Archivos para diciembre, 2011

Un relato del autor español Marc R. Soto, apagad la tele, bajad las luces y disfrutad:

 

Este es el relato que quedó 2º finalista en el concurso de relatos del blog de Alfonso Z, pero para los que no lo leyerais aquí lo tenéis para vuestro disfrute. Aviso, es un tanto desagradable.

Al despertar

Ya he entrado en una edad a la que los achaques empiezan a notarse. La caída del pelo, el dolor de riñones al incorporarme del sofá, o el ruido de mis articulaciones, sobre todo las rodillas, al moverme en general, pero nunca me había pasado algo como esto. Me levanté de la cama para ir al baño en medio de la noche y cometí el error de encender la luz, para verme en el espejo. Cada día que pasa parece que las bolsas de mis ojos son mayores y que las ojeras, marcadas como si las hubiera pintado, han dejado de ser algo eventual para quedarse por siempre ocupando ese lugar. Me mojé la cara intentando refrescarme y me pasé la mano por el pelo, cuando por fin lo noté. Al pasar la mano por el cogote me di cuenta que la cantidad de pelo descendía drásticamente y, cogí un espejo de mano para poder ver la parte posterior de mi cabeza. En un primer momento todo se veía en su sitio, es más, se podría decir que cuento con una cantidad considerable de cabello, en comparación con los amigos que comparten conmigo mi edad. Giré el espejo en ambas direcciones y al no ver nada me quedé satisfecho con el resultado, pero antes de apartarlo hice un gesto tan común como puede ser el pasarse uno la mano y en esa ocasión sí lo vi. Una calva. Pero no cualquier calva; aparté con la mano libre el pelo que me tapaba la visión y ante mis ojos apareció una gran extensión vacía. No había nada. Había permanecido tapada por el pelo que desde encima caía en cascada y lo había ocultado a saber desde cuándo. Encendí la luz del techo, ya que hasta el momento me había servido tan sólo de la del armario, y separé el pelo para ver hasta donde llegaba el estropicio. Por poco se me cae el espejo al suelo. Ante mí, o a través de los reflejos, pude ver el aspecto que tenía mi piel bajo la mata que lo tapaba. Un color oscuro y descompuesto marcaba todo el cuero cabelludo, que al parecer se había separado del cráneo. Daba la sensación de ser un balón pinchado, ya que se veía arrugado y formaba ciertos pliegues en donde comienzan los ganglios. Lo toqué con miedo de sentir dolor al verlo en aquel aspecto infectado, pero, para aumentar mi desazón, no sentí nada. Parecía tejido muerto y para mí debía serlo ya que no recibí ninguna señal al tocarlo, ni al pellizcarlo siquiera. El espejo de mano era un impedimento y, despierto completamente ya, decidí solucionarlo. Me fui al dormitorio donde pude encontrar un espejo que formaba parte de la cómoda, y que pude desencajar fácilmente de su cuerpo, para llevarlo al cuarto de baño y fijarlo en la pared con cinta de embalar de la mudanza. Ahora podía verlo bien. Por debajo de la piel muerta, una abertura me dio paso a las capas interiores de las que salía una especie de baba blanquecina, como resina, que supongo sería la poca grasa que pueda haber rodeando el cráneo. Seguía sin sentir nada. Levanté la piel sorprendido de la facilidad con que se desprendía, para dejar al descubierto una capa de hueso que lejos de estar rojiza por la sangre, o blanca como debía ser, tenía un tono pardo que terminó de asustarme.

—¡Oh Dios!

El ruido que producía al tocarlo era el que sonaría cuando golpeas una nuez, un ruido cercano a la madera blanda, al corcho. Apreté con la punta de los dedos y entraron en su interior, como si los estuviera introduciendo en arcilla. Según apretaba se descomponía entre mis manos. Para cuando quise darme cuenta, una masa gelatinosa y blancuzca quedaba perfectamente a la vista.

—¿Pero qué he hecho?

Me sentía aterrorizado, ¿me iba a morir? ¿Se infectaría mi herida? ¿Era acaso una herida? No sabía que pensar y es que, no todos han tenido la oportunidad de practicarse una vivisección por sí mismos. Dejé caer al suelo los restos que tenía en las manos y les eché un vistazo. Nada, ni sangre ni nada que diera la sensación de haber estado tocando algo vivo, tan sólo una especie de polvo parecido al serrín, de detritus fino y con un ligero olor a cerrado. Me sacudí las manos antes de volver a hurgar por la hendidura, para encontrar que el hueso se había descompuesto con mi contacto, dejándome ver el interior de mi cabeza como si fuera el médico que practica una intervención de urgencia en un quirófano. Lo que se me presentaba era mi cerebro, mi materia gris, mi fábrica de sueños. Miré al espejo sin fijarme esta vez en donde colocaba las manos, para horrorizarme con un nuevo detalle que venía a asaltarme en mi reflejo. Los párpados de mis ojos se veían caídos, deformes, como si me hubiera puesto una máscara o una cara de una talla mayor a la que me correspondiera. Llevé mi tacto a la cara para tocar los pómulos, comprobando lo que ya me esperaba, la piel estaba suelta y se desprendía como si fuera un trapo que apartara de mi cabeza. En el espejo veía que la luz pasaba a través de los orificios que una vez albergaran mis ojos, los veía aparecer por las aberturas si los hacía casar. Con unos pocos tirones aparté la piel que estaba mudando, para descubrirme “desnudo” en el reflejo.

No tenía idea de que mi estado era tan paupérrimo.

Según tiraba con la punta de los dedos, la piel se iba desprendiendo de mi cuerpo, dejando al descubierto la musculatura de los hombros, poca, y los huesos. El tono no era tampoco el que esperaba, viendo un color violáceo allá donde mirara según me iba despojando de mi “corteza”. Al fin, dejé de mirar al espejo y dirigí mis ojos a mi cuerpo, viendo el acabado de mi locura.

—Así no puedo ir a trabajar, —me dije sin saber que sentir.

La verdad es que a pesar de estar atónito por lo que me estaba ocurriendo, aún no me había percatado de que no sentía lo más mínimo. Me sentía sorprendido, curioso, pero de una manera fría y poco humana. Tras los primeros impulsos, que ahora con perspectiva parecen más producto de la inercia que de la reacción normal, el vacío más pesado ocupó mi manera de mirar aquello en lo que me estaba transformando, porque no había duda que estaba sufriendo un cambio, pero ¿a mejor?

