Archivos para enero, 2012

Un cómic de infarto.

Publicado: 31 enero, 2012 en Otros mundos

Os dejo el enlace de un cómic coreano que me han recomendado. No apto para cardiacos, muy bueno pero muy terrorífico.

Está en inglés pero se entiende muy bien. Tan solo entrad en el enlace y bajad el scroll hacia abajo. Y disfrutad:

http://comic.naver.com/webtoon/detail.nhn?titleId=350217&no=31&weekday=tu

Aunque el acabado es mejor en el formato cómic, os lo dejo también en el vídeo de Youtube:

La prisión de agua

  No pienso dejar que las toquen. Ni un pelo. No se acercarán de ninguna manera. Mario abrazaba a sus dos hijas ansiosamente, sin apartar ni un segundo la mirada de los dos hombres con los que compartían el angosto cuarto. Ellas por fin se habían dormido, pero de tensión. Al fin no habían podido aguantar más y habían caído en un letargo intranquilo y nervioso y Mario lo entendía. Lo que se habían visto obligados a vivir no lo debería vivir nadie.

Le había parecido una idea genial que sus hijas pudieran ver, in situ, el trabajo de las personas que hacían realidad la vida diaria. Por lo que aprovecharon las vacaciones para que, por mediación de un conocido, les enseñaran una de las instalaciones que regulan la energía eléctrica de las pequeñas localidades de la isla. Los operarios les mostrarían cómo se creaba la energía, de qué manera se almacenaba y más tarde, cómo se distribuiría hasta las casas en donde se consumiría. Pero no se le ocurrió de ninguna manera que pudiera suceder lo que les había pasado. Mario miró a los dos hombres que miraban a sus hijas como hienas, temiendo que también él cayera de sueño tarde o temprano. Y entonces qué.

Salieron del hotel y se presentaron en las instalaciones temprano por la mañana, mirando con pesar a las nubes que anunciaban lluvia. Allí había dos hombres maduros y un capataz, que andaba comprobando y midiendo la tensión de los recorridos eléctricos. En realidad no había mucho que ver. El lugar constaba de una garita, un tendido de alta tensión y unos condensadores. No se trataba de una gran central hidroeléctrica, esa se encontraba en el otro lado del embalse, esta daba suministro a una pequeña localidad que se alejaba siguiendo la carretera de servicio y que, tras hacía ya algún tiempo, recibía electricidad directamente de la instalación principal. De modo que era un lugar a punto de ser licenciado. Ese sería el motivo por el que nadie les había venido a rescatar, nadie sabía que estaban allí, encerrados, sin ningún alimento.

A los pocos minutos de su llegada unas pocas gotas empezaron a caer del cielo, aspecto que preocupó a Mario por miedo a la electricidad, pero que no pareció preocupar demasiado a los operarios, que siguieron explicándoles cuál era su trabajo o para qué servía aquello… Hasta que la lluvia se tornó torrencial. De pronto un ruido ensordecedor les llegó tapando todo lo demás y todos miraron en dirección al mar.

—Eso no es la lluvia —dijo uno de los técnicos.

Por encima de las lomas que cubrían el valle se veía una nube, una sombra húmeda que avanzaba rápidamente hacia ellos, oscureciendo el día como si fuera una cortina que tapara el sol. Una ola enorme que barrería todo el valle a su paso. Mario cogió a sus hijas de la mano y corrió a la casucha en donde estaban los mandos, seguido de su mujer y del capataz. Cuando llegaban a la puerta, sentían la espalda calada de las gotas que precedían al Tsunami, que sobrepasaba la cima de los montes, y hacían rebosar el embalse llevando consigo una riada arrasadora hacia ellos. Lucía no lo logró. Su mujer y ese capataz que malamente les había dirigido la palabra no alcanzaron la puerta a tiempo. La mujer con la que había vivido los últimos diecisiete años, que le había dado dos hijas, que conseguía que llevara las corbatas planchadas a la oficina, la riada se la llevó ante sus ojos unos segundos antes de cerrar la puerta y quedarse a oscuras con sus hijas y esos dos hombres.

