis amigos en el bosque; ya era tarde y estaba oscureciendo, pero teníamos un cigarro; no podíamos perder la oportunidad de probarlo lejos de los mayores. Cuando las casas se dejaron de ver tras los árboles, sacamos el cigarro arrugado tras hacer el camino en el bolsillo de Billy y lo encendimos con un mechero que había tomado prestado a su padre. Billy y Mark tosieron con su primera calada; antes de que yo lo tuviera entre mis manos escuchamos algo en la espesura que nos heló la sangre. Para ser sincero, mi primera reacción fue esconder el delito tras mi cuerpo, pero fue una reacción más instintiva que inteligente; no era uno de los mayores. Tras una hondonada, en una pequeña zanja natural, encontramos el perro de Mark, pero le pasaba algo. No había sido el perro lo que nos había asustado, aunque no paraba de gimotear, ni su estado, y no me refiero a que le hubieran apaleado —he visto muchos perros con marcas de golpes y sin pelo en las partes en que les dieron, con el rabo entre las piernas y cojeando de alguna de sus patas—. Vivimos cerca de una salida de autopista; abandonan muchos perros en el verano. No, el perro estaba ileso a primera vista, pero parecía tener una bolsa correosa colgada de su lomo, como manchada de aceite de motor, del negro, el que parece brea. Mark se acercó corriendo a su perro intentando quitársela de encima, pero ese bulto nos miró, nos miró con esos ojos amarillentos, y parecía sonreír. Billy soltó un grito mientras yo me acercaba para ver mejor aquello, cuando nos dimos cuenta de que se lo estaba comiendo, ¡vivo! El perro de Mark no paraba de gemir mientras intentaba acercarse a nosotros como podía; los tres salimos corriendo.

Todas las noches recuerdo aquel momento, no dejo de ver ante mí cómo se abrazaba a aquel chucho comiéndole las entrañas mientras nos sonreía. A veces incluso me parece escucharlos en el bosque, esas risitas, ese ruido de ramas, pero no siempre me atrevo a mirar por la ventana.

Debo tomar mis medicinas.

Recuerdo que mi madre me decía que nunca me alejara del pueblo solo; se preocupaba mucho por mí, sobre todo después de que una niña, Elisabeth, se perdiera en el bosque. La vi llorando con su madre una tarde junto a la gasolinera, apenadas por su pérdida, y me sorprendió verla tan entristecida por una niña a la que casi no conocía. Desde entonces no me dejó jugar en la parte trasera del jardín si no estaba ella cerca para vigilarme, aunque ya casi nunca jugaba en esa parte, tan cerca del bosque. De todas formas, parece increíble que alguien que se preocupaba por mí se fuera de esa manera, dejándome sin importarle lo que pudiera pasar, pero es así, a veces fantaseo pensando que esos seres se la hubieran comido.

Brilla la luna en el cielo, esta noche es especialmente luminosa, no pienso asomarme a la ventana, hoy no, estarán ahí y los veré y ellos me verán, y se reirán como hacen siempre. Mi padre está abajo, bebiendo probablemente y viendo el partido por la televisión. Después de que mamá se fuera se volvió muy callado, ya bebía antes, pero eso no ha sido nunca un problema, siempre se ha desentendido de mí en la medida de sus posibilidades, quizá si no me abandona es porque no tiene el valor de empezar de nuevo. Ya lo hizo a su manera cuando me internó en aquel psiquiátrico, debe ser que no quería tenerme tan cerca.

Mis pastillas, un vaso de agua.