No se me ocurría el motivo por el que podía estar pasando aquello, ¿una enfermedad? ¿Algún tipo de síndrome? Mi cuerpo parecía haber reducido su tamaña de manera drástica, no de altura, sino en contorno. La percepción al mover los brazos o las piernas era verdaderamente desagradable, dándome la sensación de tener las articulaciones cada vez más secas, más llenas de tierra, rechinando con cada movimiento como si fuera un maniquí carcomido. Tenía la sensación de estar perdiendo líquidos a una velocidad pasmosa, si es que los había tenido alguna vez, en ese momento no lo parecía. Me separé del espejo y volví al dormitorio, encontrándome un charco de fluidos sobre las sábanas, en el lugar en el que había estado tumbado. No se me ocurría que podía estar pasándome, pero el cansancio y el abatimiento me obligaron a olvidarlo por el momento. Cambié las sábanas y me tumbé empezando a preguntarme cómo iba a hacer para dormir sin párpados, no había manera de cerrar los ojos sin ellos. No tenía mucho de qué preocuparme, con el paso de las horas terminé descubriendo que el sueño no llegaba. La luz que entraba por las ranuras de la persiana, y que iluminaba la estancia, desapareció para comenzar a tomar la tonalidad de las farolas y el sueño no llegaba. Me pasé varias horas mirando al techo hasta que por puro aburrimiento decidí levantarme, el abatimiento no desaparecía. Pasé al salón para encender la televisión, pero tuve que desistir al ver que no tenía tacto en los dedos. Tras varios intentos, tan solo había logrado encenderla, imposible pensar en hacer zapping. De todas formas, el sonido me llegaba bajo y menos definido, se ve que las orejas hacen algo más que adornar la cabeza. Me dejé caer sobre el sofá y miré a la pantalla sin importarme lo que emitían, mientras las horas de la noche pasaban como días completos. El teléfono sonó, pero no me encontraba con ganas de levantarme a cogerlo, más tarde se me ocurriría que podía ser del trabajo. Llevé la mano a la mesa para tamborilear con las uñas pero, parece ser que ya no eran tan duras como solían ser, quedaron desmenuzadas sobre la superficie. Los dientes también se movían con cada contacto de la lengua, creo que no estaban todos, alguno había caído a lo largo de la noche y me dio la sensación de que tenían un tacto algo extraño. Salían con la presión como piedras semi-enterradas en la tierra mojada, la tierra claro eran mis encías.

—¡Joder!

No me debí dar cuenta del paso del tiempo, o quizá por fin había conseguido hacer algo parecido a dormir, no lo sé, pero de pronto me encontré escuchando los timbrazos de la puerta. Creo que había sonado también el móvil, pero no le había prestado demasiada atención la verdad. Me levanté del sofá y me dirigí a la puerta preguntándome quién sería, mientras intentaba manchar el suelo lo menos posible. No sé por qué algo como eso me preocupaba en esos momentos. Acerqué el ojo derecho a la mirilla concentrándome en no atender al otro ojo, que no podía cerrar, mientras descubría lo que había al otro lado de la puerta. Rocío, compañera de trabajo y con la que mantenía una relación un tanto complicada, esperaba a que le abriera la puerta. Miraba a la mirilla con cierto aire cabreado, debía haber visto que la espiaba, y mantenía los brazos cruzados ante su regazo.

—¡José, ábreme la puerta de una vez!

Y en ese momento me encontraba en una complicada situación, porque sería complicado que al entrar y verme descarnado, dejando rastros de piel muerta y los fluidos que abandonaban mi cuerpo, se comportara conmigo como si nada. He tenido momentos con Rocío muy íntimos, aunque nunca haya sido una relación romántica, pero aún así no quería que me viera con el aspecto que tenía. Me separé de la mirilla y barajé las posibilidades que tenía. Está claro que Rocío había venido a verme porque no había dicho nada en el trabajo, esto lo podría haber evitado con tan solo coger el teléfono pero ¿qué les habría dicho?

—No puedo abrir… —Esa no era mi voz.

—¿Quién eres? —Dijo Rocío con tono preocupado. —¿Qué le has hecho a José?

Era lógico. Mi voz no sonaba como de costumbre, las cuerdas bucales debían haber sufrido lo mismo que el resto de mi cuerpo, o igual no tanto viendo que aún era capaz de hablar, pero sí lo suficiente para que sonara distorsionada. Era un graznido áspero y bajo, Rocío golpeó a la puerta aún más nerviosa.

—¡Abre la puerta!

Me apoyé sobre la madera mirando de nuevo por la mirilla, sin terminar de decidirme a abrirle a Rocío. No podía dejar que me viera así, pero si no le abría no me dejaría tranquilo, incluso llamaría a la policía si no lograba que se tranquilizase. Al fin volví a abrir la boca para indicarle que sí era yo, pero que estaba enfermo y tenía la garganta destrozada. Le pedí tiempo para ir a ponerme presentable y me alejé lo más aprisa que pude en dirección al armario, buscando todo aquello que pudiera utilizar para ser lo menos reconocible posible. No había mucho en donde elegir, nunca había tenido la necesidad de ocultarme, es más, para ser sinceros siempre me ha gustado exhibirme de cierta manera vanidosa, pero ésta era otra situación y tenía que encontrar algo rápidamente. Al fin me decanté por una sudadera ancha y pesada, que lograría confundir mi delgada figura entre sus pliegues de lana, un pantalón de chándal que tenía la agradecida característica de caer a plomo, haciendo desaparecer las sinuosas líneas que dibujaban mis piernas. Un gorro en la cabeza, unas gafas y algo de espuma de afeitar completaron el modelito con el que abrí la puerta para dejar pasar a Rocío. En el momento en que estuvo ante mí, sus ojos se fueron derechos a mis manos. Había olvidado ponerme unos guantes.

—¿José? —Dijo aprensiva sin dejar de mirar mi descarnada mano— ¿Eres tú?

La verdad es que había logrado tapar mi cara, que no era reconocible tras mi disfraz. Me vi obligado a jurarle y perjurarle que era yo, inventándome con aquella voz asfixiada, que estaba enfermo y que mi aspecto era horrible. No me costó que me creyera esto último, pero no conseguí que dejara de mirarme las manos que había olvidado enfundar en guantes o vendas, o algo… En un primer momento se quedó callada sin apartar la vista de mis manos, pero al fin dirigió sus ojos hacia los míos con una cara de preocupación. Se veía en su rostro que estaba dolida porque no la había avisado de aquello que fuera lo que tenía, pero eso no fue suficiente para apartarla de mí.