Dos días después y cuando las luces de las linternas ya no tenían casi baterías, el hambre empezó a acuciar a los cinco ocupantes del estrecho almacén. Bajo la oficina que contenía los mandos de la central, los expedientes o la salida al exterior y por la que seguía entrando el agua oscura y embarrada, había un almacén de hormigón cerrado por una trampilla en donde solían guardar todo el material para las reparaciones, o las baterías en las que se almacenaban los vatios, pero no comida. Ni una triste bolsa de patatas. Nada que llevarse a la boca durante dos días, cuarenta y ocho horas, dos mil ochocientos ochenta minutos, ciento setenta y dos mil ochocientos segundos, y cada uno de ellos fue una tortura, un momento eterno y doloroso que parecía no tener fin. Al comienzo de todo se preocuparon tan solo de escuchar el ruido de la riada, golpeando la oficina que había sobre ellos una vez tras otra. Probablemente el agua se estancaría y sería cuestión de tiempo que la tierra la fuera absorbiendo, ilusión que los técnicos rápidamente desestimaron al explicarle que la zona poco porosa, no ayudaría a eliminar el agua que anegaba el valle. De todas formas también lo que pudieran aguantar en tales condiciones, sería cuestión de tiempo. Por la ranura de la trampilla se iban colando gotas de agua que caían constantemente hasta el suelo, martilleando la razón de los presentes que no tenían nada que contar, ni ánimos para hablar tampoco. Los móviles no tenían señal y no había manera de ponerse en contacto con el exterior y, en una ocasión que intentaron asomarse levantando la trampilla, el peso del agua les impidió moverla siquiera unos milímetros. Estaban encerrados y no tenían más opciones que esperar.

Tras el tercer día con nada que llevarse a la boca comenzó la tensión. Las hijas de Mario no paraban de llorar y decirle que tenían hambre, algo que él no necesitaba que le recordaran. Su estomago no paraba de rugir, pero lo peor eran los cuchicheos de los dos hombres que se encontraban frente a él. Les miraban y hablaban en susurros, no dudaba Mario de qué, mientras el silencio se mezclaba con los lloros de sus hijas. Tenía que hacer algo cuanto antes. Se levantó y buscó una vez más con la luz que despedía el móvil, las linternas y demás luces ya se habían agotado, ya que el resplandor del pequeño piloto de emergencia apenas iluminaba lo suficiente para distinguir las formas. Miró por los estantes intentando encontrar alguna cosa que les sirviera para algo, lo que fuera. Tornillos, tuercas, motores desvencijados, nada parecía tener ninguna utilidad en la situación en que se encontraban pero, aun así, no desistió en su empeño.

—¿Qué buscas papa? —Le preguntó su hija mayor en medio de un acceso de tos.

Uno de los operarios se acercó y le preguntó si se encontraba bien pero antes de llegar si quiera a tocarla, Mario saltó sobre él abandonando su tarea.

—¡No se te ocurra tocarla!

—Sólo me preocupaba por la niña —respondió el técnico, dolido por la reacción e intentando soltarse de la mano con la que le aferraba el padre.

Mario forcejeó con él tratando de separarle de sus hijas y, en medio de la trifulca, se golpearon contra una de las estanterías. De encima de esta calló un pequeño transistor que fue a aterrizar contra el suelo, donde rebotó con un sonoro crujido. No parecía muy dañado pero si se habían abierto las abrazaderas de plástico que lo mantenían cerrado. En seguida los dos hombres pararon de empujarse y se lanzaron sobre la radio para intentar ponerla en funcionamiento. No se encendía.

—¡La has roto! —Gritó Mario lleno de rabia.

—¡Ni si quiera tiene pilas! —Respondió igualmente el hombre que se la arrebató de las manos y la inspeccionó más detenidamente—. Quizá podamos conseguir alguna de las herramientas que hay por aquí. Lo que no sé es si funcionará. —Dijo dirigiéndose esta vez a su compañero.

No dejaron un rincón sin tocar hasta que al fin, en uno de los cajones de un escritorio, encontraron un paquete de pilas sin abrir. No parecían estar estropeadas pero… Sacaron las pilas y las fueron introduciendo en el hueco a tal fin, con un cuidado que rayaba en lo exagerado. Con un ligero golpe con la palma de la mano, la carcasa de la radio se cerró, desapareciendo con ello los restos de la fortuita caída. Toquetearon el transistor por todos lados, todos los botones, la ruleta de búsqueda de emisora, pero no sonaba nada. Ni estática.

