“Al despertar” Un relato de terror obsceno.

Publicado: 16 diciembre, 2011 en Relatos cortos

Este es el relato que quedó 2º finalista en el concurso de relatos del blog de Alfonso Z, pero para los que no lo leyerais aquí lo tenéis para vuestro disfrute. Aviso, es un tanto desagradable.

Al despertar

Ya he entrado en una edad a la que los achaques empiezan a notarse. La caída del pelo, el dolor de riñones al incorporarme del sofá, o el ruido de mis articulaciones, sobre todo las rodillas, al moverme en general, pero nunca me había pasado algo como esto. Me levanté de la cama para ir al baño en medio de la noche y cometí el error de encender la luz, para verme en el espejo. Cada día que pasa parece que las bolsas de mis ojos son mayores y que las ojeras, marcadas como si las hubiera pintado, han dejado de ser algo eventual para quedarse por siempre ocupando ese lugar. Me mojé la cara intentando refrescarme y me pasé la mano por el pelo, cuando por fin lo noté. Al pasar la mano por el cogote me di cuenta que la cantidad de pelo descendía drásticamente y, cogí un espejo de mano para poder ver la parte posterior de mi cabeza. En un primer momento todo se veía en su sitio, es más, se podría decir que cuento con una cantidad considerable de cabello, en comparación con los amigos que comparten conmigo mi edad. Giré el espejo en ambas direcciones y al no ver nada me quedé satisfecho con el resultado, pero antes de apartarlo hice un gesto tan común como puede ser el pasarse uno la mano y en esa ocasión sí lo vi. Una calva. Pero no cualquier calva; aparté con la mano libre el pelo que me tapaba la visión y ante mis ojos apareció una gran extensión vacía. No había nada. Había permanecido tapada por el pelo que desde encima caía en cascada y lo había ocultado a saber desde cuándo. Encendí la luz del techo, ya que hasta el momento me había servido tan sólo de la del armario, y separé el pelo para ver hasta donde llegaba el estropicio. Por poco se me cae el espejo al suelo. Ante mí, o a través de los reflejos, pude ver el aspecto que tenía mi piel bajo la mata que lo tapaba. Un color oscuro y descompuesto marcaba todo el cuero cabelludo, que al parecer se había separado del cráneo. Daba la sensación de ser un balón pinchado, ya que se veía arrugado y formaba ciertos pliegues en donde comienzan los ganglios. Lo toqué con miedo de sentir dolor al verlo en aquel aspecto infectado, pero, para aumentar mi desazón, no sentí nada. Parecía tejido muerto y para mí debía serlo ya que no recibí ninguna señal al tocarlo, ni al pellizcarlo siquiera. El espejo de mano era un impedimento y, despierto completamente ya, decidí solucionarlo. Me fui al dormitorio donde pude encontrar un espejo que formaba parte de la cómoda, y que pude desencajar fácilmente de su cuerpo, para llevarlo al cuarto de baño y fijarlo en la pared con cinta de embalar de la mudanza. Ahora podía verlo bien. Por debajo de la piel muerta, una abertura me dio paso a las capas interiores de las que salía una especie de baba blanquecina, como resina, que supongo sería la poca grasa que pueda haber rodeando el cráneo. Seguía sin sentir nada. Levanté la piel sorprendido de la facilidad con que se desprendía, para dejar al descubierto una capa de hueso que lejos de estar rojiza por la sangre, o blanca como debía ser, tenía un tono pardo que terminó de asustarme.

—¡Oh Dios!

El ruido que producía al tocarlo era el que sonaría cuando golpeas una nuez, un ruido cercano a la madera blanda, al corcho. Apreté con la punta de los dedos y entraron en su interior, como si los estuviera introduciendo en arcilla. Según apretaba se descomponía entre mis manos. Para cuando quise darme cuenta, una masa gelatinosa y blancuzca quedaba perfectamente a la vista.

—¿Pero qué he hecho?