—¿Qué te ha pasado? —Su voz sonó sobrecogida, mientras volvía una vez tras otra su mirada a mis manos entre avergonzada y temerosa.

Podía seguir mintiendo todo el tiempo que hiciera falta, pero en el fondo tenía claro que no se lo terminaría de creer. Al fin le expliqué que no sabía que me estaba sucediendo, que al levantarme me había encontrado más o menos así y que, de una manera u otra, no podría ayudarme así que prefería que se marchara cuanto antes. Por supuesto Rocío no encajó con alegría mi invitación a que se largara y se lanzó sobre mí, sin darme tiempo a reaccionar antes de encontrármela entre mis brazos. En ese momento se dio cuenta que no estaba abrazando algo normal, cuando sintió la tirantez de mis músculos y nada más bajo la ropa. A esa distancia mi disfraz perdía efectividad y pude ver como su rostro se mudaba de terror, al ver mi cara descarnada bajo la espuma de afeitar, y los huesos asomando por todas partes. No pudo evitar soltar un grito desgarrado de terror, al quitarme las gafas y mirar mis ojos sin párpados. Reconozco que no debe ser muy tranquilizador ver que tu interlocutor no parpadea y, para ser francos, mis lagrimales habían perdido la capacidad de humedecer las córneas, por lo que mis globos oculares debían verse brillantes tras la capa vedada que se estaba creando, además de producir un sonido rasposo con cada movimiento. Pude ver como tenía la intención de decir algo y como no lograba encontrar las palabras. Por supuesto que Rocío sabía lo que quería decir pero, las palabras no acudían a sus labios. Al fin se giró hacia la puerta y la abrió para salir al exterior. Yo intenté impedírselo, en un vano intento por explicarle que no sabía lo que estaba sucediendo o qué estaba pasando con mi cuerpo, pero mi estado no me permitió moverme con la suficiente soltura para llegar a tiempo a sujetarla. Me quedé escuchando sus fuertes taconazos en el trayecto escaleras abajo hasta la puerta del portal, cuando se abrió la puerta que se encontraba al otro lado del rellano, dando paso a uno de los vecinos con quien mejor me he llevado hasta la fecha.

—Ho…

No fue capaz de terminar el saludo, creo incluso que se le calló la bolsa de la basura de las manos al suelo. Levanté la descarnada mano saludándole en respuesta a su fallido intento y probé a mi vez a decirle hola, palabra que tampoco logré acabar, en mi caso por motivos diferentes, por supuesto. Viendo que la conversación no sería mucho más prolífica, di el paso que me faltaba hasta la puerta y la cerré sin mediar ninguna palabra más. El día se ponía cada vez mejor.

Las horas fueron pasando mientras me preguntaba por qué me sucedía todo aquello, no tenía nada más que hacer, era lógico que ocupara mi tiempo en buscar una respuesta. Lo curioso en todo aquello, ahora lo veo, era que no sentía ninguna preocupación al respecto, no tenía ningún interés en encontrar la respuesta al problema o, más bien, no me preocupaba no encontrarla. Imagino que estaba adoptando una postura muy cercana a la que había conducido siempre mi vida, una postura lejana, tangente, un modo de ver las cosas por el que nunca había terminado de formar parte de la sociedad. Hacía muchos años que no veía a la familia que me quedaba y, no se puede decir que sea un hombre con muchos amigos. La verdad es que no soy capaz de recordar a ninguno que considere un verdadero amigo. La única persona que se ha acercado a mi de manera desinteresada es Rocío, y no creo que lo haya hecho porque me haya comportado con ella de manera distinta al resto, si no que creo que vio en mí una de esas causas perdidas con las que disfrutan algunas mujeres, soñando en cambiar a la persona como si de un experimento psicológico se tratara. En mi caso el tratamiento, como se puede ver, nunca había funcionado. Sigo siendo solitario, despegado, vacío…

Mis elucubraciones se fueron al traste al sonar el timbrazo del teléfono. En esta ocasión había tenido la precaución de dejarlo en la mesa, lo más cerca posible de la zona del sofá en donde me había pasado las últimas horas. Estiré, no sin esfuerzo, mi brazo para alcanzar el móvil, y me lo llevé al orificio donde había estado mi oreja izquierda. Apreté el botón para recibir la llamada, dispuesto a intentar sonar lo más humano posible, pero no me dio tiempo si quiera a preguntar quién era.

—¡¿Qué coño me has hecho?!

—¿Cómo…? —Logré responder sorprendido.

La voz que me llegó, histérica y aterrada al mismo tiempo, parecía la voz de Rocío.

—¿Qué me has hecho, hijo de puta?

El tono esta vez fue menos agresivo y más desesperado. Sí era Rocío, pero no sonaba como normalmente.

—¿Qué te pasa Rocío? —Pregunté convencido de saber ya cuál era el problema.

—Se me está cayendo la piel a tiras. ¿Qué me has pegado?

Cómo se debería responder a una pregunta así. Casi habría preferido que me hubiera tildado de inhumano o que me preguntara por qué nunca la había querido, pero cómo respondes a alguien que no sabes qué le pasa. Cómo se lo dices sin que perciba que te da igual. Pasaron varios segundos en los que no terminé de encontrar la manera de decírselo, puede que no sintiera culpa o pena, pero eso no quitaba que Rocío fuera probablemente la única persona que hubiera apostado por mí. Le debía al menos un poco de conmiseración, aunque fuera falsa.

—No lo sé, Rocío.

No sabía qué más añadir así que no dije nada. Tras unos segundos la llamada se cortó y volvía a estar solo en mi salón. Por un lado sentía que la había fallado en el momento más crítico, no me habría costado nada decirle que todo se iba a solucionar aunque supiera que no era cierto, pero por otra parte tenía claro que Rocío tenía gente a su lado mucho más preocupada por ella y más capaz de consolarla, de lo que sería yo nunca. Dejé caer el móvil sin preocuparme por la suerte que corría y tendí la cabeza sobre el brazo del sofá, me sentía agarrotado y cansado, pero seguía sin poder dormir.