—No funciona.

Mario suspiró como si en vez de una radio, hubieran perdido la oportunidad de encontrar una salida. Lógicamente no iban a salir antes por escuchar lo que decían en las ondas, pero sí podrían enterarse de cómo iban las labores de salvamento. Esa ola debía haber sido realmente destructiva. Volvió a su puesto en el suelo junto a sus hijas, odiando la humedad y el frío de aquel almacén subterráneo. Si no era el hambre las enfermedades los matarían, o puede que fuera las dos cosas juntas, quién podía saberlo. Las toses de su hija eran cada vez menos húmedas y más ásperas, sonando como una especie de bocina, ese tipo de tos que sólo tienen los niños pequeños y que llega tras horas tosiendo. Eso y la falta de líquidos que les acuciaba, que les tenía las gargantas en carne viva. Mario sentía cada palabra como una bola de alambre saliendo por su garganta, no quería pensar que sentiría su hija con aquel catarro. La otra niña apenas tiritaba en el esquinazo del cuarto.

—Quizá podríamos recuperar algo del agua que gotea por la trampilla, —dijo el otro operario que se había mantenido fuera de la reyerta.

Mario miró a las gotas que caían por la ranura del techo y, aún con la poca luz que había, vio el color salobre que tenían. Al arrastrar toda la arena y el barro del valle, la potabilidad no sería la adecuada, pero, no tenían nada más.

—¿Cómo la cogemos?

—Lo mejor será filtrarla con la ropa, alguna camiseta lo más limpia posible que separe la arena del agua. —Dijo el hombre con el que se había enfrentado hacía escasos minutos, entre cabreado y apaciguador.

Sin esperar a que dijeran nada más, el padre se saco de debajo de la sudadera fina el polo que llevaba y asegurándose de que estuviera más o menos limpio, lo colocó debajo del exiguo reguero.

—Vamos Claudia, acércate aquí.

La hija mayor avanzó a donde le indicaba su padre, que la colocó bajo la prenda haciendo un nudo por el que caerían las gotas de agua tras pasar por el tejido. El ritmo era tormentoso, pero al fin logró que su hija dejara de toser un rato. A continuación llamó a la menor pero esta no pareció percatarse. Estaba dormida o había perdido el sentido. Mario se acercó preocupado a ella y la acercó a pulso para llevarle agua a los labios agrietados. La apoyó en su regazo, sentándose sobe el charco sin que le preocupara mojarse y le abrió los labios para hacerle llegar un poco de agua. La niña se estremeció, pero no se movió mucho más.

—Venga Sofía, abre los ojos un poco. —Se notaba la preocupación en su tono de voz.

Tenía un color pálido y cetrino que no auguraba nada bueno. Los brazos caían lánguidos a los lados del cuerpo y bajo los ojos, una sombra oscura pronunciaba las ojeras que hundían las orbitas en el rostro. Mario la llevó de regreso al fondo del almacén, lejos de la humedad que había en torno al charco bajo la trampilla. La tendió de nuevo en el suelo y la cubrió con la sudadera echándosela por encima. Él se volvió a poner el polo que había utilizado para recoger el agua, aun estando mojado como estaba. Si ya sentía antes frío, ahora no paraba de temblar mientras frotaba con las manos el polo, intentando secar la prenda cuanto antes.

—Puede que logremos arreglar la radio.

Abrió los ojos un segundo para ver como uno de los hombres cogía el aparato, y lo empezaba a manosear intentando hacer que funcionara. Los ojos se le caían en medio de una extraña sensación de ingravidez, a la que se abandonó mientras el ruido de la estática parecía despertar en el transistor. A su lado sus hijas respiraban increíblemente fuerte y notaba cada uno de sus latidos en las sienes, inhalaban en entrecortados suspiros y roncos gemidos mientras Mario se iba abandonando cada vez más.

—Parece que ya suena algo.

