“El Gran Dios Pan” de Arthur Machen Parte 2

Publicado: 25 noviembre, 2011 en Relatos cortos

Arthur Machen

El Gran Dios Pan (Parte 2)

 

V. La carta de advertencia

 

-¿Sabes Austin -dijo Villiers, mientras ambos amigos paseaban serenamente a lo largo de Picadilly una agradable mañana de mayosabes que estoy convencido que lo que me contaste acerca de Paul Street y de los Herberts es un mero episodio de una historia extraordinaria? Además, debo confesarte que cuando te pregunté por Herbert hace unos meses atrás, recién me lo había encontrado.

-¿Lo habías visto? ¿Dónde?

-Me pidió limosna una noche en la calle. Se encontraba en la condición más lamentable, pero reconocí al hombre y lo tuve contándome su historia, o por lo menos un esbozo de ella. En resumen, llegó a lo siguiente: había sido arruinado por su mujer.

-¿De qué forma?

-No me lo dijo; sólo dijo que ella lo había destruido, en cuerpo y alma. El hombre está muerto ahora.

-¿Y que fue de su mujer?

-Ah, eso es lo que me gustaría saber, y pretendo encontrarla tarde o temprano. Conozco a un hombre llamado Clarke, un tipo seco, de hecho, un hombre de negocios, pero suficientemente despierto. Tú comprendes a lo que me refiero, no despierto en el mero sentido comercial de la palabra, sino que un hombre que realmente sabe algo acerca del hombre y la vida. Bueno, le expuse el caso y realmente se impresionó. Dijo que necesitaba ser considerado y me pidió que volviera en el transcurso de una semana. Pocos días después, recibí esta extraordinaria carta.

Austin tomó el sobre, extrajo la carta y leyó con curiosidad. Decía lo siguiente:

“MI QUERIDO VILLIERS, he pensado en el caso sobre el cual me consultaste la otra noche, y mi consejo es el siguiente. Arroja el retrato al fuego, borra la historia de tu mente. Nunca le dediques otro pensamiento, Villiers, o te arrepentirás. Pensarás, sin duda, que poseo alguna información secreta, y hasta cierto punto ese es el caso. Pero sólo conozco un poco; sólo soy como un viajero que ha atisbado sobre el abismo y se ha retirado con horror. Lo que sé, es suficientemente extraño y terrible, sin embargo, más allá de mi conocimiento hay profundidades y horrores aún más espantosos, más increíbles que cualquier cuento narrado una noche de invierno junto al fuego. He resuelto no explorar ni un ápice más allá, y nada conmoverá tal resolución, y si valoras tu felicidad tomarás la misma determinación. Ven a verme de todos modos; pero hablaremos de temas más alegres que éste.

Austin dobló metódicamente la carta, y se la devolvió a Villiers.

-Ciertamente es una carta particular -dijo- ¿a qué se refiere el hombre con el retrato?

-¡Oh! Había olvidado mencionar que estuve en Paul Street e hice un descubrimiento.

Villiers relató su historia como lo había hecho con Clarke, mientras Austin escuchaba en silencio. Parecía intrigado.

-¡Qué curioso que experimentaras una sensación tan desagradable en aquella habitación! -dijo finalmente-. Difícilmente creo que haya sido una mera cuestión de la imaginación; en resumen, un sentimiento de repulsión.

-No. Era más físico que mental. Era como si en cada inhalación, respirara alguna emanación mortífera, que parecía penetrar en cada nervio, hueso y tendón de mi cuerpo. Me sentí tironeado de pies a cabeza, mis ojos comenzaron a oscurecerse, fue como la entrada a la muerte.

-Sí, sí, realmente muy extraño. Como ves, tu amigo confesó que hay una historia muy oscura conectada con esta mujer. ¿Percibiste alguna emoción particular en él cuando le relatabas tu experiencia?

-Sí. Se puso muy débil, pero me aseguró que no era más que un ataque pasajero de los cuales era objeto.

-¿Le creíste?

-En el momento lo hice, pero ahora no. Escuchó lo que yo tenía que decir con bastante indiferencia, hasta que le mostré el retrato. Entonces fue cuando el ataque del que hablo le sobrevino. Te aseguro que lucía cadavérico.

-Entonces debe haber visto a la mujer alguna vez. Sin embargo, puede haber otra explicación; puede haber sido el nombre y no el rostro, el que le era familiar. ¿Qué crees tú?

-No podría decírtelo. Hasta donde creo, fue luego de voltear el retrato en su mano que casi se cae de la silla. El nombre, como sabes, estaba escrito en la parte de atrás.

-¡Correcto! Después de todo, es imposible llegar a una conclusión en un caso como este. Odio el melodrama, y nada me choca más que la trivialidad y el tedio de las historias comerciales de fantasmas; pero Villiers, realmente parece que hay algo muy extraño en el fondo de todo esto.

Sin darse cuenta, los dos hombres habían doblado por Ashley Street, dirigiéndose al norte de Picadilly. Era una calle larga, y más bien sombría, mas aquí y allá, un gusto más brillante había iluminado las oscuras casas con flores, y cortinas alegres, y una agradable pintura en las puertas. Villiers observaba al tiempo que Austín terminaba de hablar, y miró una de aquellas casas; de cada alféizar colgaban geranios, rojos y blancos y cada ventana estaba cubierta con cortinas de color narciso.

-Se ve alegre, ¿no te parece? -dijo.

-Sí, y el interior es aún más alegre. Una de las casas más agradables de la temporada, así he oído. Yo mismo no he estado allí, pero he conocido a varios hombres que sí lo han hecho, y me cuentan que es notablemente jovial.

– ¿De quién es la casa?

-De una tal señorita Beaumont.

-¿Y quién es ella?

-No sabría decirte. He escuchado que viene de Sudamérica, pero después de todo, quién es ella es de poca importancia. Es una mujer muy rica, no cabe duda de ello, y algunas de las personas más distinguidas se han asociado con ella. He escuchado que posee un clarete espléndido, un vino verdaderamente maravilloso, que debe haberle costado una suma fabulosa. Lord Argentine me estaba contando al respecto; estuvo allí la tarde del domingo pasado. Me ha asegurado que nunca había probado un vino como ese y, como sabes, Argentine es un experto. A propósito, eso me recuerda, debe ser una mujer del tipo singular, esta señora Beaumont. Argentine le preguntó acerca de la antigüedad del vino y, ¿qué crees que le respondió?. “Al rededor de unos mil años, creo”. Lord Argentine pensó que lo estaba engañando, tú sabes, pero cuando se río ella le dijo que hablaba totalmente en serio y le ofreció mostrarle la jarra. Por supuesto que luego de eso no pudo decir nada más; pero me parece algo anticuado para una bebida, ¿no te parece? Bueno, ya llegamos a mis habitaciones. ¿Quieres pasar?

-Gracias, creo que lo haré. No he visto la tienda de curiosidades hace un buen tiempo.

Era una habitación ricamente amoblada, aunque extravagantemente, donde cada jarrón, armario y mesa, y cada alfombra, jarra y ornamento parecían ser una cosa aparte, preservando cada una su propia individualidad.

-¿Algo fresco últimamente? -dijo Villiers luego de un rato.

-No; creo que no. ¿Ya viste esos cántaros extraños, no es cierto? Me lo imaginaba. No creo haberme topado con nada durante las últimas semanas.

Austin examinó la pieza de aparador en aparador, de estante a estante, en busca de alguna nueva rareza. Finalmente, sus ojos se posaron sobre un extraño cofre, agradable y exquisitamente tallado, que se encontraba en una oscura esquina del cuarto.

