Bajo Presión

Publicado: 6 diciembre, 2011 en Relatos cortos

Subo un relato mio que apareció en la revista ultratumba:

 

Bajo presión

 

 

—Recuerda siempre la presión, no bajes rápidamente, ni quieras ir más lejos de donde puedas.

—Sí —respondió con desgana, cansado de la avalancha de directrices.

—Y si escuchas el ruido de la navaja, mírame enseguida.

—Sí.

Cogió la cámara y la acercó a la barandilla de seguridad que rodeaba la escalera. El artilugio estaba enfrascado en una caja estanca, que lo protegería tanto de la humedad como de la presión. Durante varias semanas el curso de buceo le había acercado a un mundo que no le había llamado nunca la atención, pero que resultó ser apasionante. El oxígeno y el nitrógeno, el equipo, las técnicas de respiración y de compensación de la presión, etc. Estaba encantado de que por fin hubiera llegado el día. Soltó el equipo de grabación, que constaba de cámara y lámpara, y comenzó el arduo trabajo que suponía vestirse con el jacket, un chaleco que iba por encima del neopreno, facilitaba la inmersión al servir de anclaje para la bombona en la espalda, y ayudaba tanto en el descenso desinflándose, como en el regreso a la superficie, al aumentar la flotabilidad llenándolo de aire.

Miró a la superficie del agua con cierto pavor. En la oficina, cuando idearon la expedición, parecía una buena idea, pero in situ no tenía la misma sensación. El Mar de los Sargazos recibía ese nombre por los bosques de algas de su superficie, que daban la sensación de estar en un prado en lugar de en alta mar, aunque en realidad ellos seguían a una relativa cercanía de la tierra, contando a no demasiadas millas con las Islas Bermudas. Si no fuera por las ganas que tenía de realizar la inmersión, habría cogido el equipo y se habría largado de allí inmediatamente.

—Recuerda que debes realizar la técnica Vansalva con asiduidad, así evitarás la presión en los oídos —comentó el monitor por enésima vez.

—Lo tengo claro.

Era el momento de llevar adelante tantos meses de duro trabajo. Durante años el estudio de las anguilas había sido una asignatura por aprobar en el mundo de la biología. Tras años de investigación se logró descubrir que el origen de las anguilas era el Mar de los Sargazos, lugar a donde volvían a desovar tras más de diez años de odisea vital. Pero ya se tratara de las europeas, o de la variedad americana, nunca se había logrado grabar el momento en el que volvían a su lugar de origen para dar comienzo a su ciclo de nuevo. El mayor inconveniente era la profundidad a la que tendrían que grabar si querían lograr algo novedoso, ya que al parecer el apareamiento se producía a trescientos metros de profundidad. La empresa se veía complicada para alguien que no había buceado más allá de lo que alcanzara con la ayuda de sus pulmones.

—Haremos una primera inmersión para aclimatarnos y acostumbrarnos a las algas. Esto no es como la piscina o la laguna, tendrás que prestarme atención en todo momento —dijo Roberto con solemnidad a Michael.

La verdad es que había tenido mucha suerte al dar con aquel monitor de buceo, y no sólo por la experiencia de la que Roberto se encontraba sobrado, sino porque pocos se aventurarían a preparar a alguien sin ningún conocimiento en la materia con tan poco tiempo por delante. Tras las intensivas horas de entrenamiento y habituación a los instrumentos, Michael casi se sentía un profesional, aunque agradecía que Roberto fuera a estar a su lado en aquella aventura.

Roberto apartó la cámara y terminó de enfundar a Michael con el chaleco.

—¿Qué haces?

—No llevaremos la cámara en esta ocasión.

—Pero entonces no podremos grabar nada —se indignó Michael.

—No, no grabaremos nada, primero esta inmersión.

Comprobaron por última vez el estado de las bombonas y los reguladores, y saltaron al agua en donde se ajustaron las gafas. Por todas partes se veían las algas que daban nombre a aquella parte del Atlántico. Junto a los apéndices en forma de manos humanas, tenían unos saquillos en donde se acumulaban los gases que las hacían flotar en la superficie del agua.

Roberto le hizo la señal de ok, a la que respondió de la misma manera Michael, y se sumergieron.