Elizabeth, o Beth como la llamaban sus amigos, no fue la primera niña que se perdió en el bosque, ni será la última, antes que ella varios niños desaparecieron sin dejar ningún rastro, y desde entonces seguro que alguno más ya no está, pero ya no me entero de esas cosas. Antes papá me hablaba de ello, me contaba cosas de cuando la mina estaba aún abierta, pero ya casi no habla conmigo, no me mira, o lo hace de reojo. En una ocasión le escuché hablando con el vecino, el que vive junto a nuestra parcela. Al parecer su perro ya no está, y quien sabe, igual ahora tiene uno de esos fetos colgado, metiendo la cara entre sus costillas y manchando su oscura piel húmeda con su sangre; si me paro a pensar, casi puedo ver cómo le va retirando la piel y el pelo a tironcitos con esas pequeñas manitas negras.

Billy tenía razón, tendríamos que haber escapado de allí, haber huido de aquel lugar antes de que nos encontraran; ahora los veo desde mi ventana asomándose tras los árboles, desde la frontera que dibuja el final del bosque. Ahora es demasiado tarde, como lo es para Mark. Ayer formaron una partida para buscar a Kaitlyn, la hija del dueño de la ferretería. Les veía con sus linternas adentrarse en la espesura, tratando de encontrar algún indicio. Jamás el bosque me pareció tan oscuro. Por supuesto, no encontraron nada.

Es la hora de mi medicación.

En algunas ocasiones me dio la sensación que mamá me quería contar algo pero no se atrevía, miraba a papá como pidiendo permiso, luego me miraba a mí, y se alejaba sin explicarme a qué venían esos gestos. Más adelante, al preguntar a papá, sólo me ha sabido responder con un “no era nada”, como si con eso me fuera a conformar. Tengo claro que los mayores lo sabían; durante años muchos de los niños de la región han desaparecido, pero cuando le hablaba de ellos enseguida me miraba con un gesto forzado, como queriendo decir que no tenía sentido. Todas esas veces en las que salían al bosque a buscar al hijo del tabernero, la sobrina de la señora Donovan, la hermana de Billy… Recuerdo cómo su madre le miraba, triste, pero nada más. Todas esas veces en que volvían sin haber encontrado nada, pero como si fuera normal que pasaran esas cosas de vez en cuando. Una gran tragedia repetida tantas veces. En realidad, nunca han conseguido engañarme, yo sé lo que he visto, lo que veo todas las noches, lo que vimos aquella vez que entramos en el bosque. A veces daría lo que fuera por regresar a ese momento y hacer lo contrario, dar la vuelta, correr a casa. Mark seguiría con nosotros si no hubiéramos ido allí.

A veces pienso en mi madre, en cómo se fue, y me pregunto si fue por mí o por ellos. Ella siempre estaba triste, mirando por la ventana, pensando en algo que no estaba allí. Por las noches la oía llorar; cuando era muy pequeño le preguntaba qué le ocurría, por qué lloraba todas las noches, pero ella sólo me miraba, sonreía y, señalando a la ventana, me decía que me volviera a la cama, que si no me cogerían por ser malo. No creo que lo dijera con malicia, no recuerdo que quisiera hacerme pasar miedo, pero sí que no me dejaba salir ni al porche en cuanto caía el sol. De pronto, un día no estaba y no volvería más.

Perdí el contacto con la mayoría de los niños del pueblo tras dejar de ir al colegio. Antes había un autobús que nos recogía en la puerta para llevarnos a las clases, pero ya no. El colegio está en un pueblo cercano, a unas dos horas andando, si nos hubieran dejado ir a pie; hace años había un colegio en nuestro pueblo, pero ya no hay suficientes niños, y de todas formas ya no teníamos trato con ellos, con los niños del otro pueblo; es más, para ser sinceros, ni si quiera veía a los niños del otro lado del río, tan sólo veía a los niños de las casas más cercanas, los que estaban en la misma calle. Cada vez más callados, cabizbajos, cada vez más sedados.

No nos atrevíamos a hablar de ellos, de aquellos seres; no se nos ocurría mencionar lo que veíamos por las noches, y nunca nos acercábamos al bosque. A Mark le compraron un nuevo perro, pero en la primera ocasión que tuvo se escapó y entró corriendo en la espesura. Todos miramos hacia los árboles sin movernos ni un centímetro, no nos atrevimos a buscarlo, nunca volvió. No volvieron a comprarle ningún perro más.