Me sentía aterrorizado, ¿me iba a morir? ¿Se infectaría mi herida? ¿Era acaso una herida? No sabía que pensar y es que, no todos han tenido la oportunidad de practicarse una vivisección por sí mismos. Dejé caer al suelo los restos que tenía en las manos y les eché un vistazo. Nada, ni sangre ni nada que diera la sensación de haber estado tocando algo vivo, tan sólo una especie de polvo parecido al serrín, de detritus fino y con un ligero olor a cerrado. Me sacudí las manos antes de volver a hurgar por la hendidura, para encontrar que el hueso se había descompuesto con mi contacto, dejándome ver el interior de mi cabeza como si fuera el médico que practica una intervención de urgencia en un quirófano. Lo que se me presentaba era mi cerebro, mi materia gris, mi fábrica de sueños. Miré al espejo sin fijarme esta vez en donde colocaba las manos, para horrorizarme con un nuevo detalle que venía a asaltarme en mi reflejo. Los párpados de mis ojos se veían caídos, deformes, como si me hubiera puesto una máscara o una cara de una talla mayor a la que me correspondiera. Llevé mi tacto a la cara para tocar los pómulos, comprobando lo que ya me esperaba, la piel estaba suelta y se desprendía como si fuera un trapo que apartara de mi cabeza. En el espejo veía que la luz pasaba a través de los orificios que una vez albergaran mis ojos, los veía aparecer por las aberturas si los hacía casar. Con unos pocos tirones aparté la piel que estaba mudando, para descubrirme “desnudo” en el reflejo.

No tenía idea de que mi estado era tan paupérrimo.

Según tiraba con la punta de los dedos, la piel se iba desprendiendo de mi cuerpo, dejando al descubierto la musculatura de los hombros, poca, y los huesos. El tono no era tampoco el que esperaba, viendo un color violáceo allá donde mirara según me iba despojando de mi “corteza”. Al fin, dejé de mirar al espejo y dirigí mis ojos a mi cuerpo, viendo el acabado de mi locura.

—Así no puedo ir a trabajar, —me dije sin saber que sentir.

La verdad es que a pesar de estar atónito por lo que me estaba ocurriendo, aún no me había percatado de que no sentía lo más mínimo. Me sentía sorprendido, curioso, pero de una manera fría y poco humana. Tras los primeros impulsos, que ahora con perspectiva parecen más producto de la inercia que de la reacción normal, el vacío más pesado ocupó mi manera de mirar aquello en lo que me estaba transformando, porque no había duda que estaba sufriendo un cambio, pero ¿a mejor?

No se me ocurría el motivo por el que podía estar pasando aquello, ¿una enfermedad? ¿Algún tipo de síndrome? Mi cuerpo parecía haber reducido su tamaña de manera drástica, no de altura, sino en contorno. La percepción al mover los brazos o las piernas era verdaderamente desagradable, dándome la sensación de tener las articulaciones cada vez más secas, más llenas de tierra, rechinando con cada movimiento como si fuera un maniquí carcomido. Tenía la sensación de estar perdiendo líquidos a una velocidad pasmosa, si es que los había tenido alguna vez, en ese momento no lo parecía. Me separé del espejo y volví al dormitorio, encontrándome un charco de fluidos sobre las sábanas, en el lugar en el que había estado tumbado. No se me ocurría que podía estar pasándome, pero el cansancio y el abatimiento me obligaron a olvidarlo por el momento. Cambié las sábanas y me tumbé empezando a preguntarme cómo iba a hacer para dormir sin párpados, no había manera de cerrar los ojos sin ellos. No tenía mucho de qué preocuparme, con el paso de las horas terminé descubriendo que el sueño no llegaba. La luz que entraba por las ranuras de la persiana, y que iluminaba la estancia, desapareció para comenzar a tomar la tonalidad de las farolas y el sueño no llegaba. Me pasé varias horas mirando al techo hasta que por puro aburrimiento decidí levantarme, el abatimiento no desaparecía. Pasé al salón para encender la televisión, pero tuve que desistir al ver que no tenía tacto en los dedos. Tras varios intentos, tan solo había logrado encenderla, imposible pensar en hacer zapping. De todas formas, el sonido me llegaba bajo y menos definido, se ve que las orejas hacen algo más que adornar la cabeza. Me dejé caer sobre el sofá y miré a la pantalla sin importarme lo que emitían, mientras las horas de la noche pasaban como días completos. El teléfono sonó, pero no me encontraba con ganas de levantarme a cogerlo, más tarde se me ocurriría que podía ser del trabajo. Llevé la mano a la mesa para tamborilear con las uñas pero, parece ser que ya no eran tan duras como solían ser, quedaron desmenuzadas sobre la superficie. Los dientes también se movían con cada contacto de la lengua, creo que no estaban todos, alguno había caído a lo largo de la noche y me dio la sensación de que tenían un tacto algo extraño. Salían con la presión como piedras semi-enterradas en la tierra mojada, la tierra claro eran mis encías.