Me descubría, tras un buen rato perdido en ideas que no logro recordar, pensando en una película que hacía algunos años había visto a altas horas de la noche en televisión. En ella un hombre que volvía de la muerte, por medio de algo mágico, empezaba a formarse en la buhardilla de su antigua casa, viéndose obligado a alimentarse de ratas, palomas y de la sangre que su amante lograba ponerle al alcance de la mano. Quien la haya visto seguro que la recuerda. Recuerdo que me resultaba irónico pensar en aquella película, ya que por aquellos entonces me parecía bastante estúpida aun siendo un clásico, al parecer. Ahora en cambio, salvando las distancias, a mi me sucedía lo mismo sólo que al contrario, por lo que me sentía como un idiota mientras miraba el cuerpo marchito que seguía perdiendo volumen bajo las capas de ropa que llevaba puestas. Me imagino que la vida es irónica con todos aquellos que como yo, hemos vivido a nuestra manera, soberbios, incrédulos de todo lo que no entendemos y creemos que no tiene razón de ser. Ahora yo mismo soy la estampa que intenta darme una lección, la moraleja, la historia que intenta hacer de los demás buenas personas… Me comenzaba a deprimir, así que volví a encender la televisión.

—…Los casos se multiplican sin que nadie pueda dar una explicación sobre lo que está sucediendo, a la redacción llegan noticias de todas partes de España y de algunas del extranjero… —Una reportera hablaba nerviosa en la pantalla, mientras seguía con el micrófono en la mano a un grupo de hombres que se veían al fondo de la imagen. El cámara seguía al grupo, intentando que la escena fuera lo más suave posible, pero la carrera impedía ver con claridad lo que estaba sucediendo. Eso y las cataratas de mis ojos, que no me dejaban ver lo que ocurría. —Estamos ya en el domicilio de lo que parece ser el primer caso que se ha dado a conocer. Los agentes del centro de contención de plagas y enfermedades esperan hallar aquí, una solución que les permita acabar con esta extraña enfermedad que algunos ya denominan “muerte por descomposición”, y que al parecer hasta el momento no ha matado a nadie, pero los casos se encuentran en un crítico estado que parece no ser reversible…

No era el único al que le estaba pasando, en la televisión estaban hablando de algo y no podía ser otra cosa que lo que me ocurría a mí. En el resto de los canales la programación había dado paso a distintos programas de noticias, cotilleo, científicos y sensacionalistas en general, que hablaban o más bien especulaban con la causa de todo aquello. Ninguno de los canales era de utilidad. Como habían dicho en las distintas cadenas, era una enfermedad pero, quién lo sabía seguro. Además no parecían saber de dónde había surgido la “enfermedad”. En ese momento creo que fue cuando caí en la frase de la reportera. Hacía escasos minutos había visto que estaban en la casa del primer caso, pero ese era yo o al menos eso era lo que pensaba. Intenté coger el mando y volver al canal en cuestión, algo que me costó un esfuerzo tremendo, y si hubiera tenido parpados o cejas para abrirlas desmesuradamente lo habría hecho. De la casa, que al acercarme más a la pantalla pude al fin reconocer, sacaban una camilla de ambulancia con un cuerpo tapado por una de esas mantas térmicas que usan los cuerpos de emergencias. Todos llevaban máscaras en la cara, como si estuvieran retirando los cadáveres de una catástrofe nuclear. Bajo la manta dorada, una figura se debatía produciendo ondulaciones y agresivos tirones de cuando en cuando, mientras se escuchaba un graznido agudo y aterrado que helaba la sangre en las venas. De sobra conocía aquel porche ante la casa y la puerta por la que habían sacado la camilla, había estado muchas veces en ese barrio como para conocerlo perfectamente.

—Rebeca, ¿podemos saber el nombre de la primera víctima de la enfermedad? —Le preguntaban a la reportera desde la redacción.

—Sí, al parecer la paciente cero es Rocío García, natural de la capital, que residía en este domicilio desde hace varios años.

—Muchas gracias Raquel, —le respondía desde el plató de las noticias un presentador vestido de traje, que mostraba un ligero pliegue bajo el parpado del ojo izquierdo.

Nadie sabría por qué se llevaba la mano al ojo constantemente, yo en cambio si podía ver que ese hombre estaba muriendo por descomposición, como les había oído decir antes, no faltaría mucho tiempo para que su cara se desprendiera de su cabeza y entonces, no volvería a presentar las noticias de ningún canal.

—Lo siento Rocío —traté de decir, pero ya mis cuerdas bucales no servían para articular sonidos.

Intenté levantarme pero mis músculos no respondieron.

Me quedé mirando a la pantalla hasta que mis ojos y mis oídos se apagaron también. Debe ser culpa mía, pensé, mi falta de apego y mi indiferencia han acabado con el ser humano.

En medio de la oscuridad esperé a que se acabara todo.

Bajo Presión

Publicado: 6 diciembre, 2011 en Relatos cortos

Subo un relato mio que apareció en la revista ultratumba:

 

Bajo presión

 

 

—Recuerda siempre la presión, no bajes rápidamente, ni quieras ir más lejos de donde puedas.

—Sí —respondió con desgana, cansado de la avalancha de directrices.

—Y si escuchas el ruido de la navaja, mírame enseguida.

—Sí.

Cogió la cámara y la acercó a la barandilla de seguridad que rodeaba la escalera. El artilugio estaba enfrascado en una caja estanca, que lo protegería tanto de la humedad como de la presión. Durante varias semanas el curso de buceo le había acercado a un mundo que no le había llamado nunca la atención, pero que resultó ser apasionante. El oxígeno y el nitrógeno, el equipo, las técnicas de respiración y de compensación de la presión, etc. Estaba encantado de que por fin hubiera llegado el día. Soltó el equipo de grabación, que constaba de cámara y lámpara, y comenzó el arduo trabajo que suponía vestirse con el jacket, un chaleco que iba por encima del neopreno, facilitaba la inmersión al servir de anclaje para la bombona en la espalda, y ayudaba tanto en el descenso desinflándose, como en el regreso a la superficie, al aumentar la flotabilidad llenándolo de aire.

Miró a la superficie del agua con cierto pavor. En la oficina, cuando idearon la expedición, parecía una buena idea, pero in situ no tenía la misma sensación. El Mar de los Sargazos recibía ese nombre por los bosques de algas de su superficie, que daban la sensación de estar en un prado en lugar de en alta mar, aunque en realidad ellos seguían a una relativa cercanía de la tierra, contando a no demasiadas millas con las Islas Bermudas. Si no fuera por las ganas que tenía de realizar la inmersión, habría cogido el equipo y se habría largado de allí inmediatamente.