-Ah -dijo- lo estaba olvidando, tengo algo que mostrarte. Austin abrió el cofre, extrajo un grueso volumen empastado, lo dejó sobre la mesa, y retomó el cigarro que había dejado a un lado.

-Villiers, ¿conociste a Arthur Meyrick, el pintor?

-Algo. Lo vi una o dos veces en la casa de un amigo mío. ¿Qué ha sido de él? No he escuchado la mención de su nombre por algún tiempo.

-Murió.

-¡Díos mío! Tan joven, ¿verdad?

-Si, tenía sólo treinta cuando murió.

-¿De qué falleció?

-No lo sé. Era un íntimo amigo mío, y un tipo realmente bueno. Acostumbraba a venir y hablar conmigo durante horas, era uno de los mejores conversadores que he conocido. Incluso podía hablar de la pintura, y eso es más de lo que se puede decir de la mayoría de los pintores. Hace aproximadamente dieciocho meses comenzó a sentirse estresado, y en parte siguiendo mi consejo, se embarcó en una especie de expedición errante, sin un final ni un objetivo muy definidos. Me parece que Nueva York sería uno de sus primeros puertos, pero nunca supe de él. Hace tres meses recibí este libro, acompañado de una cortés nota de un doctor inglés trabajando en Buenos Aires, afirmando que había atendido al fallecido señor Meyrick durante su enfermedad, y que el difunto había expresado el intenso deseo de que el paquete sellado debía serme enviado luego de su muerte. Eso era todo.

-¿Y no escribiste para pedir nuevos pormenores?

-He pensado en hacerlo. ¿Tú me aconsejarías escribirle al doctor?

-Ciertamente. ¿Y el libro?

-Estaba sellado cuando lo recibí. No creo que el doctor lo haya mirado.

-¿No es algo muy extraño? ¿Era Meyrick un coleccionista?

-No, no lo creo, difícilmente un coleccionista. Dime, ¿qué es lo que piensas de estas vasijas Ainu?

-Son singulares, pero me gustan. Pero, ¿no me vas a mostrar el legado del pobre Meyrick?

-Si. Sí, por cierto. Lo que sucede es que es un objeto bastante peculiar y no se lo he mostrado a nadie. Si yo fuera tú, no diría nada al respecto. Aquí está.

Villiers cogió el libro y lo abrió a azar.

-No es un volumen impreso, entonces -dijo.

-No. Es una colección de dibujos en blanco y negro hechos por mi pobre amigo Meyrick.

Villiers dio vuelta la primera página, estaba en blanco; la segunda llevaba una pequeña inscripción que decía: “Silet per diem universus, nec sine horror secretus est; lucet mocturnis ignibus, chorus Aeipanum undique personatur: audiuntur et cantus tibiarum, et tinnitus cymbalorum per oram maritimam”.

En la tercera página había un diseño que sobresaltó a Villiers y miró inmediatamente a Austin; éste miraba abstraídamente por la ventana. Villiers volteó página tras página, absorto, a pesar de sí mismo, en las espantosas Noches de Walpurgis de la maldad, una maldad extraña y monstruosa, que el artista había plasmado en duro blanco y negro. Las figuras de Faunos, Sátiros y Aegipos bailaban frente a sus ojos, la oscuridad de la espesura, la danza en las cumbres, las escenas de costas solitarias, en verdes viñedos, en lugares desiertos y rocosos, pasaron frente a él: un mundo frente al cual el alma humana se retrae y se estremece. Villiers pasó rápidamente las páginas restantes; había visto suficiente, mas el dibujo de la última página captó su mirada, cuando casi cerraba el libro.

-¡Austin!

-Bueno, ¿qué sucede?

-¿Sabes quién es?

Era el rostro de una mujer, sola en la página blanca.

-¿Que si la conozco? No, por supuesto que no.

-Yo sí.

-¿Quién es?

-Es la señora Herbert.

-¿Estás seguro?

-Estoy perfectamente seguro de ello. ¡Pobre Meyrick! Es un capítulo más en su historia.

-¿Qué te parecen los diseños?

-Son terribles. Sella el libro nuevamente, Austin. Si yo fuera tú, lo quemaría; debe ser una horrible compañía aún estando en un cofre.

-Sí, son unos dibujos singulares. Pero me pregunto, ¿qué conexión había entre Meyrick y la señora Herbert, o qué vínculo había entre ella y estos diseños?

-¿Quién podría decirlo? Es posible que este asunto termine aquí, y nunca sepamos, sin embargo, en mi opinión, esta Helen Vaughan o señora Herbert, es sólo el principio. Volverá a Londres, Austin; pierde cuidado, ella regresará, y entonces sabremos más acerca de ella. Dudo que sean noticias muy agradables.

 

VI. Los Suicidios

 

Lord Argentine era un gran favorito en la sociedad londinense. A los veinte años había sido un hombre pobre, adornado por el apellido de una ilustre familia, sin embargo, forzado a ganarse el sustento como fuera, y ni el más especulativo de los prestamistas le hubiera confiado 5 peniques sobre la eventualidad de que alguna vez cambiara su nombre por un título y su pobreza por una gran fortuna. Su padre había estado lo suficientemente cerca de la fuente de las cosas buenas como para asegurar a uno de los miembros vivos de la familia, pero el hijo, aún si hubiera tomado los votos, no hubiera obtenido más que eso, además, no tenía vocación para la orden eclesiástica. De esta forma, enfrentó al mundo con una armadura no mejor que la toga de bachiller y el ánimo de un joven nieto del hijo, equipamiento con el cual se las ingeniaba de alguna forma para hacer de esa una batalla bastante tolerable. A los veinticinco el señor Charles Aubernon era aún un hombre de luchas y contiendas contra el mundo, sin embargo, de los siete que se encontraban antes que él en los lugares más altos de su familia, sólo quedaban tres. Estos tres, aunque “bien vivos”, no eran a prueba de la lanza Zulu ni de la fiebre tifoidea, por lo que, una mañana, Aubernon despertó siendo Lord Argentine, un hombre de treinta años que había enfrentado las dificultades de la existencia, y las había conquistado. La situación lo divertía inmensamente, y resolvió que la riqueza sería tan agradable para él como lo había sido siempre la pobreza. Luego de algunas consideraciones, Argentine llegó a la conclusión de que la cena, mirada como una de las bellas artes, era quizá la ocupación más entretenida abierta a la humanidad arruinada, de esta forma, sus cenas se hicieron famosas en Londres, y una invitación para su mesa era algo codiciosamente deseado. Luego de diez años de señoría y cenas, Argentine aún rehusaba a cansarse y siguió disfrutando de la vida , y, como una suerte de infección, era reconocido como causa de alegría para los demás, en suma, como la mejor de las compañías. De este modo, su repentina y trágica muerte causó una extensa y profunda sensación.

La gente difícilmente lo creía, aún teniendo el periódico frente a sus ojos y el grito de “Misteriosa muerte de un noble” resonando por las calles. Mas allí estaba el párrafo: “Lord Argentine fue hallado muerto esta mañana por su asistente bajo circunstancias intranquilizantes. Se ha afirmado que no hay duda de que su señoría se habría suicidado, aunque no se ha encontrado un motivo para el acto. El fallecido caballero era ampliamente conocido en sociedad, y muy querido por sus joviales maneras y su regia hospitalidad. Ha sido sucedido por…” etc., etc.