—¡Joder!

No me debí dar cuenta del paso del tiempo, o quizá por fin había conseguido hacer algo parecido a dormir, no lo sé, pero de pronto me encontré escuchando los timbrazos de la puerta. Creo que había sonado también el móvil, pero no le había prestado demasiada atención la verdad. Me levanté del sofá y me dirigí a la puerta preguntándome quién sería, mientras intentaba manchar el suelo lo menos posible. No sé por qué algo como eso me preocupaba en esos momentos. Acerqué el ojo derecho a la mirilla concentrándome en no atender al otro ojo, que no podía cerrar, mientras descubría lo que había al otro lado de la puerta. Rocío, compañera de trabajo y con la que mantenía una relación un tanto complicada, esperaba a que le abriera la puerta. Miraba a la mirilla con cierto aire cabreado, debía haber visto que la espiaba, y mantenía los brazos cruzados ante su regazo.

—¡José, ábreme la puerta de una vez!

Y en ese momento me encontraba en una complicada situación, porque sería complicado que al entrar y verme descarnado, dejando rastros de piel muerta y los fluidos que abandonaban mi cuerpo, se comportara conmigo como si nada. He tenido momentos con Rocío muy íntimos, aunque nunca haya sido una relación romántica, pero aún así no quería que me viera con el aspecto que tenía. Me separé de la mirilla y barajé las posibilidades que tenía. Está claro que Rocío había venido a verme porque no había dicho nada en el trabajo, esto lo podría haber evitado con tan solo coger el teléfono pero ¿qué les habría dicho?

—No puedo abrir… —Esa no era mi voz.

—¿Quién eres? —Dijo Rocío con tono preocupado. —¿Qué le has hecho a José?

Era lógico. Mi voz no sonaba como de costumbre, las cuerdas bucales debían haber sufrido lo mismo que el resto de mi cuerpo, o igual no tanto viendo que aún era capaz de hablar, pero sí lo suficiente para que sonara distorsionada. Era un graznido áspero y bajo, Rocío golpeó a la puerta aún más nerviosa.

—¡Abre la puerta!

Me apoyé sobre la madera mirando de nuevo por la mirilla, sin terminar de decidirme a abrirle a Rocío. No podía dejar que me viera así, pero si no le abría no me dejaría tranquilo, incluso llamaría a la policía si no lograba que se tranquilizase. Al fin volví a abrir la boca para indicarle que sí era yo, pero que estaba enfermo y tenía la garganta destrozada. Le pedí tiempo para ir a ponerme presentable y me alejé lo más aprisa que pude en dirección al armario, buscando todo aquello que pudiera utilizar para ser lo menos reconocible posible. No había mucho en donde elegir, nunca había tenido la necesidad de ocultarme, es más, para ser sinceros siempre me ha gustado exhibirme de cierta manera vanidosa, pero ésta era otra situación y tenía que encontrar algo rápidamente. Al fin me decanté por una sudadera ancha y pesada, que lograría confundir mi delgada figura entre sus pliegues de lana, un pantalón de chándal que tenía la agradecida característica de caer a plomo, haciendo desaparecer las sinuosas líneas que dibujaban mis piernas. Un gorro en la cabeza, unas gafas y algo de espuma de afeitar completaron el modelito con el que abrí la puerta para dejar pasar a Rocío. En el momento en que estuvo ante mí, sus ojos se fueron derechos a mis manos. Había olvidado ponerme unos guantes.