—Recuerda que debes realizar la técnica Vansalva con asiduidad, así evitarás la presión en los oídos —comentó el monitor por enésima vez.

—Lo tengo claro.

Era el momento de llevar adelante tantos meses de duro trabajo. Durante años el estudio de las anguilas había sido una asignatura por aprobar en el mundo de la biología. Tras años de investigación se logró descubrir que el origen de las anguilas era el Mar de los Sargazos, lugar a donde volvían a desovar tras más de diez años de odisea vital. Pero ya se tratara de las europeas, o de la variedad americana, nunca se había logrado grabar el momento en el que volvían a su lugar de origen para dar comienzo a su ciclo de nuevo. El mayor inconveniente era la profundidad a la que tendrían que grabar si querían lograr algo novedoso, ya que al parecer el apareamiento se producía a trescientos metros de profundidad. La empresa se veía complicada para alguien que no había buceado más allá de lo que alcanzara con la ayuda de sus pulmones.

—Haremos una primera inmersión para aclimatarnos y acostumbrarnos a las algas. Esto no es como la piscina o la laguna, tendrás que prestarme atención en todo momento —dijo Roberto con solemnidad a Michael.

La verdad es que había tenido mucha suerte al dar con aquel monitor de buceo, y no sólo por la experiencia de la que Roberto se encontraba sobrado, sino porque pocos se aventurarían a preparar a alguien sin ningún conocimiento en la materia con tan poco tiempo por delante. Tras las intensivas horas de entrenamiento y habituación a los instrumentos, Michael casi se sentía un profesional, aunque agradecía que Roberto fuera a estar a su lado en aquella aventura.

Roberto apartó la cámara y terminó de enfundar a Michael con el chaleco.

—¿Qué haces?

—No llevaremos la cámara en esta ocasión.

—Pero entonces no podremos grabar nada —se indignó Michael.

—No, no grabaremos nada, primero esta inmersión.

Comprobaron por última vez el estado de las bombonas y los reguladores, y saltaron al agua en donde se ajustaron las gafas. Por todas partes se veían las algas que daban nombre a aquella parte del Atlántico. Junto a los apéndices en forma de manos humanas, tenían unos saquillos en donde se acumulaban los gases que las hacían flotar en la superficie del agua.

Roberto le hizo la señal de ok, a la que respondió de la misma manera Michael, y se sumergieron.

En primer lugar debían comprobar que la estructura que serviría para fijar la cámara era segura. Serviría para grabar la gran parte de imágenes cercanas a la superficie, en donde se verían los minutos de rodaje en los que esperaba grabar a los alevines de las anguilas en su primera andadura. Después, los niveles de luminosidad y la cantidad de partículas en suspensión serían su siguiente preocupación. Finalmente, las condiciones para el pequeño robot que llevaría la cámara a las profundidades a donde era imposible que pudieran llegar ellos mismos. Comprobaron el rail por el que moverían la cámara para ver que estaba firmemente anclado al casco, y se sumergieron unos metros entre las algas y la fauna marina. Michael sentía cierta rabia sabiendo que, salvo para labores de mantenimiento o alguna reparación de emergencia, no tendrían que bucear más que en un par de ocasiones. Además, viendo lo fanático que se había mostrado Roberto con la seguridad, Michael sabía que no le dejaría sumergirse si no era necesario.

Miró hacia el monitor molesto adelantándose a la discusión que probablemente se produciría, cuando algo le golpeó el brazo derecho en medio de un halo de luz. Sintió el frío del hueso roto y dejó escapar un aullido de dolor, que quedó ahogado dentro de su máscara. Se sujetó el antebrazo con la mano izquierda, mientras veía por el rabillo del ojo algo brillante apagándose mientras se hundía en las profundidades.

Sacó la navaja que llevaban para casos de emergencia, y golpeó insistentemente en la botella del oxígeno para llamar la atención de Roberto. En el agua la velocidad del sonido se dispara y, aunque tiene un menor alcance, es la mejor manera de avisar al compañero de equipo ante un problema. Roberto se volvió inmediatamente al escuchar el ruido, y vio el rastro de sangre que manaba del brazo de Michael. A través del neopreno se percibía un bulto allí en donde el hueso había roto la piel. Le marcó la espita del aire, que hincharía el chaleco y le ayudaría a subir sin tener que hacer gestos bruscos.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Roberto en cuanto pudo.

—No lo sé, algo me golpeó.

Roberto trepó por la escala y ayudó a Michael a subir a cubierta, con cuidado de no lastimarle más el brazo. Le tendió y sacó como pudo la bombona y el resto del equipo, antes de tener que cortar con unas tijeras la manga de neopreno, para que el dolor no lograra que el accidentado perdiera el conocimiento. El hueso sobresalía a través de la carne, dejando ver cómo se había partido en diagonal, en una recta casi perfecta.

—¿Qué era?

—No sé, era brillante, se movía muy rápido…

—¿No lo viste bien?

Michael no respondió. De su frente resbalaba una gota de sudor, y se le veía aturdido, sin ser capaz de encontrar una postura que le evitara parte del padecimiento que sentía.

—Ven —le dijo Roberto llevándole a la cabina de la pequeña embarcación, en donde sacó una botella de ron y la colocó ante él invitándole a perder el sentido.

Michael miró la botella y luego su brazo, para llegar a la conclusión de que necesitaba ese trago. Mejor si estaba en estado de embriaguez cuando Roberto le intentara colocar el hueso. Cogió la botella y sin servir siquiera en un vaso, comenzó a beber a grandes tragos hasta que empezó a sentir el mareo y las náuseas.

—¿Estás preparado? —preguntó Roberto.

—No, pero es igual —respondió Michael intentando encontrar valor.

La borrachera desapareció inmediatamente. Roberto tardó varios segundos en colocar el hueso en su sitio, mientras que su paciente no paraba de retorcerse y sollozar. Al fin, los primeros auxilios dieron unos resultados aceptables, ya que apenas se percibía un pequeño bulto en donde estaba la rotura. Michael se derrumbó sobre el banco resollando con fuerza, mientras Roberto buscaba algo con lo que hacer un cabestrillo para el brazo.

—El minisubmarino —dijo Michael con un hilo de voz.

—¿Cómo?