Lentamente los detalles salieron a la luz, pero el caso era aún un misterio. El testigo principal del interrogatorio era el ayudante del difunto, quien afirmó que la noche anterior a la muerte Lord Argentine había cenado con una señora de buena posición, cuyo nombre fue suprimido por los periódicos. Lord Argentine había regresado aproximadamente a las once y había informado a su hombre que no requeriría de sus servicios hasta la mañana siguiente. Un poco más tarde, el sirviente tuvo la oportunidad de pasar por el hall y asombrarse al ver a su amo saliendo tranquilamente por la puerta principal. Se había cambiado la tenida de noche y vestía un abrigo Norfolk, unos bombachos, y un sombrero bajo color marrón. El ayudante no tenía ninguna razón para suponer que Lord Argentine lo había visto, y aunque su amo rara vez se quedaba hasta tarde, jamás pensó en lo que ocurriría a la mañana siguiente al llamar a su puerta un cuarto para las nueve, como era usual. No recibió respuesta, y luego de golpear una o dos veces, entró a la habitación y vio el cuerpo de Lord Argentine inclinado en ángulo desde los pies de la cama. Descubrió que su amo había atado firmemente una cuerda a uno de los postes cortos de la cama, y luego hizo un nudo corredizo y se lo deslizó alrededor del cuello, el pobre hombre debe haberse dejado caer resueltamente, para morir lentamente estrangulado. Vestía el delgado traje con el que el sirviente lo había visto salir, y el doctor que fue llamado declaró que la su vida se había extinguido hacía más de cuatro horas. Todos los papeles, cartas, y demás, estaban en perfecto orden, y no se descubrió nada que apuntara remotamente a algún escándalo, fuera grande o pequeño. Hasta aquí llegaba la evidencia; nada más pudo ser descubierto. Varias personas se encontraban presentes en la cena a la que Lord Argentine había asistido, y a todas ellas les pareció que se encontraba de un humor afable, como siempre. Sin embargo, el asistente afirmó que su amo le había parecido algo agitado al llegar a casa, mas la alteración era a su manera muy tenue, de hecho, difícilmente perceptible. Buscar más pistas parecía inútil, y la sugerencia de que Lord Argentine había sufrido de un repentino ataque de manía suicida aguda, fue

ampliamente aceptado.

Sin embargo, resultó de otra manera, cuando dentro de las tres semanas siguientes, otros tres caballeros, uno de ellos un noble, y dos hombres más de buena posición y abundantes medios, perecieron atrozmente en casi la misma forma. Lord Swanleigh fue encontrado una mañana en su vestidor, colgando de un gancho fijado a la pared, y el señor Collier-Stuart y el señor Herries habían elegido morir como Lord Argentine. Ninguno de los casos tenía explicación; uno cuantos hechos conocidos: un hombre vivo en la tarde y un cadáver con el rostro hinchado y amoratado, en la mañana. La policía se vio obligada a declararse impotente para arrestar o explicar los sórdidos asesinaos de Whitechapel; sin embargo, ante los horribles suicidios de Picadilly y Mayfair se encontraban atónitos, porque ni siquiera la sola ferocidad que había

servido como explicación de los crímenes del East End, podía servir en el West. Todos estos hombres que habían resuelto morir una muerte tormentosa y vergonzosa eran ricos, prósperos y, según las apariencias, enamorados del mundo, y ni siquiera la investigación más detallada pudo descubrir en alguno de los casos alguna sombra de un motivo latente. Había horror en el aire, y los hombres se miraban unos a otros al encontrarse, cada uno preguntándose si el otro sería la víctima de la quinta tragedia sin nombre. Los periodistas revisaban en vano sus apuntes en busca de material con el cual mezclar artículos anteriores. Y el periódico matutino era abierto en más de algún hogar con un sentimiento de terror; nadie sabía cuándo o dónde atacaría el próximo golpe.

Poco tiempo después del último de estos terribles sucesos, Austin fue a visitar al señor Villiers. Sentía curiosidad por saber si Villiers había tenido éxito en descubrir alguna pista fresca de la señora Herbert, ya fuera a través de Clarke o de otra fuente, y a penas se hubo sentado hizo la pregunta.

-No -dijo Villiers-, le escribí a Clarke pero sigue inexorable, y he tratado por otros canales sin resultados. No he podido saber qué ha sido de Helen Vaughan después de dejar Paul Street, pienso que deber haberse ido al extranjero. Pero para serte franco Austin, no le he prestado mucha atención al tema durante las últimas semanas; conocía íntimamente al pobre Herries, y su terrible muerte ha sido un gran golpe para mí, un gran golpe.

-Lo creo -contestó Austin solemnemente-, tú sabes que Argentine era amigo mío. Si recuerdo correctamente, estuvimos hablando de él ese día que viniste a mis habitaciones.

-Sí; era en relación a aquella casa en Ashley Street, la casa de la señora Beaumont. Dijiste algo acerca de Argentine cenando allá.

-De hecho. Seguramente sabrás que fue allí donde Argentine cenó la noche antes… antes de su muerte.

-No, no había escuchado eso.

-Oh, si; el nombre fue excluido de los periódicos para ahorrarle molestias a la señora Beaumont. Argentine era un gran favorito suyo, y se comentaba que ella se encontraba en un terrible estado.

Una curiosa expresión asomó en el rostro de Villliers; parecía indeciso acerca de hablar o no. Austin comenzó nuevamente.

-Nunca experimenté tal sentimiento de horror como cuando leí el informe de la muerte de Argentine. En el momento no lo comprendí, y tampoco ahora. Lo conocía bien, y mi entendimiento se ve completamente superado al preguntarme por qué posible causa él -o cualquiera de los otros- podría haber resuelto morir a sangre fría, de aquella espantosa manera. Tú sabes cómo los hombres murmuran sobre cada personaje de Londres, y te aseguro que cualquier escándalo enterrado o esqueleto escondido habría aparecido en un caso como este; pero nada por el estilo ha sucedido. Y respecto a la teoría de manía, bueno, eso está muy bien para la improvisación del forense, pero todos sabemos que es una tontería. La manía suicida no es una pequeña infección.

Austin se hundió en un oscuro silencio. Villiers también estaba en silencio, observando a su amigo. La expresión de indecisión aún se movía por su rostro; parecía sopesar sus pensamientos en una balanza, y las consideraciones que estaba tomando lo mantenían en silencio. Austin trató de quitarse de encima las memorias de tragedias tan imposibles y confusas como el laberinto de Dédalo, y comenzó a hablar con voz indiferente de sucesos más agradables y de las aventuras de la temporada.

-Esa señora Beaumont -dijo- de la cual hablábamos, es un gran éxito; ha tomado Londres casi por asalto. La conocí la otra noche en Fulham; realmente es una mujer extraordinaria.

-¿Conociste a la señora Beaumont?

-Sí; estaba rodeada por un verdadero séquito. Supongo que podría decirse que es muy atractiva, sin embargo, hay algo en su rostro que no me agradó. Sus rasgos son exquisitos, pero la expresión es extraña. Y durante todo el tiempo que la estuve observando, y luego, cuando me dirigía a casa, tuve la curiosa sensación de que me era familiar, de alguna u otra forma.

-La debes haber visto en la calle.

-No, estoy seguro que nunca había visto a la mujer; eso es lo que lo hace misterioso. Y según creo, nunca he visto a nadie como ella; lo que sentí fue como un recuerdo lejano y velado, vago pero persistente. La única sensación con la que puedo compararlo es ese extraño sentimiento que se tiene a veces en los sueños, cuando las ciudades fantásticas, las tierras maravillosas y los personajes fantasmales nos parecen familiares y habituales.

Villiers asintió y echó un vistazo sin dirección al rededor de la habitación, posiblemente en busca de algo sobre lo que continuar la conversación. Sus ojos se posaron en un antiguo cofre situado debajo de un escudo gótico, parecido en cierta forma a aquél en que el artista había escondido su extraño legado.

-¿Le escribiste al doctor acerca del pobre Meyrick? -preguntó.