—¿José? —Dijo aprensiva sin dejar de mirar mi descarnada mano— ¿Eres tú?

La verdad es que había logrado tapar mi cara, que no era reconocible tras mi disfraz. Me vi obligado a jurarle y perjurarle que era yo, inventándome con aquella voz asfixiada, que estaba enfermo y que mi aspecto era horrible. No me costó que me creyera esto último, pero no conseguí que dejara de mirarme las manos que había olvidado enfundar en guantes o vendas, o algo… En un primer momento se quedó callada sin apartar la vista de mis manos, pero al fin dirigió sus ojos hacia los míos con una cara de preocupación. Se veía en su rostro que estaba dolida porque no la había avisado de aquello que fuera lo que tenía, pero eso no fue suficiente para apartarla de mí.

—¿Qué te ha pasado? —Su voz sonó sobrecogida, mientras volvía una vez tras otra su mirada a mis manos entre avergonzada y temerosa.

Podía seguir mintiendo todo el tiempo que hiciera falta, pero en el fondo tenía claro que no se lo terminaría de creer. Al fin le expliqué que no sabía que me estaba sucediendo, que al levantarme me había encontrado más o menos así y que, de una manera u otra, no podría ayudarme así que prefería que se marchara cuanto antes. Por supuesto Rocío no encajó con alegría mi invitación a que se largara y se lanzó sobre mí, sin darme tiempo a reaccionar antes de encontrármela entre mis brazos. En ese momento se dio cuenta que no estaba abrazando algo normal, cuando sintió la tirantez de mis músculos y nada más bajo la ropa. A esa distancia mi disfraz perdía efectividad y pude ver como su rostro se mudaba de terror, al ver mi cara descarnada bajo la espuma de afeitar, y los huesos asomando por todas partes. No pudo evitar soltar un grito desgarrado de terror, al quitarme las gafas y mirar mis ojos sin párpados. Reconozco que no debe ser muy tranquilizador ver que tu interlocutor no parpadea y, para ser francos, mis lagrimales habían perdido la capacidad de humedecer las córneas, por lo que mis globos oculares debían verse brillantes tras la capa vedada que se estaba creando, además de producir un sonido rasposo con cada movimiento. Pude ver como tenía la intención de decir algo y como no lograba encontrar las palabras. Por supuesto que Rocío sabía lo que quería decir pero, las palabras no acudían a sus labios. Al fin se giró hacia la puerta y la abrió para salir al exterior. Yo intenté impedírselo, en un vano intento por explicarle que no sabía lo que estaba sucediendo o qué estaba pasando con mi cuerpo, pero mi estado no me permitió moverme con la suficiente soltura para llegar a tiempo a sujetarla. Me quedé escuchando sus fuertes taconazos en el trayecto escaleras abajo hasta la puerta del portal, cuando se abrió la puerta que se encontraba al otro lado del rellano, dando paso a uno de los vecinos con quien mejor me he llevado hasta la fecha.

—Ho…

No fue capaz de terminar el saludo, creo incluso que se le calló la bolsa de la basura de las manos al suelo. Levanté la descarnada mano saludándole en respuesta a su fallido intento y probé a mi vez a decirle hola, palabra que tampoco logré acabar, en mi caso por motivos diferentes, por supuesto. Viendo que la conversación no sería mucho más prolífica, di el paso que me faltaba hasta la puerta y la cerré sin mediar ninguna palabra más. El día se ponía cada vez mejor.