En primer lugar debían comprobar que la estructura que serviría para fijar la cámara era segura. Serviría para grabar la gran parte de imágenes cercanas a la superficie, en donde se verían los minutos de rodaje en los que esperaba grabar a los alevines de las anguilas en su primera andadura. Después, los niveles de luminosidad y la cantidad de partículas en suspensión serían su siguiente preocupación. Finalmente, las condiciones para el pequeño robot que llevaría la cámara a las profundidades a donde era imposible que pudieran llegar ellos mismos. Comprobaron el rail por el que moverían la cámara para ver que estaba firmemente anclado al casco, y se sumergieron unos metros entre las algas y la fauna marina. Michael sentía cierta rabia sabiendo que, salvo para labores de mantenimiento o alguna reparación de emergencia, no tendrían que bucear más que en un par de ocasiones. Además, viendo lo fanático que se había mostrado Roberto con la seguridad, Michael sabía que no le dejaría sumergirse si no era necesario.

Miró hacia el monitor molesto adelantándose a la discusión que probablemente se produciría, cuando algo le golpeó el brazo derecho en medio de un halo de luz. Sintió el frío del hueso roto y dejó escapar un aullido de dolor, que quedó ahogado dentro de su máscara. Se sujetó el antebrazo con la mano izquierda, mientras veía por el rabillo del ojo algo brillante apagándose mientras se hundía en las profundidades.

Sacó la navaja que llevaban para casos de emergencia, y golpeó insistentemente en la botella del oxígeno para llamar la atención de Roberto. En el agua la velocidad del sonido se dispara y, aunque tiene un menor alcance, es la mejor manera de avisar al compañero de equipo ante un problema. Roberto se volvió inmediatamente al escuchar el ruido, y vio el rastro de sangre que manaba del brazo de Michael. A través del neopreno se percibía un bulto allí en donde el hueso había roto la piel. Le marcó la espita del aire, que hincharía el chaleco y le ayudaría a subir sin tener que hacer gestos bruscos.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Roberto en cuanto pudo.

—No lo sé, algo me golpeó.

Roberto trepó por la escala y ayudó a Michael a subir a cubierta, con cuidado de no lastimarle más el brazo. Le tendió y sacó como pudo la bombona y el resto del equipo, antes de tener que cortar con unas tijeras la manga de neopreno, para que el dolor no lograra que el accidentado perdiera el conocimiento. El hueso sobresalía a través de la carne, dejando ver cómo se había partido en diagonal, en una recta casi perfecta.

—¿Qué era?

—No sé, era brillante, se movía muy rápido…

—¿No lo viste bien?

Michael no respondió. De su frente resbalaba una gota de sudor, y se le veía aturdido, sin ser capaz de encontrar una postura que le evitara parte del padecimiento que sentía.

—Ven —le dijo Roberto llevándole a la cabina de la pequeña embarcación, en donde sacó una botella de ron y la colocó ante él invitándole a perder el sentido.

Michael miró la botella y luego su brazo, para llegar a la conclusión de que necesitaba ese trago. Mejor si estaba en estado de embriaguez cuando Roberto le intentara colocar el hueso. Cogió la botella y sin servir siquiera en un vaso, comenzó a beber a grandes tragos hasta que empezó a sentir el mareo y las náuseas.

—¿Estás preparado? —preguntó Roberto.

—No, pero es igual —respondió Michael intentando encontrar valor.

La borrachera desapareció inmediatamente. Roberto tardó varios segundos en colocar el hueso en su sitio, mientras que su paciente no paraba de retorcerse y sollozar. Al fin, los primeros auxilios dieron unos resultados aceptables, ya que apenas se percibía un pequeño bulto en donde estaba la rotura. Michael se derrumbó sobre el banco resollando con fuerza, mientras Roberto buscaba algo con lo que hacer un cabestrillo para el brazo.

—El minisubmarino —dijo Michael con un hilo de voz.

—¿Cómo?

Michael levantó la cara de la tabla de la mesa y repitió.

—El minisubmarino, instalaremos la cámara y veremos qué fue lo que me golpeó.

—¿Pero qué dices? No te vas a mover, recogeré todo el material y volveremos a tierra.