-Sí, le escribí pidiéndole todos los pormenores respecto a su enfermedad y su muerte. No espero recibir respuesta durante otras tres semanas o un mes. Pensé que también debería indagar si Meyrick conocía a alguna mujer inglesa apellidada Herbert, y si ese era el caso, si el doctor podía entregarme información sobre ella. Sin embargo, es muy posible que Meyrick se halla encontrado con ella en Nueva York, o México, o San Francisco. No tengo idea del alcance o dirección de sus viajes.

-Sí, y es muy posible que esta mujer tenga más de un nombre.

-Exactamente. Hubiera deseado pensar en pedirte el retrato de ella que posees. Podría haberlo incluido en mi carta al doctor Matthews.

-Podrías haberlo hecho; nunca se me había ocurrido. Debemos enviarlo ahora.¡Escucha! ¿Qué están gritando esos niños?

Mientras los dos hombres conversaban, un ruido confuso de gritos había aumentado gradualmente en intensidad. El ruido se elevaba desde la parte este y cobraba fuerzas en Picadilly, acercándose más y más, como un torrente de sonido; agitando las calles usualmente tranquilas, y haciendo de cada ventana el marco para una cara, curiosa o excitada. Los gritos y las voces reverberaban a lo largo de la silenciosa calle donde vivía Villiers, haciéndose más claras a medida que avanzaban, y mientras Villiers hablaba, la respuesta subió desde la acera: “¡Los Horrores del West End; otro espantoso suicidio; informe completo!”

Austin se precipitó escaleras abajo y compró un periódico, y le leyó a Villiers, mientras el alboroto en la calle se elevaba y decaía. La ventana estaba abierta y el aire parecía estar lleno de ruido y terror.

“Otro caballero ha caído víctima de la terrible epidemia de suicidios que, durante el último mes, ha prevalecido en West End. El señor Sydney Crashaw, de Stoke House, Fulhan y King’s Pomeroy, Devon, fue hallado muerto a la una de esta tarde, luego de una prolongada búsqueda, colgado a la rama de un árbol en su jardín. El difunto caballero cenó anoche en el Club Carlton y su salud y humor se veían como siempre. Abandonó el club cerca de las diez y, algo más tarde fue visto caminando sin prisa por St. James Street. Luego de esto, se le pierde el rastro a sus movimientos. Apenas encontrado el cuerpo se llamó al médico, pero era evidente que la vida se había extinguido hace tiempo. Hasta donde se sabe, el señor Crashaw no tenía ningún tipo de problema o ansiedad. Este doloroso suicidio, como se recordará, es el quinto de su clase en el último mes. Las autoridades de Scotland Yard son incapaces de sugerir alguna explicación para estos terribles sucesos.”

Austin dejó el periódico con un mudo horror.

-Dejaré Londres mañana -declaró-, esta es una ciudad de pesadilla. ¡Qué espantoso es esto, Villiers!

El señor Villiers estaba sentado junto a la ventana, tranquilamente mirando a la calle. Había escuchado atentamente al informe del periódico, y la huella de indecisión había desaparecido de su rostro.

-Espera, Austin -replicó- he decidido mencionarte un asunto que sucedió anoche. ¿Creo que se afirmaba que Crashaw había sido visto con vida en St. James Street, poco después de las diez?

-Sí, eso creo. Miraré nuevamente. Si, estás en lo cierto.

-Correcto. Entonces, me encuentro en la posición de contradecir completamente el relato. Crashaw fue visto después de eso; de hecho, considerablemente más tarde.

-¿Cómo lo sabes?

-Porque por casualidad vi a Crashaw, cerca de las dos de esta madrugada.

-¿Viste a Crashaw? ¿Tú, Villiers?

-Sí, lo vi claramente, de hecho, nos separaban tan sólo unos pocos pasos.

-¿Dónde, en nombre del cielo, lo viste?

-No lejos de aquí. Lo vi en Ashley Street. Precisamente cuando salía de una casa.

-¿Reconociste cuál era la casa?

-Sí. Era la de la señora Beaumont.

-¡Villiers! Piensa en lo que estás diciendo; debe haber algún error. ¿Cómo podría Crashaw haber estado en casa de la señora Beaumont a las dos de la mañana? Seguro, seguro debes haber estado soñando, Villiers; siempre has sido algo fantasioso.

-No; estaba completamente despierto. Incluso si hubiera estado soñando, como tú dices, lo que vi me hubiera despertado efectivamente.

-¿Lo que viste? ¿Qué viste? ¿Había algo extraño en Crashaw? Pero no lo puedo creer, es imposible.

-Bueno, si lo deseas te contaré lo que vi, o si te place, lo que creo haber visto. Puedes juzgar por ti mismo.

-Muy bien, Villiers.

El ruido y el clamor de la calle se habían extinguido, aunque algunos sonidos de gritos aún llegaban repentinamente desde la distancia, y el apagado y pesado silencio se parecía a la calma que sigue al terremoto o a la tormenta. Villiers dio la espalda a la ventana y comenzó a hablar.

-Anoche yo estaba en una casa cerca de Regent’s Park y al dejarla, me asaltó la idea de caminar a casa en vez de tomar un cabriolé. Era una noche lo suficientemente clara y agradable, y luego de unos minutos ya tenía las calles para mí solo. Es curioso, Austin, estar solo en Londres de noche, las lámparas alargándose en perspectiva, y el silencio sin vida, y quizá de repente, la acometida y estruendo de un coche sobre las piedras y los cascos de los caballos echando chispas. Caminaba vigorosamente pues me sentía algo cansado de estar fuera en la noche, y cuando los relojes daban las dos, doblé por Ashley Street, la que, como sabes, está en mi camino. Estaba más tranquila que nunca y eran pocas las lámparas; en resumen, lucía tan oscura y tenebrosa como un bosque en invierno. Había recorrido casi la mitad de la calle cuando oí el sonido de una puerta cerrándose suavemente y, como es natural, miré para ver quién andaba allí como yo, a tales horas. Por casualidad hay una lámpara cerca de la casa en cuestión y vi a un hombre en el portal. Recién había cerrado la puerta y su cara estaba hacia mí, inmediatamente reconocí a Crashaw. Nunca lo conocí tanto como para hablarle, sin embargo, lo había visto frecuentemente, por lo que estoy seguro que no confundí a mi hombre. Le miré a la cara por un momento, y entonces -debo decir la verdad- emprendí una buena carrera y seguí corriendo hasta que estaba en mi propia puerta.

-¿Por qué?

-¿Por qué? Porque verle la cara a ese hombre me congeló la sangre. Nunca habría imaginado que una combinación de pasiones como aquella podría haber fulgurado en los ojos de ningún hombre. Casi me desmayé al mirar. Sabía que había atisbado en los ojos de un alma perdida, Austin. El exterior de ese hombre permanecía, pero todo el infierno estaba dentro de él. Una lasciva furiosa y un odio que era como el fuego, más la pérdida de toda esperanza y la

completa oscuridad de la desesperación parecían dar alaridos a la noche, aunque su boca estaba cerrada. Estoy seguro que no me vio; no veía nada de lo que tú o yo podemos ver, sin embargo, lo que presenciaba espero que jamás lo veamos. No sé cuándo murió; supongo que dentro de una hora, o quizá dos, pero cuando pasé por Ashley Street y oí la puerta cerrándose, el hombre ya no pertenecía a este mundo. Lo que vi fue la cara de un demonio.

Hubo un intervalo de silencio en la habitación cuando Villiers terminó de hablar. La luz estaba menguando y todo el tumulto de una hora atrás se había acallado por completo. Austin había inclinado su cabeza al final del relato, y las manos cubrían sus ojos.