A veces dejaba la ventana abierta y escuchaba el viento entre las ramas de los árboles, sólo en esas ocasiones parece que todo vuelve a ser normal; por un momento me olvidaba de ellos, dejaba de buscarlos en la oscuridad y disfrutaba del aire que me acariciaba. Esas veces duran poco tiempo. En una ocasión escuché cómo los padres de Finnegan hablaban de cómo su hijo, nunca me acuerdo de su nombre, se había escapado por la ventana. Si yo me quisiera escapar no destrozaría el marco, me iría sin hacer ruido. Casi puedo imaginármelos arrastrándole por el patio trasero hasta la maleza, tirando de él mientras grita y llora. Por todo eso, a veces no me atrevo ni a acercarme a la ventana. Una vez que estaba mirando cómo el sol caía mientras entraba el viento a mi cuarto, los olí. Un olor nauseabundo, podrido, como de carne muerta. Traté de cerrar la ventana antes de que me vieran, pero ya era demasiado tarde; uno de ellos me miraba con esa sonrisa desde la valla del jardín. Cerré la antigua falleba de madera y me lancé bajo las sábanas de la cama. La luz estaba apagada, pero aún entraba un poco de claridad en el cuarto, aguanté la respiración e intenté mirar entre las sábanas. Allí estaba, buscando en la penumbra de la habitación desde el otro lado del cristal, y debía darse cuenta del miedo que tenía porque notaba cómo su respiración se volvía cada vez más ansiosa, jadeando mientras miraba hacia mi cama. No podía parar de temblar, mucho menos al escuchar cómo arañaba el cristal con las uñas o los dientes, no lo supe nunca porque cerré los ojos, no me atrevía a seguir mirando más. No sé cuánto tiempo pasó, no había amanecido aún cuando dejé de percibirlo. Durante toda la noche estuve oyendo cómo roía el marco de la ventana; durante horas, oliendo ese olor inmundo, recordé cómo en mi imaginación se llevaban al hijo de los Finnegan, arrastrando hasta el bosque sin parar de gritar y llorar, sirviendo de alimento a esos engendros correosos estando vivo aún.

Nunca me alegré tanto de que papá entrara en la casa golpeándose con todos los muebles que encontraba a causa del alcohol. Nunca volví a abrir la ventana para disfrutar del aire.

Mi tratamiento, ¿dónde están mis píldoras?

Todos habían perdido a alguien: Billy, a su hermana; Mark, a su perro, no, sus dos perros; yo, en cambio, había perdido a mi madre, aunque en mi caso fuera por un motivo distinto. No puedo parar de preguntarme por qué se fue. Papá nunca me dice nada coherente, o está demasiado ebrio, o demasiado sobrio. Cuando está borracho es imposible hablar con él porque no te deja hablar, cuando no ha bebido mira para otro lado, como si no me hubiera oído, hasta que me canso y le dejo tranquilo. Me parece que se siente mal, no me refiero a que se sienta triste, no de esa manera. Todos los mayores se comportan de una forma muy rara, ninguno habla de lo que pasa, o por lo menos no cuando estamos delante de ellos. No sé si lo hacen cuando no estamos. Recuerdo que en una ocasión Billy les gritó a sus padres por qué no salían a buscar a Melissa, su hermana. Ellos le respondieron que ya la habían buscado y que no habían encontrado nada, que seguían buscándola y que las autoridades estaban informadas, pero todos sabíamos que eso no era verdad. Se veía en las caras de los padres de Billy la tristeza al hablar de Melissa, una cara similar a la de los padres de Mark cuando se enteraron de lo de sus perros, se veía dolor, pero también se veía resignación.