—Por favor, Roberto, quiero saber qué fue esa luz…

El monitor le miró queriendo negarse, pero en el fondo también sentía cierta curiosidad por ver qué había sido lo que había propinado tal golpe a Michael. Al fin suspiró sin levantar resistencia, y se acercó con el maletín de primeros auxilios. Separó la cabeza del hacha, y utilizó el mango para improvisar el cabestrillo que sujetaría el brazo lastimado. Vendó la madera junto a la extremidad con cuidado de no cortarle la circulación, y observó el resultado. No había quedado nada mal, aunque la longitud del hacha era mayor, y, exceptuando unos centímetros que sobresalían por detrás del codo, el brazo de Michael aguantaría.

—Está bien, sumergiremos el minisubmarino a ver qué vemos, pero nos iremos inmediatamente después.

Roberto salió a cubierta y retiró la cámara de la caja estanca para acomodarla en el pequeño submarino. Este era un vehículo que aguantaba grandes presiones sin los inconvenientes del cuerpo humano, y podía ser controlado a distancia con bastante soltura. Lo descolgó por la cubierta y lo dejó en la superficie del agua, antes de volver con Michael y colocar sobre la mesa los mandos del sumergible. Abrieron el maletín en donde estaban los controles, y Michael encendió los focos que iluminarían todo aquello que pasara ante el objetivo.

—Vamos allá.

Pusieron en marcha el submarino y comenzaron inspeccionando los alrededores de la barcaza, dando círculos lentamente en torno al lugar en donde Michael había recibido el golpe. El agua se veía bastante turbia pero aun así se veía perfectamente. Dirigieron el objetivo hacia las profundidades donde no se veía más que oscuridad, en busca de algún rastro del cuerpo extraño. A esa profundidad ya no había algas, por lo que no había ningún movimiento, ningún animal, nada.

—No parece que vayamos a tener suerte —dijo Roberto.

—Espera un momento, tiene que haber algo.

Roberto intentó apartar la pantalla de las manos de Michael, consiguiendo que éste le mirara ahogando un reproche.

—¡Déjalo ya!

De pronto la pantalla dio un salto al haber golpeado el submarino contra algo.

—¿Qué era eso?

—¿El qué? —Roberto miró a la pantalla y se quedó callado, de pronto salió del camarote como una exhalación.

—¿Pero qué era? —preguntó Michael, que seguía mirando a la pantalla con la esperanza de ver algo de nuevo en el encuadre. Escuchó la repuesta de Roberto desde el exterior.

—Era un hombre.

Michael no estaba seguro de haber escuchado bien. Salió del camarote y vio cómo Roberto se enfundaba de nuevo el traje de neopreno y cogía una pequeña bombona de emergencia.

—¿Qué estás haciendo?

—Si lo hemos golpeado con la cámara puede haber perdido el sentido —suspiró nervioso—. ¡Voy a buscarlo!

Terminó con los preparativos rápidamente y saltó al agua, Michael se asomó por la borda y se fijó en las burbujas que llegaban a la superficie indicando la posición de Roberto. Michael se quedó mirando las ondas en el agua como hipnotizado, pensando en quién podía ser el que estaba buceando tan cerca de ellos sin haberles visto. Y no habían visto otra embarcación en las inmediaciones.

En todo esto pensaba cuando se dio cuenta de que no había burbujas.

Michael miró en todas direcciones, pero no había señales de dónde podía estar Roberto. Había descubierto que al bucear lo mejor era no aguantar la respiración ya que al no oxigenar el cuerpo el cansancio se producía antes. Esa era una de las primeras nociones que le habían enseñado, por ello se sentía especialmente preocupado al no ver rastro del monitor.

—¡El minisubmarino!