-¿Qué puede significar todo esto? -dijo finalmente.

-Quién sabe, Austin, quién sabe. Este es un asunto oscuro, pero creo que será mejor que quede entre nosotros por ahora, sea como sea. Veré si puedo saber algo acerca de esa casa a través de algunos canales privados de información, y si me encuentro con algo, te lo haré saber.

 

VII. Encuentros en el Soho

 

Tres semanas más tarde Austin recibió una nota de Villiers, pidiéndole que lo visitara aquella noche o la siguiente. Eligió la fecha más cercana. Encontró a Villiers sentado, como era usual, junto a la ventana, aparentemente perdido en meditaciones en el adormecedor tráfico de las calles. A su lado había una mesa de bambú, un objeto fantástico, enriquecido con oropel y exóticas escenas pintadas, y sobre ella había una pila de papeles arreglados y rotulados tan pulcramente como cualquier cosa en la oficina del señor Clarke.

-Bueno, Villiers, ¿has hecho algunos descubrimientos durante las últimas tres semanas?

-Eso creo: aquí tengo uno o dos apuntes que me impactaron por su singularidad, y hay un informe sobre el cual quisiera llamar tu atención.

-¿Y estos documentos se relacionan con la señora Beaumont? ¿Era realmente Crashw a quien viste esa noche en la puerta de la casa de Ashley Street?

-En relación a ese asunto mi creencia se mantiene inalterada, sin embargo, ninguna de mis indagaciones ni sus resultados tiene alguna especial relación con Crashaw. Pese a eso, mis investigaciones han tenido un extraño resultado. ¡He descubierto quién es la señora Beaumont!

-¿A qué te refieres con quién es ella?

-Me refiero a que tú y yo la conocemos mejor bajo otro nombre.

-¿Cuál es ese nombre?

-Herbert.

-¡Herbert! -Austin repitió esta palabra aturdido por la sorpresa.

-Sí, la señora Herbert de Paul Street, o Helen Vaughan, cuyas anteriores aventuras desconocía. Tuviste razón al reconocer la expresión de su rostro; al llegar a casa observa el rostro del libro de horrores de Meyrick, y conocerás la fuente de tus recuerdos.

-¿Tienes pruebas de esto?

-Sí, la mejor de las pruebas. He visto a la señora Beaumont, ¿o debo decir la señora Herbert?

-¿Dónde la viste?

-En un lugar donde difícilmente esperarías ver a una dama que vive en Ashley Street, Picadilly. La vi entrando a una casa en una de las calles más despreciables y de peor reputación del Soho. De hecho, yo había concertado una cita, aunque no con ella, y ella estaba precisamente allí, en el mismo lugar y al mismo tiempo.

-Todo esto parece muy sorprendente, pero no puedo llamarlo increíble. Debes recordar Villliers, que yo he visto a esta mujer en la corriente aventura de la sociedad londinense, conversando y riéndose, sorbiendo su café en un salón común y corriente, con gente común y corriente. Pero tú sabes lo que dices.

-Lo sé; no me he permitido ser guiado por conjeturas ni fantasías. No era con la intención de descubrir a Helen Vaughan que buscaba a la señora Beaumont en las oscuras aguas de la vida londinense, sin embargo, ese ha sido el resultado.

-Debes haber estado en lugares extraños, Villiers.

-Sí, he estado en lugares bastante extraños. Como sabes, hubiera sido inútil dirigirme a Ashley Street y haberle pedido a la señora Beaumont que me hiciera un corto esbozo de su historia pasada. No; asumiendo que, como tuve que asumir, sus antecedentes no eran de los más limpios, era bastante seguro que en algún período pasado debió haberse movido en círculos no tan refinado como los actuales. Si ves lodo en la superficie del arroyo, puede estar seguro que alguna vez estuvo en el fondo. Y yo fui hacia el fondo. Siempre me he sido aficionado a sumergirme enla Calle Extrañapor placer, y me di cuenta que mi conocimiento de la localidad y sus habitantes me era muy útil. Tal vez sea innecesario mencionar que mis amigos jamás habían escuchado el apellido Beaumont, y como yo jamás había visto a la dama y no podía dar su descripción, tuve que ponerme a trabajar de una manera indirecta. La gente del lugar me conoce; eventualmente he podido prestarles algún servicio, así que no pusieron ninguna dificultad en darme su información; estaban concientes que yo no tenía ninguna comunicación directa o indirecta con Scotland Yard. Sin embargo, tuve que eliminar una buena cantidad de líneas antes de obtener lo que quería, y cuando pesqué el pez no pensé ni por un momento que ese era mi pez. Sin embargo escuché lo que me decían desde un constitucional aprecio por la información inútil, y me encontré en posesión de una historia muy curiosa, aunque como imaginé, no la historia que buscaba. Resultó ser lo siguiente.. Aproximadamente cinco o seis años atrás, una mujer de apellido Raymond apareció repentinamente en el barrio al que me refiero. Me la describieron como una mujer bastante joven, probablemente de no más de diecisiete o dieciocho, muy atractiva, y luciendo como si viniera del campo. Me equivocaría si dijera que ella encontró su nivel entrando a este barrio en particular, o asociándose con esta gente, pues por lo que me contaron, pensaría

que la peor pocilga de Londres es demasiado buena para ella. La persona de la cual obtuve la información, no un gran puritano como puedes suponer, se estremeció y se puso pálido al contarme acerca de las infamias sin nombre de las que se le acusaba. Después de vivir allí por un año, o quizá un poco más, desapareció tan repentinamente como había llegado, y no supieron nada de ella hasta la época del caso de Paul Street. Al principio venía a su guarida ocasionalmente, luego con más frecuencia y finalmente, se estableció allí como antes, y permaneció por seis u ocho meses. No tiene sentido que entre en detalles acerca de la vida que la mujer llevaba; si quieres detalles puedes mirar en el legado de Meyrick. Aquellos diseños salieron de su imaginación. Ella desapareció nuevamente, y nadie del lugar la vio hasta hace unos pocos meses atrás. Mi informante me contó que había tomado algunas habitaciones en una casa que me indicó, y que tenía el hábito de visitarlas una o dos veces a la semana, siempre a las diez de la mañana. Esperaba que realizara una de esas visitas cierto día de la semana pasada, y de acuerdo a ello logré estar vigilando, acompañado de mi cicerone un cuarto para las diez, y la hora y la dama llegaron con igual puntualidad. Mi amigo y yo nos encontrábamos bajo un pasaje abovedado, algo retirado de la calle, sin embargo, ella nos vio y me dirigió una mirada que me tomará tiempo olvidar. Aquella mirada fue suficiente para mí; sabía que la señora Raymond era la señora Herbert; mientras que la señora Beaumont se había ido completamente de mi cabeza. Entró a la casa, y vigilé hasta las cuatro de la tarde, cuando salió, y luego la seguí. Fue una larga cacería, y tuve que mantener gran cuidado de mantenerme a lo lejos, en un segundo plano, pero sin perder de vista a la mujer. Me llevó por el Strand, luego hacia Westminster, para continuar por St Jame’s Street, y a lo largo de Picadilly. Me sentí de lo más extraño cuando la vi doblar por Ashley Street; la idea de que la señora Herbert era la señora Beaumont vino a mi mente, pero parecía demasiado imposible para ser verdad. Esperé en la esquina, sin perderla de vista en ningún momento, poniendo especial cuidado en identificar la casa en la que se había detenido. Era la casa de las cortinas alegres, la casa de las flores, la casa de la cual Crashaw salió la noche en que se colgó en su jardín. Casi me estaba yendo con mi descubrimiento, cuando vi que un carruaje vacío viró y se detuvo frente a la casa, llegué a la conclusión que la señora Herbert tomaría un paseo, y tenía razón. Allí, de casualidad, me encontré con un hombre que conocía, y estuvimos conversando a poca distancia del camino por donde pasaría el carruaje, que se encontraba a mis espaldas. No habíamos estado allí ni diez minutos cuando mi amigo se quitó el sombrero, di un vistazo a mi alrededor

y allí vi a la dama a la que había estado siguiendo todo el día. “¿Quién es ella?” -le pregunté. Y su respuesta fue: “La señora Beaumont; vive en Ashley Street”. Después de eso no cabía ninguna duda. No sé si ella me vio, pero creo que no lo hizo. Inmediatamente regresé a casa y, considerándolo, pensé que tenía un caso suficientemente bueno como para presentarme donde Clarke.