Michael levantó la cara de la tabla de la mesa y repitió.

—El minisubmarino, instalaremos la cámara y veremos qué fue lo que me golpeó.

—¿Pero qué dices? No te vas a mover, recogeré todo el material y volveremos a tierra.

—Por favor, Roberto, quiero saber qué fue esa luz…

El monitor le miró queriendo negarse, pero en el fondo también sentía cierta curiosidad por ver qué había sido lo que había propinado tal golpe a Michael. Al fin suspiró sin levantar resistencia, y se acercó con el maletín de primeros auxilios. Separó la cabeza del hacha, y utilizó el mango para improvisar el cabestrillo que sujetaría el brazo lastimado. Vendó la madera junto a la extremidad con cuidado de no cortarle la circulación, y observó el resultado. No había quedado nada mal, aunque la longitud del hacha era mayor, y, exceptuando unos centímetros que sobresalían por detrás del codo, el brazo de Michael aguantaría.

—Está bien, sumergiremos el minisubmarino a ver qué vemos, pero nos iremos inmediatamente después.

Roberto salió a cubierta y retiró la cámara de la caja estanca para acomodarla en el pequeño submarino. Este era un vehículo que aguantaba grandes presiones sin los inconvenientes del cuerpo humano, y podía ser controlado a distancia con bastante soltura. Lo descolgó por la cubierta y lo dejó en la superficie del agua, antes de volver con Michael y colocar sobre la mesa los mandos del sumergible. Abrieron el maletín en donde estaban los controles, y Michael encendió los focos que iluminarían todo aquello que pasara ante el objetivo.

—Vamos allá.

Pusieron en marcha el submarino y comenzaron inspeccionando los alrededores de la barcaza, dando círculos lentamente en torno al lugar en donde Michael había recibido el golpe. El agua se veía bastante turbia pero aun así se veía perfectamente. Dirigieron el objetivo hacia las profundidades donde no se veía más que oscuridad, en busca de algún rastro del cuerpo extraño. A esa profundidad ya no había algas, por lo que no había ningún movimiento, ningún animal, nada.

—No parece que vayamos a tener suerte —dijo Roberto.

—Espera un momento, tiene que haber algo.

Roberto intentó apartar la pantalla de las manos de Michael, consiguiendo que éste le mirara ahogando un reproche.

—¡Déjalo ya!

De pronto la pantalla dio un salto al haber golpeado el submarino contra algo.

—¿Qué era eso?

—¿El qué? —Roberto miró a la pantalla y se quedó callado, de pronto salió del camarote como una exhalación.

—¿Pero qué era? —preguntó Michael, que seguía mirando a la pantalla con la esperanza de ver algo de nuevo en el encuadre. Escuchó la repuesta de Roberto desde el exterior.

—Era un hombre.

Michael no estaba seguro de haber escuchado bien. Salió del camarote y vio cómo Roberto se enfundaba de nuevo el traje de neopreno y cogía una pequeña bombona de emergencia.

—¿Qué estás haciendo?

—Si lo hemos golpeado con la cámara puede haber perdido el sentido —suspiró nervioso—. ¡Voy a buscarlo!

Terminó con los preparativos rápidamente y saltó al agua, Michael se asomó por la borda y se fijó en las burbujas que llegaban a la superficie indicando la posición de Roberto. Michael se quedó mirando las ondas en el agua como hipnotizado, pensando en quién podía ser el que estaba buceando tan cerca de ellos sin haberles visto. Y no habían visto otra embarcación en las inmediaciones.

En todo esto pensaba cuando se dio cuenta de que no había burbujas.

Michael miró en todas direcciones, pero no había señales de dónde podía estar Roberto. Había descubierto que al bucear lo mejor era no aguantar la respiración ya que al no oxigenar el cuerpo el cansancio se producía antes. Esa era una de las primeras nociones que le habían enseñado, por ello se sentía especialmente preocupado al no ver rastro del monitor.

—¡El minisubmarino!

Corrió aparatosamente al camarote y se colocó frente a los mandos del sumergible con la esperanza de encontrar a Roberto con ayuda de la cámara. Miró a la pantalla sin ver nada más que agua, y tomó los controles para comenzar la búsqueda en las inmediaciones de la barca. Pasaban los minutos, y nada. Tras lo que pareció una eternidad, miró al reloj de pulsera y comprobó que había pasado más tiempo que la duración del tanque que se había llevado Roberto. La bombona que había tomado no estaba diseñada para largas inmersiones. Era pequeña y tenía un peso moderado, más apropiado para los descensos rápidos y a poca profundidad. Para que Roberto siguiera con vida tendría que haber encontrado al hombre en el agua y hacer uso de su equipo. Pero de ser así habría vuelto a la superficie, pensaba Michael. Aguantó unos minutos más sin querer reconocer la realidad, y dirigió el minisubmarino hacia la escalerilla de la cubierta. Salió al exterior de nuevo y se asomó a la borda para recoger el aparato.

El submarino no estaba allí.

—¿Cómo? —se preguntó mientras se incorporaba y miraba alrededor del barco, por si el sumergible se hubiera movido de su posición. No estaba por ningún lado.

Volvió al interior para mirar el monitor y la sangre se le heló en los huesos. Alguien estaba recogiendo la cámara y subiéndola  a bordo.

Buscó algo que pudiera utilizar como arma, pero sólo vio la cabeza del hacha separada del mango en el suelo, no parecía haber nada más. Salió lentamente con miedo al no saber con quién se iba a encontrar. No había nadie allí. Michael miró por todas partes sin encontrar al hombre que había visto en la cámara; no estaba en cubierta. Se asomó de nuevo al mar sin tener mayor suerte y decidió al fin volver al monitor. A través de la imagen, Michael veía la puerta que daba al camarote. Al parecer, la cámara descansaba en el suelo, y dejaba ver la puerta y la mayor parte de la cubierta. Michael miró extrañado a la imagen, y se asomó a la puerta de nuevo. No había nada. Volvió la cara a la pantalla, y al ver lo que allí había no pudo evitar volver a asomarse de nuevo. Bajo el marco pudo ver la imagen de un hombre que salía al exterior, y buscaba algo por el barco. Ese hombre se asomaba al agua por la barandilla, y caminaba frenéticamente por la superficie de un lado a otro. Ese hombre era Roberto.

—¿Pero qué coño…?