Intentó abrir los ojos pero no pudo, sólo sentía unos ligeros tirones y una sensación de frío. No entendía lo que sonaba a su alrededor, un leve rumor que no terminaba de entender pero que le sumió en una sensación de apremio que no entendía. Algo se quedaba en el tintero, no podía permitirse el lujo de quedarse allí tendido mientras aquello que fuera, que no terminaba de recordar, pasaba desapercibido. Y esa sensación de dolor en el estómago que se volvía cada vez más acuciante. Esos hombres habían mirado a sus hijas como hienas, esperando a que bajara la guardia para aprovechar el más mínimo descuido. El hambre, la falta de sueño, todo se unía y no podía evitar pensar que pasaría si él, el único que evitaba que se lanzaran sobre ellas, se quedaba dormido. Hizo un esfuerzo inhumano para levantar los párpados que parecían pegados entre sí, sorprendiéndose al encontrarse con la dantesca escena que se interpretaba ante él. El suelo se veía manchado en un charco de roja sangre que lenta y pegajosamente, iba expandiéndose por toda la superficie. El ruido de los huesos al romperse y separarse de la carne, le ayudaron a salir de ese sopor en el que se encontraba. No podía entender lo que estaba sucediendo, pero no paraba de llevar su mirada a las caras ensangrentadas de los dos hombres, que se limpiaban con el antebrazo restregando las manchas que circundaban sus bocas abiertas sobre la carne. Junto a su pie vio la mano tendida de una de sus hijas, de Claudia parecía, que descansaba en el suelo separada del resto del cuerpo.

—¡Pero qué habéis hecho! —Acertó a gritar descompuesto mientras se arrodillaba y cogía el miembro cercenado, llevándoselo al pecho como si lo pudiera acunar.

No parecieron hacerle el más mínimo caso y siguieron alimentándose de aquella carne cruda y tierna.

—¡Dejadlas! ¡Dejadlas en paz!

Intentó quitárselas de las manos como si con ello pudiera devolverles la vida, pero no era capaz de mantener fuera de su alcance lo que quedaba de sus niñas.

—¡DEJADLAS ANIMALES!

Sus hijas, las hijas por las que habían organizado esas vacaciones que habían acabado con la vida de su mujer, y su falta de dedicación al no estar junto a ellas cuando le necesitaron. Miró al suelo y se dejó caer de rodillas, sin preocuparse por las manchas que se dibujaban en sus pantalones. Comenzó a sollozar perdiendo por completo los últimos resquicios que le quedaban de fuerza. Ya no podía hacer nada y por tanto, ya no le quedaban motivos para seguir luchando más. Seguía viendo por el rabillo del ojo cómo sujetaban lo que parecía una pierna y la devoraban como animales rabiosos. Ese comportamiento no era normal. Quién podría hacer aquello sin deponer por completo el contenido del estómago, aunque en este caso no hubiera más que bilis. Se derrengó por fin al suelo y se quedó allí, escuchando los gruñidos y sonidos guturales que emitían los comensales, mientras sentía cómo el abandono se abatía sobre él.

—¿Cómo he dejado que nos pasara esto? —Se preguntó—. ¿Cómo no he estado por ellas?

Casi al mismo tiempo que caía una lágrima rodando por su mejilla, sintió un tirón en el pie de allí de donde le sujetaban aquellos caníbales. No satisfechos con haber dejado los restos de sus niñas por todo el pavimento, ahora venían a por él. Ahora le tocaba el turno a él sentir sus dientes en la piel, sus manos, sus mordiscos…

—Al menos en breve estaré con ellas.

 

 

…las labores de salvamento y, están realizando todo lo posible por evitar males mayores en la zona. El resultado de la ola, estiman, ha sido de casi un millar de muertos y hasta el momento otros casi dos mil desaparecidos más. Esperamos las últimas cifras de los equipos de bomberos desplazados de todas las islas circundantes, para…

 

 

El ruido de estática aderezaba la voz que sonaba desde el transistor, como una garganta metálica dando las noticias. Mario abrió los ojos y miró al techo del angosto almacén sin recordar muy bien dónde estaba. Movió los dedos de las manos con miedo a que no estuvieran ahí, pero no hubo problema, no faltaba ninguno. Se incorporó lentamente, y vio a los dos hombres que se acercaron rápidamente a él para ayudarle a colocarse sentado contra la pared. Para su tranquilidad, no le faltaba nada ni había sangre en el suelo. Sus anfitriones no se habían vuelto brutales caníbales que disfrutaran arrancando la piel a mordiscos. Es más, parecían bastante aliviados de ver que se había despertado.