Corrió aparatosamente al camarote y se colocó frente a los mandos del sumergible con la esperanza de encontrar a Roberto con ayuda de la cámara. Miró a la pantalla sin ver nada más que agua, y tomó los controles para comenzar la búsqueda en las inmediaciones de la barca. Pasaban los minutos, y nada. Tras lo que pareció una eternidad, miró al reloj de pulsera y comprobó que había pasado más tiempo que la duración del tanque que se había llevado Roberto. La bombona que había tomado no estaba diseñada para largas inmersiones. Era pequeña y tenía un peso moderado, más apropiado para los descensos rápidos y a poca profundidad. Para que Roberto siguiera con vida tendría que haber encontrado al hombre en el agua y hacer uso de su equipo. Pero de ser así habría vuelto a la superficie, pensaba Michael. Aguantó unos minutos más sin querer reconocer la realidad, y dirigió el minisubmarino hacia la escalerilla de la cubierta. Salió al exterior de nuevo y se asomó a la borda para recoger el aparato.

El submarino no estaba allí.

—¿Cómo? —se preguntó mientras se incorporaba y miraba alrededor del barco, por si el sumergible se hubiera movido de su posición. No estaba por ningún lado.

Volvió al interior para mirar el monitor y la sangre se le heló en los huesos. Alguien estaba recogiendo la cámara y subiéndola  a bordo.

Buscó algo que pudiera utilizar como arma, pero sólo vio la cabeza del hacha separada del mango en el suelo, no parecía haber nada más. Salió lentamente con miedo al no saber con quién se iba a encontrar. No había nadie allí. Michael miró por todas partes sin encontrar al hombre que había visto en la cámara; no estaba en cubierta. Se asomó de nuevo al mar sin tener mayor suerte y decidió al fin volver al monitor. A través de la imagen, Michael veía la puerta que daba al camarote. Al parecer, la cámara descansaba en el suelo, y dejaba ver la puerta y la mayor parte de la cubierta. Michael miró extrañado a la imagen, y se asomó a la puerta de nuevo. No había nada. Volvió la cara a la pantalla, y al ver lo que allí había no pudo evitar volver a asomarse de nuevo. Bajo el marco pudo ver la imagen de un hombre que salía al exterior, y buscaba algo por el barco. Ese hombre se asomaba al agua por la barandilla, y caminaba frenéticamente por la superficie de un lado a otro. Ese hombre era Roberto.

—¿Pero qué coño…?

No podía entender lo que estaba pasando. Roberto aparecía como si estuviera ahí mismo, pero no era así. Tampoco veía la cámara por ningún lado…

—Debe ser otro barco, el barco de aquel hombre. Se ha debido equivocar y está allí —pensaba en voz alta Michael—. Encenderé el motor e iré a su encuentro.

Asintió para sí mismo y se dirigió a los mandos de la barcaza, pero antes de llegar se quedó parado de nuevo.

—Si vuelve, igual no me encuentra. No, será mejor dejar un mensaje e ir a nado. No debe estar lejos.

Se asomó por la barandilla mirando en todas las direcciones, intentando encontrar alguna señal que le indicara el rumbo que debía tomar. Al poco, vio una pequeña columna de humo que podía ser del barco. Se volvió al equipo tirado en el suelo, y volvió a colocarse todo lo que pudo. En esta ocasión, se decidió por un traje de neopreno sin mangas, para evitar lastimarse el brazo, o estropear el cabestrillo. Entró en el camarote y escribió como pudo una nota con la mano derecha: “He ido a buscarte, si vuelves antes que yo, espérame”. Se giró lo justo para ver la imagen vedada que se plasmaba en la pantalla, en donde vio a Roberto sumido en la oscuridad lanzando algo al mar. No quiso perder más tiempo y dejó la nota sobre la mesa, antes de salir al exterior.

Sin más dilación, bajó lentamente las escaleras y empezó a bracear lentamente con el brazo izquierdo. Se fue separando de la barca hasta que prácticamente había desaparecido de su vista. Trató de no prestarle demasiada atención a ese detalle, por miedo a no atreverse a continuar, y dejó de mirar hacia atrás. Empezó a sentir cómo sus músculos ardían a causa del ejercicio, y frenó en su avance durante un momento para darse un pequeño descanso. La sensación fría del agua aliviaba los músculos de sus brazos y hombros, cuando se dio cuenta de un extraño acontecimiento. De los sargazos salían a veces unas bolsas de gas que expulsaban de aquellas “vejigas” que tenían. A veces ocurría en ligeras explosiones, cuando se combinaban varias algas a la vez, dejando una pequeña humareda en el aire. Michael empezó a sentir verdadero terror al entender que no se dirigía a ningún barco, sino que nadaba sin rumbo cansándose en medio del océano. Se dio la vuelta con la esperanza de ver la barcaza pero, para su desesperación, no había nada a la vista. Ni siquiera estaba seguro de que esa fuera la dirección indicada.