Esas reacciones, o más bien la falta de reacción, fue lo que hizo que Mark se metiera en el bosque buscando a la hermana de Billy. La verdad es que siempre le gustó, aunque no sé si lo suficiente como para entrar en el bosque por ella. Una tarde, después de las horas de calor del medio día, nos preguntó a Billy y a mí si le acompañábamos a buscarla. Estaba claro que los dos pensábamos que no había nada que hacer, pero Mark se negaba a la evidencia. Yo no hacía otra cosa que recordar esa sonrisa asquerosa mientras nos pedía que fuéramos con él, recordaba los golpecitos en mi ventana y los jadeos de aquella cosa. Al fin nos convenció, no sé cómo, para adentrarnos en el bosque, siempre y cuando volviéramos antes de que oscureciera. Al cabo de unos minutos, nos juntábamos en su jardín con lo primero que encontramos como arma —un bate, una pala…—, abrimos la puerta de la verja y entramos en la espesura. Tras un buen rato caminando, encontramos los restos de un antiguo camino que ya casi no se percibía por la maleza, lo seguimos sin una idea mejor de la dirección que debíamos tomar, hasta que llegamos a la entrada de la antigua mina. Junto al acceso había una furgoneta, del carnicero del pueblo, aseguró Billy, aparcada con el motor en marcha. Nos separamos del camino y nos escondimos tras unos arbustos, justo a tiempo para ver cómo salía de la mina el robusto carnicero, con su mandil aún manchado, y se montaba en la furgoneta para huir del lugar rápidamente. Tras él vimos aparecer por el agujero de piedra a docenas de aquellos seres que se abalanzaban tras el vehículo. Lo siguieron corriendo hasta que vieron una presa mucho más fácil de alcanzar, nosotros.

No recuerdo muy bien lo que siguió, tan sólo que eché a correr, corrí hasta me lo permitieron mis piernas, hasta que sentí que el pecho me ardía por el esfuerzo, y escuché detrás de mí a Billy y Mark gritando aterrados. No sé muy bien cómo pasó, pero, cuando llegué a casa, conmigo estaba sólo Billy; Mark no estaba. En realidad no me di cuenta hasta que nos preguntó papá; estaba en el jardín, o nos escuchó al llegar y salió, no lo sé bien. Sé que nos dijo algo, pero no le oí, sólo escuchaba a Billy gritando una y otra vez que habían cogido a Mark.

Esa misma noche tumbado en la seguridad de mi cama recordaría cómo Mark me gritaba que le ayudara, cómo nos gritaba a Billy y a mí que volviéramos a ayudarle. Recordé cómo Billy no dejaba de repetir, “Mark se ha caído, Mark se ha caído”, mientras lloraba en el jardín de mi casa. Traté de pensar en otra cosa, cualquier cosa, lo que fuera, pero no fui capaz. Una y otra vez ve-
nían a mi mente las imágenes que había olvidado esa misma tarde, para castigarme por abandonarle en el bosque. Cerraba los ojos con fuerza, intentando sacar aquello de mi cabeza, pero volvía de nuevo irremediablemente. No paraba de ver en mi imaginación cómo al volver la vista atrás lo único que pude ver de mi amigo era su mano saliendo de entre los cuerpos de aquellos seres grasientos, que lo devoraban mientras gritaba pidiéndonos auxilio. Él gritaba que no le dejáramos, y yo no tuve el valor necesario para ayudarlo.