—Señor, hemos logrado que la radio funcionara y nos van a rescatar. Sólo tenemos que resistir un poco más. —Comentó con cierto titubeo—. ¿Se encuentra bien?

—¿Ya podemos salir?

—No, pero en la radio han hablado del valle y vendrán a ayudarnos —respondió uno de los técnicos alentadoramente.

De la trampilla caía cada poco una gota de agua, pero se veía mucho más limpia que la que se había visto obligado a darle a sus hijas…

Sus hijas.

—¿Qué habéis hecho con mis hijas?

Los dos hombres se miraron entre sí antes de devolverle la mirada a Mario.

—¿Por qué no me respondéis? ¿Dónde están?

Uno de ellos indicó con el índice al rincón en donde habían estado todo el tiempo y donde aún estaban. El padre respiró más tranquilo mientras se acercaba arrastrándose a sus hijas, era increíble lo abatido y cansado que se encontraba. No paraba de sentir un extraño vahído en su cabeza, no dolor, tan solo una sensación de atontamiento que no se iba. Quizá por la falta de alimento.

—Niñas ¿cómo estáis?

Estaban frías como el hielo.

—Niñas.

Las manos de Claudia cayeron al suelo sin vida cuando las levantó para intentar despertarla. Sofía tenía un tono pálido azulado, su pecho no se movía.

—¿Niñas?

Un sollozo salió de la garganta del padre cuando se hizo la luz en su cerebro. Sus hijas estaban muertas y él no podía hacer nada para remediarlo.

—No pudimos hacer nada por ellas, lo sentimos señor, les dimos agua en los labios y las arropamos pero… —Se escuchaba el tono del técnico apenado por la pérdida del hombre.

—En serio señor, lo intentamos pero no hubo nada que hacer —respondió el otro.

Los dos hombres se acercaron a él. Uno de ellos le puso una mano sobre el hombro apiadándose de su dolor.

—Por lo que han dicho, los equipos de rescate aún tardarán unos días en sacarnos de aquí. —Dijo el primero, quedándose callado junto a él.

—Si no comemos algo moriremos también —acabó el segundo.

Qué querían decir, por qué hablaban de comer si no había nada que comer.

—¿De qué habláis? —Dijo confundido sin acabar de entenderles—. No hay nada de comer, si no, mis hijas seguirían vivas…

No podía ser.

No podían pretender eso, no mientras él estuviera con vida. No a sus hijas.

—Ellas han muerto. Nosotros no.

 

Durante los últimos días he estado ocupado con la asociación de autores de terror madrileños, en la formalización de los estatutos, la promoción de sus principios y la búsqueda de un logo apropiado para la entidad. El primer aspecto está ya solucionado, lo segundo será algo que siga siendo una preocupación espero durante muchos años y, en el caso de la tercera premisa, el logo llamó a nuestra puerta de la mano de un antiguo compañero que se había embarcado en el mundo del diseño digital.

Fue un arduo trabajo, de quítame aquí y ponme allá, de coloca esto y déjalo después, hasta que al fin y tras muchos, muchísimos cambios, la imagen corporativa de ESMATER se presentaba a nuestros ojos. Y por fin se presenta a los vuestros también:

 

El amigo de Billy

 Billy se acercó al ventanuco y miró al interior, atemorizado al pensar que le pudiera encontrar el señor White entrando en su casa. Se asomó a la oscuridad del sótano, intentando vislumbrar algo en toda aquella negrura.

—¡Vamos Billy! —Le gritó Mark desde el otro lado de la calle animándole a que entrara de una vez.

Al fin, pudo ver la pelota de baseball en el suelo, junto a un pequeño saco oscuro, al fondo de la habitación. Introdujo una pierna tanteando con la punta del pie, intentando llegar a la estantería que se apoyaba en la pared, y se descolgó de la ventana hasta el suelo. Miró hacia las escaleras con temor a que el viejo dueño de la casa abriera la puerta, y lo encontrara allí, hurgando entre sus cosas.