No podía entender lo que estaba pasando. Roberto aparecía como si estuviera ahí mismo, pero no era así. Tampoco veía la cámara por ningún lado…

—Debe ser otro barco, el barco de aquel hombre. Se ha debido equivocar y está allí —pensaba en voz alta Michael—. Encenderé el motor e iré a su encuentro.

Asintió para sí mismo y se dirigió a los mandos de la barcaza, pero antes de llegar se quedó parado de nuevo.

—Si vuelve, igual no me encuentra. No, será mejor dejar un mensaje e ir a nado. No debe estar lejos.

Se asomó por la barandilla mirando en todas las direcciones, intentando encontrar alguna señal que le indicara el rumbo que debía tomar. Al poco, vio una pequeña columna de humo que podía ser del barco. Se volvió al equipo tirado en el suelo, y volvió a colocarse todo lo que pudo. En esta ocasión, se decidió por un traje de neopreno sin mangas, para evitar lastimarse el brazo, o estropear el cabestrillo. Entró en el camarote y escribió como pudo una nota con la mano derecha: “He ido a buscarte, si vuelves antes que yo, espérame”. Se giró lo justo para ver la imagen vedada que se plasmaba en la pantalla, en donde vio a Roberto sumido en la oscuridad lanzando algo al mar. No quiso perder más tiempo y dejó la nota sobre la mesa, antes de salir al exterior.

Sin más dilación, bajó lentamente las escaleras y empezó a bracear lentamente con el brazo izquierdo. Se fue separando de la barca hasta que prácticamente había desaparecido de su vista. Trató de no prestarle demasiada atención a ese detalle, por miedo a no atreverse a continuar, y dejó de mirar hacia atrás. Empezó a sentir cómo sus músculos ardían a causa del ejercicio, y frenó en su avance durante un momento para darse un pequeño descanso. La sensación fría del agua aliviaba los músculos de sus brazos y hombros, cuando se dio cuenta de un extraño acontecimiento. De los sargazos salían a veces unas bolsas de gas que expulsaban de aquellas “vejigas” que tenían. A veces ocurría en ligeras explosiones, cuando se combinaban varias algas a la vez, dejando una pequeña humareda en el aire. Michael empezó a sentir verdadero terror al entender que no se dirigía a ningún barco, sino que nadaba sin rumbo cansándose en medio del océano. Se dio la vuelta con la esperanza de ver la barcaza pero, para su desesperación, no había nada a la vista. Ni siquiera estaba seguro de que esa fuera la dirección indicada.

—¡Oh, mierda!

Miró al sol intentando recordar lo que le habían enseñado en el cursillo, pero se encontraba demasiado nervioso, no era capaz de aclarar sus ideas. Chapoteó durante unos minutos sin saber qué hacer; al final había terminado de perderse definitivamente. Pero cuando se fue yendo la luz se dio cuenta que  no podía quedarse allí sin hacer nada; lo más probable es que nadie lo encontrara a tiempo si lo buscaban; además, los brazos se le estaban cansando de tal forma que no podía apenas moverlos. Movió las piernas con desesperación hasta que ya casi no pudo moverse, y se quedó suspendido en aquel mar sin movimiento.

De pronto vio algo por el rabillo del ojo que llamó su atención. A unos metros de él había una embarcación, parada en medio de la oscuridad que se iba apoderando del día. Se giró sobre sí mismo e hizo un último esfuerzo, braceando hasta que llegó a la escalera. Dejó caer el equipo sin intentar recogerlo, era imposible que subiera con ello, y tendió el brazo izquierdo hasta la cima de la escala. Miró cómo se hundía todo el material en las profundidades, mientras tiraba de su cuerpo hasta llegar a lo alto, donde se derrumbó. Junto a sí vio la cámara descansando en la cubierta, y miró inmediatamente a la puerta del camarote con la esperanza de que apareciera Roberto por ella.

—¿Hola? —preguntó jadeando, mientras intentaba llevar oxígeno a los pulmones. Su voz sonaba enronquecida por la falta de líquidos.

Roberto no apareció. En realidad no apareció nadie.

La noche había llegado al fin, dejando el silencio y la oscuridad por únicos acompañantes. Michael se sentía desamparado al ver que nadie se acercaba a él para ayudarle. Lentamente se incorporó y se acercó a la entrada del camarote preguntándose si  podría ser que Roberto sí estuviera pero no le hubiera oído. Llegó a la entrada cuando escuchó un chapoteo en el agua. Se giró en la dirección de la que procedía el ruido, y se acercó despacio mirando por encima de la barandilla. Había algo en el agua. Algo oscuro y correoso que iba golpeando el costado de la barca, acercándose poco a poco a la escala. Michael busco en las inmediaciones algo que pudiera utilizar como arma, pero no vio nada más que la cámara. Se acercó sigilosamente al hueco de la barandilla en donde estaba la escala, y cogió la cámara con la mano izquierda, ayudándose como pudo con la derecha. Algo asomó por las escaleras en el mismo momento que Michael levantaba la cámara sobre el hombro, y le miró con unos ojos desorbitados mientras se agarraba a su pierna. Michael le propinó un golpe brutal a ese ser, que volvió a encender los focos de la cámara. La luz fue como un fogonazo que le cegó totalmente, obligándole a cerrar los ojos. Aquella cosa apretó su pierna mientras respiraba trabajosamente, metiendo en un estado de nervios a Michael que volvió a golpearlo una y otra vez, hasta que no pudo levantar la cámara más. La cosa había dejado de respirar, y un líquido viscoso encharcaba el suelo que pisaba el agresor.

—Dios… —Michael se derrumbó resollando aceleradamente sin dejar de mirar al ser tumbado en la cubierta.

Así permaneció varios minutos intentando recuperar el aliento perdido, hasta que se levantó para buscar algo con lo que iluminar a la cosa. Los focos del minisubmarino habían quedado destrozados con los golpes, y era imposible que pudiera utilizarlos de nuevo. Se dirigió a la puerta del camarote y entró buscando alguna linterna o bengala, o los mandos del cuadro de luces de la barca. Sobre la mesa había un maletín abierto, del que salía una luz tenue que daba un aire siniestro a la habitación. Se acercó y miró el interior del maletín, reconociéndolo en cuanto se acercó a él. En la pantalla se veía una figura oscura, tumbada frente a la pantalla. De entre los labios salía un hilo de sangre burbujeante, y un ligero estremecimiento le indicó a Michael que no estaba muerto aún. Tras el matojo de pelo manchado de sangre y las heridas se veían los ojos de Roberto mirando desorbitados a la cámara, luchando por llevar aire a los pulmones. ¿Cómo podía ser? Salió a la cubierta y se fijó en el bulto tirado sobre las lamas. Reconoció el neopreno, la figura de Roberto, y el rumor de su respiración.