-¿Por qué donde Clarke?

-Porque estoy seguro de que Clarke conoce hechos acerca de esta mujer, hechos de los que yo no sé nada.

-Bueno, ¿qué pasó entonces?

El señor Villiers se reclinó en su butaca y miró a Austin reflexivamente un momento antes de contestar su pregunta:

-Mi idea era que Clake y yo deberíamos visitar a la señora Beaumont.

-¿Jamás irías a una casa como esa? No, no, Villiers, no puedes hacerlo. Además, considera qué resultado…

-Pronto te lo diré. Pero iba decirte que mi información no terminaba aquí; sino que fue completada de una forma extraordinaria. Mira este lindo paquetito manuscrito; está compaginado, como ves, y tuve que perdonar la atenta coquetería de una banda de cinta roja. ¿Cierto que tiene un aire casi legal? Desliza tus ojos por él, Austin. Es la relación de las diversiones que la señora Beaumont prodigaba a sus invitados favoritos. El hombre que escribió esto escapó con vida, pero pienso que no vivirá muchos años. Los doctores le han

dicho que debe haber sufrido algún severo impacto nervioso.

Austín cogió el manuscrito pero nunca lo leyó. Al abrir sus elegantes páginas al azar, su mirada fue atrapada por una palabra y una frase que le seguían; y, angustiado, con los labios pálidos y un sudor frío corriendo como agua por sus sienes, arrojó los papeles al suelo.

-Llévatelo, Villiers, nunca menciones esto nuevamente. ¿Estás hecho de piedra, hombre? Porque ni el temor ni el horror de la misma muerte, ni los pensamientos del hombre que se encuentra en el aire punzante de la mañana sobre la oscura plataforma, condenado, escuchando el tañido de las campanas, esperando que el severo rayo retumbe, no son nada comparados con esto. No lo leeré; y jamás podré conciliar el sueño.

-Muy bien, puedo imaginarme lo que viste. Sí, es lo suficientemente horrible; pero después de todo es una vieja historia, un antiguo misterio representado en nuestros días, en las oscuras calles de Londres en vez de entre los viñedos y los jardines de olivos. Ambos sabemos lo que le ocurre a aquellos que llegan a conocer al Gran Dios Pan, y aquellos que son prudentes saben que todos los símbolos son símbolo de algo, no de nada. De hecho, fue bajo un símbolo exquisito que los hombres velaron, hace mucho tiempo, su conocimiento de las fuerzas más terribles y más secretas, fuerzas que se encuentran en el corazón de todas las cosas; fuerzas ante las cuales el alma de los hombres se marchita y muere, y se ennegrece, como sus cuerpos al electrocutarse. Tales fuerzas no pueden ser nombradas, no se puede hablar de ellas, no pueden ser imaginadas excepto bajo un velo y un símbolo, un símbolo que a la mayoría nos parece una imagen exótica y poética , mientras para otros es un disparate. De todos modos, tú y yo hemos conocido algo del terror que debe habitar en el secreto lugar de la vida, manifestado en carne humana; aquello que no tiene forma tomando para sí una forma. Oh, Austin, ¿cómo eso puede existir? ¿Cómo es que la misma luz del sol no se oscurece frente a esta cosa ni la sólida tierra se derrite y hierve bajo tal carga?

Villiers se movía de un lado a otro por la habitación, y las gotas de sudor resaltaban en su frente. Austin se mantuvo en silencio por un rato, sin embargo, Villiers lo vio realizando un signo sobre su pecho.

-Nuevamente te digo, Villiers, ¿no serás capaz de entrar en una casa como esa? Jamás saldrías de ella con vida.

-Sí, Austin. Saldré con vida… y Clarke conmigo.

-¿A qué te refieres? No puedes, no te atreverías…

-Espera un momento. Esta mañana el aire estaba muy fresco y agradable; soplaba una brisa, incluso por esta calle deprimente, pensé entonces en dar un paseo. Picadilly se extendía clara frente a mí, el sol destellaba sobre los carruajes y sobre las hojas temblorosas del parque. Era una mañana alegre, los hombres y las mujeres miraban hacia el cielo y sonreían mientras se dirigían a su trabajo o a sus placeres, y el viento soplaba tan despreocupadamente como lo hace sobre las praderas y el aromático tojo. Pero de una u otra manera me alejé del bullicio y del alborozo, me descubrí caminando lentamente a lo largo de una tranquila y oscura calle, donde parecía no existir la luz del sol ni el aire, y donde los pocos peatones vagabundeaban al caminar, y merodeaban indecisos por las esquinas y las arcadas. Seguí caminando, sin saber realmente hacia dónde me dirigía o qué estaba haciendo allí, mas me sentía empujado, como a veces uno se siente, a explorar aún más allá, con la vaga idea de alcanzar alguna meta desconocida. De esta forma avancé por la calle, notando el movimiento en la lechería, y sorprendido por la incongruente mezcla de pipas de un penique, tabaco negro, dulces, y canciones cómicas, que aquí y allá se empujaban unas a otras en el reducido espacio de una sola ventana. Creo que un escalofrío que me recorrió repentinamente fue lo que en un principio me indicó que había encontrado lo que quería. Miré desde la acera y me detuve frente a un polvoriento negocio sobre el cual la inscripción se había borrado, donde los ladrillos de doscientos años se habían tiznado, donde las ventanas habían acumulado el polvo de los innumerables inviernos. Vi lo que necesitaba; sin embargo, creo que pasaron cinco minutos antes de que me calmara y pudiera entrar y pedir con una voz tranquila y un rostro impasible. Creo que aún así hubo un ligero temblor en mis palabras, pues el viejo que salió de la recepción, tambaleándose lentamente entre su mercancía, me observó de un manera extraña al envolverme el paquete. Le pagué lo que pedía, y me mantuve inclinado sobre el mostrador con un extraño rechazo a tomar mi mercadería e irme. Le pregunté por el negocio y me entré que las ventas no estaban buenas y que los beneficios habían bajado deprimentemente; que la calle no era la misma que antes de que el tráfico fuera desviado, pero eso había sido hace cuarenta años, “justo antes que mi padre muriera” -dijo. Finalmente me alejé y caminé solemnemente; era realmente una calle lúgubre y estuve feliz de volver a bullicio y al ruido.¿Quisieras ver mi adquisición?

Austín no dijo nada, pero asintió suavemente con su cabeza; aún se veía pálido y enfermo. Villiers abrió uno de los cajones de la mesa de bambú y le enseñó a Austin un largo rollo e cuerda, nueva y resistente; y en un extremo había un nudo corredizo.

-Es la mejor cuerda de cáñamo -dijo Villiers-, tal como las que se hacían antes, según me dijo el hombre. Ni una sola pulgada de yuta de punta a cabo.

Austin apretó los dientes y miró a Villiers, palideciendo cada vez más.