Como siempre, los mayores salieron a buscarlo al bosque, pero no encontraron nada. Volvieron cuando la luna brillaba llena en el cielo, con la misma cara de siempre. Billy y yo intentamos decirle a papá lo que vimos en la entrada de la mina, aquello del carnicero y la furgoneta en donde llevaba la carne del reparto. Como casi todas las noches, había bebido más de la cuenta, y no quiso escucharnos. Me mandó a la cama y despidió a Billy, pero unos segundos después de que saliera por la puerta le oímos gritar desde el porche. Yo miré a papá aterrado y él me miró a mí con una cara similar, parecía que el alcohol se había evaporado en sus venas. Vi cómo tenía los ojos llorosos mientras me gritaba que no saliera, pero no podía quedarme sin hacer nada, no pude evitarlo. Con paso indeciso, llegué a la entrada y abrí la puerta por la que había salido mi amigo; sólo la entorné, pero fue suficiente con eso. Lo que tenía delante me arrancó un alarido de terror, justo antes de cerrar de un portazo y dejar caer todo mi peso contra la madera. Sin levantar la mirada del suelo, papá me dijo que antes el pueblo era muy próspero gracias a la mina; casi todos los hombres trabajaban allí. Aún oíamos los gritos de Billy desde el otro lado de la puerta, mientras papá seguía hablando como si no lo oyera. Me dijo que gracias al mineral que se extraía, todas las familias vivían desahogadas, y que había muchos niños en el pueblo. Levantó la vista y me miró a los ojos antes de seguir, “pero todo cambió”, siguió diciendo. Parece ser que un día, justo antes del verano, el colegio de la localidad había organizado una excursión a la mina. Al parecer, unos explosivos en mal estado se detonaron mientras se encontraban en el interior de las grutas. Trataron de sacarlos de allí, pero, tras varias horas de trabajo, lo primero con lo que dieron fue una masa sanguinolenta entre las rocas. En ese punto dejamos de oír a Billy y la noche quedó en silencio por un momento, no sabía qué era mejor. Papá tardó unos minutos en continuar. “Eran nuestros hijos, los hijos de todo el pueblo”, lloraba papá tirado en el suelo mientras se sujetaba la cabeza, “tu hermano”. No encontraba las palabras para preguntarle por ese hermano que no recordaba, aunque no dejé de pensar si ese fue el motivo por el que mamá se marchó. Tras encontrar aquellos restos, no se atrevieron a seguir escarbando, no querían mover más piedras empapadas en sangre, no querían ver lo que había sido de ellos. Taparon la gruta y cerraron la mina, dejaron sus cadáveres allí.

En la puerta no había nada, nadie, ni rastro de Billy, a no ser un reguero oscuro que se adentraba en el bosque. Papá no volvió a hablar durante los siguientes días, y yo no dejé de pensar en lo que había visto en el porche. Al cabo del tiempo, tras el accidente en la mina, empezaron a suceder las desapariciones. En un principio perros, gatos, más tarde los niños del pueblo. Trataron de apaciguarles con carne, pero no era eso lo que querían, sus caras no mostraban hambre, sólo odio.

Desde entonces no he vuelto a mirar por la ventana. Tengo miedo de asomarme y volver a ver lo que vi en el porche de mi casa, de ver de nuevo esa cara, ese rostro. Aquel día sentí el terror de verlos corriendo detrás de mí intentando alcanzarme, aquella noche en el jardín sobre la espalda de Billy, tirado en el suelo sobre su sangre, gritando mientras aquella cosa se lo comía. Con esas manitas oscuras, introduciéndose por su costado para sacar todo lo que había en su interior y llevárselo a la boca. Aquella mirada de odio.

No, no era odio, la cara del ser reflejaba otra cosa. Porque aquella cara era la de Mark mientras se comía a Billy, y en sus ojos lo que vi fue envidia. Envidia porque yo estaba vivo y él no. Pero mi turno llegará pronto. Tarde o temprano alguno de ellos me atrapará, Billy, Mark, Beth, el hijo de los Finnegan…, quién sabe, y entonces seré yo quien mire con envidia a los niños del pueblo, cazándolos hasta que no quede ninguno.

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comentarios
  1. Sara R. dice:

    Me encanta.Prometo no perderme nada a partir de ahora…..Engancha!!!!

    Tú fan nº1….

  2. escarnio1965 dice:

    Interesantisimo el relato,yo tambien pido mas y mas y mas.

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