—¿Pero qué he hecho? Roberto, ¿me oyes? —el cuerpo se estremeció levemente pero no respondió.

Pensó en el equipo de radio que tenían en el barco, y con el cual esperaba poder mandar alguna señal a tierra para pedir ayuda. No se encontraban lejos, así que no debería ser complicado que la señal llegara hasta los guardacostas.

—Tengo que llegar al barco y pedir ayuda —se asomó a la borda cuando sintió cómo le sujetaba la pierna Roberto—. ¿Qué ocurre?

Roberto le miraba desde el suelo con los ojos entornados, no parecía que pudiera moverse de aquella posición.

—Tranquilo, voy a buscar ayuda. —Se separó de él y miró su brazo en cabestrillo, mientras intentaba descubrir cuál sería la dirección que tendría que seguir para llegar al barco, cuando se percató del maletín. Cuántas personas llevarían un equipo de grabación como el que habían traído ellos. Un terror frío le recorrió la espalda mientras se encaminaba lentamente hasta el oscuro camarote en donde estaba la mesa, el maletín y una nota escrita a mano:

“He ido a buscarte, si vuelves antes que yo, espérame.”

Regresó junto a Roberto y se sentó a su lado, mientras no paraba de dar vueltas a lo ocurrido.

—Imagino que el hombre que golpeamos con el sumergible realmente era yo, ¿verdad? —Preguntó mirando a Roberto—. Y este es el mismo barco…

Miró a Roberto y vio sus ojos desorbitados mirándole desde el suelo mientras lograba articular unas palabras.

—Lo siento —dijo con tono quejumbroso y lastimero.

—¿Por qué?…

En ese momento escuchó tras él un grito de pánico, y lo último que vio fue a Roberto.

 

 

Roberto tiró los dos cadáveres por la borda, el destrozado cuerpo ensangrentado y al que él había asesinado. Nunca había matado nada, pero no dejaría que nadie impidiera que regresase sano y salvo junto a su familia. Pensó en Michael, que debería estar en la embarcación de aquellos hombres, y sintió pánico por lo que le pudiera ocurrir. Se permitió unos segundos de descanso y se lanzó de nuevo al mar, nadando en la dirección de vuelta en busca de Michael. Al poco empezó a oscurecer, sorprendiéndole la noche en medio del océano y dejándole con una visibilidad casi nula. Tras lo que parecieron horas en el agua, y con los músculos a punto del colapso, Roberto alcanzó la barcaza cuando no le quedaban más fuerzas. Se abrazó a la escala e intentó subir con un último esfuerzo, derrengándose sobre la cubierta.

Ante él estaba Michael mirándole con cara de terror. Levantó el brazo hasta su pierna cuando éste le dejó caer la cámara sobre la cabeza. Ya no vio más que sangre.

Más tarde se despertó y vio cómo Michael estaba sentado junto a él. Decía algo, pero no lo entendía. Se le veía destrozado y nervioso, y notó cómo lo miraba con culpabilidad. Notó cómo alguien se acercaba por detrás de él, y se vio a sí mismo.

—Lo siento —le dijo anticipándose a lo que iba a ocurrir.

—¿Por qué?… —Le respondió…

 

 

—Recuerda siempre la presión, no bajes rápidamente, ni quieras ir más lejos de donde puedas.

—Sí —respondió con desgana, cansado de la avalancha de directrices.

—Y si escuchas el ruido de la navaja, mírame enseguida.

—Sí.

Sintiendo que ya lo había vivido, esa sensación que se conocía como dejavu, cogió la cámara y la acercó a la barandilla de seguridad que rodeaba la escalera. Definitivamente sería un gran día…

BASES DEL I CONCURSO DE RELATOS DELA ASOCIACION DEESCRITORES MADRILEÑOS DE TERROR (ESMATER)

 

ESMATER, en su idea de ayudar y dar promoción a los escritores que quieren que sus obras sean disfrutadas por el público, convoca este concurso para que los ganadores participen en una antología realizada por los miembros de la asociación.

Cada socio de ESMATER incluirá un relato en dicha antología quedando vacantes tres plazas para este concurso. (Si el equipo colaborador de ESMATER considerara que los relatos enviados son de una calidad óptima, se  podrían incluir más de esos tres manuscritos hasta un tope máximo de cinco)

La finalidad de esta antología es presentar oficialmente la asociación y, en la medida de lo posible, sacarla en formato papel para que estas obras puedan distribuirse por las librerías de toda España. Por el momento se está presentando el proyecto a distintas editoriales.

Los textos deben ser originales, es decir, que no estén difundidos en ningún blog, página de internet o red social. Tampoco pueden estar en concurso de otra convocatoria literaria.

La lengua será el Castellano y sólo se permitirá la participación nacional (España)

La extensión de los originales será de unas 10 páginas (intentando ceñirse a ese tamaño en la medida de lo posible) y la temática será exclusivamente de terror, donde a continuación expondremos el tema principal de la antología.

Titulo: “El pasillo de los casos perdidos”

El tema de la antología será un pasillo en el que se encuentran las habitaciones de internamiento de un psiquiátrico. Cada relato es una de las habitaciones, constando cada relato con un nombre y un número (de habitación), dándose libertad para escribir lo que el autor quiera, lo que le ocurre al paciente que ocupa la habitación, que le pasó para acabar ahí, o la historia de algún habitáculo vacío que tiene alguna oscura leyenda. Será interesante que todas las historias tengan un aire ciertamente oscuro y psicótico, de manera que todos se emplacen en el ambiente de la psicología…

Los relatos se tendrán que presentar antes del día 6 de enero de 2012, fecha final para la recepción de originales.

Los manuscritos participantes deberán presentarse en formato Word, letra Arial y tamaño12 ainterlineado simple.

Serán enviados adjuntos en un correo a la dirección concursoesmater@gmail.com y en el asunto poner “Concurso antología de relatos ESMATER”

Tendréis que poner vuestro nombre y apellidos, dirección y ciudad de residencia.

Muchas gracias por participar y mucha suerte!!

 

ESMATER.