-No deberías hacerlo -murmuró finalmente. ¡Por Dios! No te ensuciarías las manos con sangre -exclamó con una repentina vehemencia-, ¿no hablas en serio, Villiers, eso te convertiría en un verdugo?

-No. Ofreceré la opción, dejaré a Helen Vaughan sola con esta soga por quince minutos en una habitación cerrada. Si cuando entre la cosa no está hecha, llamaré al policía más cercano. Eso es todo.

-Debo irme. No puedo quedarme ni un minuto más, no puedo soportar esto. Buenas noches.

-Buenas noches, Austin.

La puerta se cerró, pero se abrió nuevamente en un momento. Austin estaba en la entrada, pálido y cadavérico.

-Se me estaba olvidando -dijo-, que yo también tengo algo que contarte. Recibí una carta del doctor Hardon desde Buenos Aires. Me dice que él atendió a Meytick durante los tres meses anteriores a su muerte.

-¿Y menciona qué se lo llevó a la tumba en la flor de su vida? ¿No fue la fiebre?

-No, no fue la fiebre. De acuerdo al doctor, fue un colapso total del sistema, probablemente causado por algún shock severo. Pero asegura que el paciente no le mencionó nada, por lo que se encontraba en cierta desventaja para tratar el caso.

-¿Hay algo más?

-Sí, el doctor Harding concluye su carta diciendo: “Creo que esta es toda la información que puedo darle acerca de su pobre amigo. No estuvo mucho tiempo en Buenos Aires, y casi no conocía a nadie, a excepción de una persona que no ostentaba el mejor de los caracteres, y que desde entonces se ha marchado… una tal señora Vaughan.

 

VIII. Los Fragmentos

 

[Hoja de un manuscrito, cubierta con anotaciones hechas a lápiz, encontrada entre los papeles del conocido médico, doctor Robert Matheson, de Ashley Street, Picadilly, quien murió repentinamente de un ataque de apoplejía, a comienzos de 1892. Las notas se encontraban en latín, muy abreviadas y, evidentemente escritas con gran prisa. El manuscrito fue descifrado con gran dificultad y algunas palabras han evadido, hasta ahora, todos los esfuerzos de los expertos contratados. La fecha, XXV de julio de 1888, está escrita en el costado superior derecho del manuscrito. Lo siguiente es la traducción del manuscrito del doctor Matheson]

No sé si acaso la ciencia se vería beneficiada por la publicación de estas notas, en caso de que pudieran ser publicadas, mas lo dudo. Pero ciertamente, nunca tomaría la responsabilidad de publicar o divulgar ninguna palabra de lo que aquí escribo, no sólo en consideración del juramento que presté libremente a aquellas dos personas que estuvieron presentes, sino además porque los detalles son demasiado abominables. Probablemente, luego de una consideración madura y luego de sopesar el bien y el mal, destruiré este texto, o por lo menos se lo entregaré sellado a mi amigo D, confiando en su discreción, para usarlo o quemarlo, como él estime apropiado.

Como era apropiado, hice todo lo que mis conocimientos me sugería para estar seguro de que no me encontraba delirando. Pasmado en el comienzo difícilmente podía pensar, pero en poco tiempo estuve seguro que mi pulso era estable y regular, y que yo me encontraba en mis cabales. Después de eso fijé tranquilamente mis ojos en lo que estaba frente a mí.

A pesar que dentro de mí surgieron el horror y la náusea, y un hedor de podredumbre sofocó mi respiración, me mantuve firme. Fui entonces privilegiado o maldito, no me atrevo a decir cuál de las dos, de ver aquello que se encontraba sobre la cama, yaciendo negro como la tinta, transformándose frente a mis ojos. La piel, la carne, los músculos, los huesos y la firme estructura del cuerpo humano que yo había creído invariable y permanente como el diamante, comenzó a derretirse y disolverse.

Sé que el cuerpo puede ser dividido en sus elementos por agentes externos, pero me hubiera negado a creer lo que vi. Porque allí había alguna fuerza interna, de la cual nada sé, que causaba la disolución y el cambio.

Aquí también se encontraba todo el trabajo través del cual fue creado el hombre, recreado frente a mis ojos Vi aquella forma oscilando de sexo a sexo, dividiéndose a sí mismo de sí mismo, y luego nuevamente reunido. Luego vi el cuerpo descender hacia las bestias desde donde ascendió, y aquello que estaba en las alturas bajar a las profundidades, incluso hasta el abismo de todo ser. El principio de la vida, que crea al organismo, se mantuvo siempre mientras la forma exterior cambiaba.

La luz del cuarto se había transformado en oscuridad, no la oscuridad de la noche donde los objetos se perciben difusamente, pues yo podía ver claramente y sin dificultad. Sin embargo, era la negación de la luz; los objetos se presentaban a mi visión, si puedo decirlo de esta manera, sin ninguna mediación, de tal manera que si hubiera habido un prisma en la habitación no hubiera visto ningún color representado sobre él.

Miré y al final no vi nada más que una sustancia gelatinosa. Luego ascendió nuevamente el escalafón… [aquí el manuscrito se hace ilegible] … por un momento vi un Forma, perfilada frente a mí en la oscuridad , la cual no describiré en detalle. Sin embargo, el símbolo de esta forma puede ser vista en antiguas esculturas y en las pinturas que sobrevivieron a la lava, demasiado obscenas para ser nombradas… como una horrible e indescriptible figura, ni hombre ni bestia, fue cambiando hasta tomar forma humana, cuando finalmente llegó la muerte.

Yo, que presencié todas estas cosas, no sin el gran horror y aversión de mi alma, escribo aquí mi nombre, declarando que todo lo que puse en este papel es verdad.

ROBERT METHESON, Med. Dr.

 

***

…Raymond, este es el relato de lo que se y he visto. La carga era demasiado pesada para llevarla yo solo y, sin embargo, no podía contárselo a nadie más que a ti. Villiers, quien se encontraba conmigo en el final no sabe nada de aquel terrible secreto del bosque, de cómo aquello que ambos vimos perecer sobre la verde y suave hierba, entre las flores del varano, mitad en la luz mitad en penumbra, sosteniendo la mano de la joven Rachel, llamó y convocó a aquellos compañeros que adoptaron la forma de sólidas figuras sobre la tierra que pisamos, convocó al terror que nosotros sólo podemos insinuar, aquel que sólo podemos nombrar bajo una figura. No le contaré a Villiers de esto, ni tampoco acerca de aquel parecido que me impactó como un golpe en el corazón al ver el retrato, que colmó en el final la copa del terror. No me atrevo a adivina qué puede significar esto. Estoy seguro de que lo que vi perecer no era Mary, sin embargo, en la última agonía fueron los ojos de Mary los que me miraron. No sé si existe alguien que pueda mostrarme el último eslabón de la cadena de este horrible misterio, pero si hay alguien que puede hacerlo, ese eres tú, Raymond. Y si conoces el secreto, depende de ti si lo revelas o no, como prefieras.