—¡Oh, mierda!

Miró al sol intentando recordar lo que le habían enseñado en el cursillo, pero se encontraba demasiado nervioso, no era capaz de aclarar sus ideas. Chapoteó durante unos minutos sin saber qué hacer; al final había terminado de perderse definitivamente. Pero cuando se fue yendo la luz se dio cuenta que  no podía quedarse allí sin hacer nada; lo más probable es que nadie lo encontrara a tiempo si lo buscaban; además, los brazos se le estaban cansando de tal forma que no podía apenas moverlos. Movió las piernas con desesperación hasta que ya casi no pudo moverse, y se quedó suspendido en aquel mar sin movimiento.

De pronto vio algo por el rabillo del ojo que llamó su atención. A unos metros de él había una embarcación, parada en medio de la oscuridad que se iba apoderando del día. Se giró sobre sí mismo e hizo un último esfuerzo, braceando hasta que llegó a la escalera. Dejó caer el equipo sin intentar recogerlo, era imposible que subiera con ello, y tendió el brazo izquierdo hasta la cima de la escala. Miró cómo se hundía todo el material en las profundidades, mientras tiraba de su cuerpo hasta llegar a lo alto, donde se derrumbó. Junto a sí vio la cámara descansando en la cubierta, y miró inmediatamente a la puerta del camarote con la esperanza de que apareciera Roberto por ella.

—¿Hola? —preguntó jadeando, mientras intentaba llevar oxígeno a los pulmones. Su voz sonaba enronquecida por la falta de líquidos.

Roberto no apareció. En realidad no apareció nadie.

La noche había llegado al fin, dejando el silencio y la oscuridad por únicos acompañantes. Michael se sentía desamparado al ver que nadie se acercaba a él para ayudarle. Lentamente se incorporó y se acercó a la entrada del camarote preguntándose si  podría ser que Roberto sí estuviera pero no le hubiera oído. Llegó a la entrada cuando escuchó un chapoteo en el agua. Se giró en la dirección de la que procedía el ruido, y se acercó despacio mirando por encima de la barandilla. Había algo en el agua. Algo oscuro y correoso que iba golpeando el costado de la barca, acercándose poco a poco a la escala. Michael busco en las inmediaciones algo que pudiera utilizar como arma, pero no vio nada más que la cámara. Se acercó sigilosamente al hueco de la barandilla en donde estaba la escala, y cogió la cámara con la mano izquierda, ayudándose como pudo con la derecha. Algo asomó por las escaleras en el mismo momento que Michael levantaba la cámara sobre el hombro, y le miró con unos ojos desorbitados mientras se agarraba a su pierna. Michael le propinó un golpe brutal a ese ser, que volvió a encender los focos de la cámara. La luz fue como un fogonazo que le cegó totalmente, obligándole a cerrar los ojos. Aquella cosa apretó su pierna mientras respiraba trabajosamente, metiendo en un estado de nervios a Michael que volvió a golpearlo una y otra vez, hasta que no pudo levantar la cámara más. La cosa había dejado de respirar, y un líquido viscoso encharcaba el suelo que pisaba el agresor.

—Dios… —Michael se derrumbó resollando aceleradamente sin dejar de mirar al ser tumbado en la cubierta.

Así permaneció varios minutos intentando recuperar el aliento perdido, hasta que se levantó para buscar algo con lo que iluminar a la cosa. Los focos del minisubmarino habían quedado destrozados con los golpes, y era imposible que pudiera utilizarlos de nuevo. Se dirigió a la puerta del camarote y entró buscando alguna linterna o bengala, o los mandos del cuadro de luces de la barca. Sobre la mesa había un maletín abierto, del que salía una luz tenue que daba un aire siniestro a la habitación. Se acercó y miró el interior del maletín, reconociéndolo en cuanto se acercó a él. En la pantalla se veía una figura oscura, tumbada frente a la pantalla. De entre los labios salía un hilo de sangre burbujeante, y un ligero estremecimiento le indicó a Michael que no estaba muerto aún. Tras el matojo de pelo manchado de sangre y las heridas se veían los ojos de Roberto mirando desorbitados a la cámara, luchando por llevar aire a los pulmones. ¿Cómo podía ser? Salió a la cubierta y se fijó en el bulto tirado sobre las lamas. Reconoció el neopreno, la figura de Roberto, y el rumor de su respiración.