Las horas fueron pasando mientras me preguntaba por qué me sucedía todo aquello, no tenía nada más que hacer, era lógico que ocupara mi tiempo en buscar una respuesta. Lo curioso en todo aquello, ahora lo veo, era que no sentía ninguna preocupación al respecto, no tenía ningún interés en encontrar la respuesta al problema o, más bien, no me preocupaba no encontrarla. Imagino que estaba adoptando una postura muy cercana a la que había conducido siempre mi vida, una postura lejana, tangente, un modo de ver las cosas por el que nunca había terminado de formar parte de la sociedad. Hacía muchos años que no veía a la familia que me quedaba y, no se puede decir que sea un hombre con muchos amigos. La verdad es que no soy capaz de recordar a ninguno que considere un verdadero amigo. La única persona que se ha acercado a mi de manera desinteresada es Rocío, y no creo que lo haya hecho porque me haya comportado con ella de manera distinta al resto, si no que creo que vio en mí una de esas causas perdidas con las que disfrutan algunas mujeres, soñando en cambiar a la persona como si de un experimento psicológico se tratara. En mi caso el tratamiento, como se puede ver, nunca había funcionado. Sigo siendo solitario, despegado, vacío…

Mis elucubraciones se fueron al traste al sonar el timbrazo del teléfono. En esta ocasión había tenido la precaución de dejarlo en la mesa, lo más cerca posible de la zona del sofá en donde me había pasado las últimas horas. Estiré, no sin esfuerzo, mi brazo para alcanzar el móvil, y me lo llevé al orificio donde había estado mi oreja izquierda. Apreté el botón para recibir la llamada, dispuesto a intentar sonar lo más humano posible, pero no me dio tiempo si quiera a preguntar quién era.

—¡¿Qué coño me has hecho?!

—¿Cómo…? —Logré responder sorprendido.

La voz que me llegó, histérica y aterrada al mismo tiempo, parecía la voz de Rocío.

—¿Qué me has hecho, hijo de puta?

El tono esta vez fue menos agresivo y más desesperado. Sí era Rocío, pero no sonaba como normalmente.

—¿Qué te pasa Rocío? —Pregunté convencido de saber ya cuál era el problema.

—Se me está cayendo la piel a tiras. ¿Qué me has pegado?

Cómo se debería responder a una pregunta así. Casi habría preferido que me hubiera tildado de inhumano o que me preguntara por qué nunca la había querido, pero cómo respondes a alguien que no sabes qué le pasa. Cómo se lo dices sin que perciba que te da igual. Pasaron varios segundos en los que no terminé de encontrar la manera de decírselo, puede que no sintiera culpa o pena, pero eso no quitaba que Rocío fuera probablemente la única persona que hubiera apostado por mí. Le debía al menos un poco de conmiseración, aunque fuera falsa.

—No lo sé, Rocío.

No sabía qué más añadir así que no dije nada. Tras unos segundos la llamada se cortó y volvía a estar solo en mi salón. Por un lado sentía que la había fallado en el momento más crítico, no me habría costado nada decirle que todo se iba a solucionar aunque supiera que no era cierto, pero por otra parte tenía claro que Rocío tenía gente a su lado mucho más preocupada por ella y más capaz de consolarla, de lo que sería yo nunca. Dejé caer el móvil sin preocuparme por la suerte que corría y tendí la cabeza sobre el brazo del sofá, me sentía agarrotado y cansado, pero seguía sin poder dormir.

Me descubría, tras un buen rato perdido en ideas que no logro recordar, pensando en una película que hacía algunos años había visto a altas horas de la noche en televisión. En ella un hombre que volvía de la muerte, por medio de algo mágico, empezaba a formarse en la buhardilla de su antigua casa, viéndose obligado a alimentarse de ratas, palomas y de la sangre que su amante lograba ponerle al alcance de la mano. Quien la haya visto seguro que la recuerda. Recuerdo que me resultaba irónico pensar en aquella película, ya que por aquellos entonces me parecía bastante estúpida aun siendo un clásico, al parecer. Ahora en cambio, salvando las distancias, a mi me sucedía lo mismo sólo que al contrario, por lo que me sentía como un idiota mientras miraba el cuerpo marchito que seguía perdiendo volumen bajo las capas de ropa que llevaba puestas. Me imagino que la vida es irónica con todos aquellos que como yo, hemos vivido a nuestra manera, soberbios, incrédulos de todo lo que no entendemos y creemos que no tiene razón de ser. Ahora yo mismo soy la estampa que intenta darme una lección, la moraleja, la historia que intenta hacer de los demás buenas personas… Me comenzaba a deprimir, así que volví a encender la televisión.