Te escribo esta carta inmediatamente al regresar a la ciudad. He estado en el campo durante los últimos día; posiblemente seas capaz de adivinar dónde. Mientras en Londres el terror y asombro estaban en su punto máximo -pues la señora Beaumont, como te había contado, era conocida en sociedad-, le escribí a mi amigo el doctor Phillips, dándole un breve resumen, más bien una insinuación, de lo que había sucedido, y pidiéndole que me revelara el nombre de la aldea donde sucedieron los eventos que me había relatado. Me dio el nombre, pues como dijo sin el menor titubeo, los padres de Rachel habían fallecido, y el resto de la familia se habían marchado donde un pariente en el estado de Washington, seis meses atrás. Me dijo que los padres habían muerto, indudablemente, debido al dolor y el espanto causados por la terrible muerte de la hija, y por aquello que había acontecido antes de esa muerte. La misma tarde del día que recibí la carta de Phillips, ya me encontraba en Caermaen Y bajo las desmoronadas murallas romanas, blancas por los inviernos de diecisiete siglos, miré hacia la pradera donde alguna vez se irguió el templo al “Dios de los Abismos”, y vi una casa brillando en la luz del sol. Era la casa donde Helen había vivido. Me quedé en Caermaen por varios días. La gente del lugar, descubrí, poco sabían y aún menos habían adivinado. Aquellos con los que hablé sobre la materia parecían asombrarse de que un anticuario (así fue como me presenté) se preocupara por la tragedia del pueblo, sobre la cual me dieron una versión muy trivial y, como puedes imaginarte, no les revelé nada de lo que yo sabía. Pasé la mayoría del tiempo en el gran bosque que se eleva justo sobre la aldea, escalando la ladera, y se descuelga hacia el río en el valle; otro hermoso y extenso valle, Raymond, como aquel que observamos una noche, yendo de un lado a otro frente a tu casa. Por varias horas me extraviaba en el laberíntico bosque, ahora virando hacia la derecha y ahora hacia la izquierda, caminando lentamente a lo largo de pasadizos de maleza, sombríos y helados, incluso bajo el sol del mediodía y deteniéndome bajo los inmensos robles. Yaciendo en la hierba rala de algún claro donde el suave y dulce aroma de las rosas silvestres me era traído por el viento, mezclado con el fuerte perfume del saúco, cuyos aromas mezclados se parecen al hedor que hay en la habitación de un muerto, un vaho de incienso y podredumbre. Estuve en los confines del bosque, observando toda la pompa y desfile de las dedaleras, elevándose entre los helechos y brillando rojizas en el pronunciado atardecer, y más allá de ellas, hacía la espesura de la maleza abigarrada, donde los manantiales bullen desde la roca, regando los juncos, húmedos y nocivos. Sin embargo, durante todos mis vagabundeos, evité una parte del bosque; no fue sino hasta ayer que ascendí hasta la cima de la colina, y me paré sobre la antigua calzada romana que se abre paso a través de la cresta más alta del bosque. Por aquí habían caminado ellas, Helen y Rachel, a lo largo de esta tranquila calzada, sobre el pavimento de hierba verde, encerrada a ambos lados por bancos de tierra roja y protegida por los elevados setos de hayas. Y por aquí seguí sus pasos, una y otra vez mirando a través de los espacios entre las ramas, viendo a un lado el alcance del bosque, extendiéndose lejos hacia la derecha y hacia la izquierda, y sumergiéndose en el valle. Y, más allá, el océano amarillo, y la tierra allende del mar. Al otro lado se encontraba el valle y el río, y colina tras colina como onda tras onda, y el bosque, y la pradera, y los maizales, las brillantes casa blancas, la gran pared montañosa, y los lejanos picos azules en el norte. Hasta que finalmente llegué al lugar. La huella ascendía por una suave pendiente y se ensanchaba hacia el espacio abierto, rodeada por una espesa muralla de maleza, y se estrechaba nuevamente, para perderse en la distancia y en la tenue y azulosa niebla de verano. Y en este agradable claro estival Rachel le entregó y le dejó algo a una joven, quién sabe qué. No me quedé allí por mucho tiempo.

En un pequeño pueblo cercano a Caermaen hay un museo, que contiene la mayor parte de los vestigios romanos que se han encontrado durante todas las épocas en los alrededores. El día siguiente a mi llegada a Caermaen me dirigí al pueblo en cuestión, y aproveché la oportunidad de inspeccionar el museo. Luego de haber visto la mayor parte de las esculturas en piedra, los baúles, anillos, monedas y fragmentos de pavimento teselado que contiene el lugar, fui llevado ante un pequeño pilar rectangular de piedra blanca, el cual había sido recientemente descubierto en el bosque sobre el cual he estado hablando y, como me enteré indagando, en aquel espacio abierto donde la calzada romana se ensancha. A un lado del pilar había una inscripción, de la cual tomé nota. Alguna de las letras han sido borradas, sin embargo pienso que no cabe duda sobre las otras que puedo proveer. La inscripción es la siguiente:

DEVOMNODENTi FLAvIVSSENILISPOSSvit PROPTERNVPtias quaSVIDITSVBVMra

“Al gran dios Nodens (el Gran Dios de las Profundidades o de los Abismos), Flavius Senilis ha erguido este pilar en consideración del matrimonio que presenció bajo esta sombra”

El guardia del museo me informó que los anticuarios locales se encontraban muy intrigados, no por la inscripción, o por alguna dificultad en traducirla, sino por la circunstancia o rito al que se alude.

***

 

… Y ahora, mi querido Clarke, acerca de lo que me cuentas sobre Helen Vaughan, a quien me dices que viste morir bajo circunstancias de lo más y del más increíble horror. Me sentí interesado por tu relato, sin embargo, de lo que me contaste yo ya sabía, si no todo, una buena parte. Comprendo el extraño parecido que notaste entre el retrato y el rostro mismo; tú viste a la madre de Helen. Recuerdas aquella tranquila noche de verano, hace muchos años atrás, cuando te hablé del mundo más allá de las sombras y del dios Pan. Recuerdas a Mary. Ella era la madre de Helen Vaughan, quien nació nueve meses después de aquella noche.

Mary jamás recobró la razón. Todo el tiempo yació en cama, como tú la viste, y pocos días después del parto murió. Tengo la idea de que justo al final me reconoció; me encontraba junto a su cama cuando la antigua mirada asomó en sus ojos por un segundo, y luego se estremeció y gimió, y estaba muerta. Hice un funesto trabajo aquella noche en que estuviste presente; forcé la entrada a la casa de la vida, sin saber o sin importarme lo que sucedería al entrar allí. Te recuerdo en ese momento diciéndome, solemne y correctamente también, que, en cierto sentido, había arruinado la razón de un ser humano a causa de un ridículo experimento basado en una teoría absurda. Hiciste bien en culparme, sin embargo, mi teoría no era del todo absurda. Lo que dije que Mary vería, lo vio, pero olvidé que ningún ojo humano puede presenciar tal visión sin impunidad. Y, como recién mencioné, olvidé que cuando la casa de la vida es echada abajo de esa manera, puede entrar aquello para lo cual no poseemos un nombre, y la carne puede convertirse en un velo de horror que uno no se atrevería a expresar. Jugué con energías que no comprendía, tu viste el resultado de ello. Helen Vaughan hizo bien al atarse la cuerda al rededor de su cuello y morir, a pesar de que la muerte fue horrible. La cara amoratada, la obscena forma sobre la cama, cambiando y disolviéndose frente a tus ojos, de mujer a hombre, de hombre a bestia, de bestia a algo peor que las bestias, todos estos extraños horrores que presenciaste, no me sorprenden en lo absoluto. Aquello frente a lo que el doctor que mandaron a buscar vio y frente a lo que se estremeció, yo ya lo había conocido hace tiempo; supe lo que había hecho desde que la niña nació, y cuando escasamente tenía cinco años la sorprendí, no una vez ni dos, sino muchas veces, con un compañero de juegos…..tú puedes adivinar de qué tipo. Para mí era una constante, un horror encarnado, y luego de unos pocos años sentí que no podía soportarlo más, por lo que mandé a Helen lejos. Ahora sabes qué asustó al niño en el bosque. El resto de esta espantosa historia, y todo lo demás que me has contado que tu amigó descubrió, me las he ingeniado para conocerlo, de tiempo en tiempo, hasta casi el último capítulo. Y Helen ahora está con sus compañeros…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s