—¿Pero qué he hecho? Roberto, ¿me oyes? —el cuerpo se estremeció levemente pero no respondió.

Pensó en el equipo de radio que tenían en el barco, y con el cual esperaba poder mandar alguna señal a tierra para pedir ayuda. No se encontraban lejos, así que no debería ser complicado que la señal llegara hasta los guardacostas.

—Tengo que llegar al barco y pedir ayuda —se asomó a la borda cuando sintió cómo le sujetaba la pierna Roberto—. ¿Qué ocurre?

Roberto le miraba desde el suelo con los ojos entornados, no parecía que pudiera moverse de aquella posición.

—Tranquilo, voy a buscar ayuda. —Se separó de él y miró su brazo en cabestrillo, mientras intentaba descubrir cuál sería la dirección que tendría que seguir para llegar al barco, cuando se percató del maletín. Cuántas personas llevarían un equipo de grabación como el que habían traído ellos. Un terror frío le recorrió la espalda mientras se encaminaba lentamente hasta el oscuro camarote en donde estaba la mesa, el maletín y una nota escrita a mano:

“He ido a buscarte, si vuelves antes que yo, espérame.”

Regresó junto a Roberto y se sentó a su lado, mientras no paraba de dar vueltas a lo ocurrido.

—Imagino que el hombre que golpeamos con el sumergible realmente era yo, ¿verdad? —Preguntó mirando a Roberto—. Y este es el mismo barco…

Miró a Roberto y vio sus ojos desorbitados mirándole desde el suelo mientras lograba articular unas palabras.

—Lo siento —dijo con tono quejumbroso y lastimero.

—¿Por qué?…

En ese momento escuchó tras él un grito de pánico, y lo último que vio fue a Roberto.

 

 

Roberto tiró los dos cadáveres por la borda, el destrozado cuerpo ensangrentado y al que él había asesinado. Nunca había matado nada, pero no dejaría que nadie impidiera que regresase sano y salvo junto a su familia. Pensó en Michael, que debería estar en la embarcación de aquellos hombres, y sintió pánico por lo que le pudiera ocurrir. Se permitió unos segundos de descanso y se lanzó de nuevo al mar, nadando en la dirección de vuelta en busca de Michael. Al poco empezó a oscurecer, sorprendiéndole la noche en medio del océano y dejándole con una visibilidad casi nula. Tras lo que parecieron horas en el agua, y con los músculos a punto del colapso, Roberto alcanzó la barcaza cuando no le quedaban más fuerzas. Se abrazó a la escala e intentó subir con un último esfuerzo, derrengándose sobre la cubierta.

Ante él estaba Michael mirándole con cara de terror. Levantó el brazo hasta su pierna cuando éste le dejó caer la cámara sobre la cabeza. Ya no vio más que sangre.

Más tarde se despertó y vio cómo Michael estaba sentado junto a él. Decía algo, pero no lo entendía. Se le veía destrozado y nervioso, y notó cómo lo miraba con culpabilidad. Notó cómo alguien se acercaba por detrás de él, y se vio a sí mismo.

—Lo siento —le dijo anticipándose a lo que iba a ocurrir.

—¿Por qué?… —Le respondió…

 

 

—Recuerda siempre la presión, no bajes rápidamente, ni quieras ir más lejos de donde puedas.

—Sí —respondió con desgana, cansado de la avalancha de directrices.

—Y si escuchas el ruido de la navaja, mírame enseguida.

—Sí.

Sintiendo que ya lo había vivido, esa sensación que se conocía como dejavu, cogió la cámara y la acercó a la barandilla de seguridad que rodeaba la escalera. Definitivamente sería un gran día…

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