—…Los casos se multiplican sin que nadie pueda dar una explicación sobre lo que está sucediendo, a la redacción llegan noticias de todas partes de España y de algunas del extranjero… —Una reportera hablaba nerviosa en la pantalla, mientras seguía con el micrófono en la mano a un grupo de hombres que se veían al fondo de la imagen. El cámara seguía al grupo, intentando que la escena fuera lo más suave posible, pero la carrera impedía ver con claridad lo que estaba sucediendo. Eso y las cataratas de mis ojos, que no me dejaban ver lo que ocurría. —Estamos ya en el domicilio de lo que parece ser el primer caso que se ha dado a conocer. Los agentes del centro de contención de plagas y enfermedades esperan hallar aquí, una solución que les permita acabar con esta extraña enfermedad que algunos ya denominan “muerte por descomposición”, y que al parecer hasta el momento no ha matado a nadie, pero los casos se encuentran en un crítico estado que parece no ser reversible…

No era el único al que le estaba pasando, en la televisión estaban hablando de algo y no podía ser otra cosa que lo que me ocurría a mí. En el resto de los canales la programación había dado paso a distintos programas de noticias, cotilleo, científicos y sensacionalistas en general, que hablaban o más bien especulaban con la causa de todo aquello. Ninguno de los canales era de utilidad. Como habían dicho en las distintas cadenas, era una enfermedad pero, quién lo sabía seguro. Además no parecían saber de dónde había surgido la “enfermedad”. En ese momento creo que fue cuando caí en la frase de la reportera. Hacía escasos minutos había visto que estaban en la casa del primer caso, pero ese era yo o al menos eso era lo que pensaba. Intenté coger el mando y volver al canal en cuestión, algo que me costó un esfuerzo tremendo, y si hubiera tenido parpados o cejas para abrirlas desmesuradamente lo habría hecho. De la casa, que al acercarme más a la pantalla pude al fin reconocer, sacaban una camilla de ambulancia con un cuerpo tapado por una de esas mantas térmicas que usan los cuerpos de emergencias. Todos llevaban máscaras en la cara, como si estuvieran retirando los cadáveres de una catástrofe nuclear. Bajo la manta dorada, una figura se debatía produciendo ondulaciones y agresivos tirones de cuando en cuando, mientras se escuchaba un graznido agudo y aterrado que helaba la sangre en las venas. De sobra conocía aquel porche ante la casa y la puerta por la que habían sacado la camilla, había estado muchas veces en ese barrio como para conocerlo perfectamente.

—Rebeca, ¿podemos saber el nombre de la primera víctima de la enfermedad? —Le preguntaban a la reportera desde la redacción.

—Sí, al parecer la paciente cero es Rocío García, natural de la capital, que residía en este domicilio desde hace varios años.

—Muchas gracias Raquel, —le respondía desde el plató de las noticias un presentador vestido de traje, que mostraba un ligero pliegue bajo el parpado del ojo izquierdo.

Nadie sabría por qué se llevaba la mano al ojo constantemente, yo en cambio si podía ver que ese hombre estaba muriendo por descomposición, como les había oído decir antes, no faltaría mucho tiempo para que su cara se desprendiera de su cabeza y entonces, no volvería a presentar las noticias de ningún canal.

—Lo siento Rocío —traté de decir, pero ya mis cuerdas bucales no servían para articular sonidos.

Intenté levantarme pero mis músculos no respondieron.

Me quedé mirando a la pantalla hasta que mis ojos y mis oídos se apagaron también. Debe ser culpa mía, pensé, mi falta de apego y mi indiferencia han acabado con el ser humano.

En medio de la oscuridad esperé a que se acabara todo.

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comentarios
  1. voidinperson dice:

    La television le termino de mataar, no me extraña con programas como salvame jaja. Me ha gustado mucho.

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