Avanzó lentamente intentando no hacer ni el más mínimo ruido, hasta que llegó al lugar donde descansaba la pelota. Estaban ganando el partido, pero la bola entró rompiendo el cristal de la ventana tras un gran golpe. Le había tocado a él ir a recuperarla y le daba vergüenza reconocer que tenía miedo del señor White. En realidad todos le tenían miedo. Se agachó para coger la pelota del suelo y curiosear en la bolsa que descansaba junto a ella y que sólo contenía ceniza. Se sacudió las manos en el pantalón, cuando escuchó algo tras él.

—Hola —sonó una voz aflautada.

Billy calló atemorizado de la impresión, mirando al lugar de donde provenía. Allí no había nada más que el hueco de la leña. Un agujero oscuro horadado en la pared, en donde no se veía nada.

—¿Hola? —Preguntó tímidamente dirigiéndose a la oscuridad.

—¿Has venido a verme? —Escuchó Billy.

—Venía a por la pelota. —Respondió aún atemorizado—. ¿Quién eres?

Desde la leñera de donde salía aquella voz, le llegaba un frío húmedo que sintió aún a través del abrigo. En medio de la penumbra vio el brillo de unos ojos que le miraban de arriba abajo, sin ser capaz de percibir el resto.

—Soy Timmy, —dijo la voz— ¿y tú?

El niño tardo unos segundos en responder, nervioso ante aquellos ojos que le miraban.

—Yo Billy —respondió al fin—. ¿Qué haces ahí dentro? ¿Por qué no sales?

Los ojos se cerraron durante unos segundos, dejando entrever en las tinieblas tan sólo una leve figura.

—Me hace daño la luz.

Billy se extrañó ante la respuesta y se acercó a la abertura de la leñera. No era capaz de ver nada más que esos ojos, que le miraron con una expresión risueña.

—Me alegra que hayas venido, hace mucho que no veía a nadie. No desde que se fue mi padre, —dijo lastimeramente.

—¿El señor White?

—Sí, el me encerró aquí. Pero ahora estás conmigo. ¿Por qué no te acercas más?

Billy miró la pelota y recordó que le estarían esperando.

—Tengo que irme, mis amigos están fuera.

Desde la leñera le llegó la voz de aquel otro niño pidiéndole que no se fuera, mientras trepaba por la estantería y salía de nuevo por el ventanuco. Se rascó la mano en donde sentía una quemazón, y le prometió que volvería al día siguiente para a continuación, enfrascarse en el juego con los niños del barrio.

 

 

Al día siguiente, Billy se acerco de nuevo a la casa acompañado por su amigo Charlie. El niño había comentado con los demás que había conocido a alguien en la casa del señor White, pero ninguno quiso creerle, y no estaban dispuestos a reconocer que les daba miedo el viejo carcamal. Al fin había convencido a Charlie para que le acompañara y conociera a Timmy, y se habían encaminado a la casa cuando la luz ya empezaba a decaer. De la misma manera, cuando entraron por el ventanuco no se veía apenas nada, ni había ninguna señal de la existencia del nuevo amigo de Billy.

—¿Hola? —Preguntó a la oscuridad de la leñera.

—Hola, pensaba que no volverías, —respondió con cierta ansiedad.

Los ojos aparecieron en el fondo de la oquedad, mirándoles como lo hacían en la primera ocasión. Los niños bajaron por la estantería y se acercaron a Timmy para hablar con él. Charlie se veía más acobardado por la situación, y no paraba de mirar a la puerta que daba paso a la vivienda.

—No te preocupes —le tranquilizó Timmy—, ha salido a la compra. No volverá en un rato.

—¿Por qué estás ahí? —Le pregunto Charlie.

—Mi padre no me deja salir, y no soy lo suficientemente fuerte como para enfrentarme a él.

—¿Por qué no escapas? —Billy miró a la pequeña ventana por la que habían entrado, pensando en ella como una ruta de escape perfecta.

—La luz, no me puede dar la luz. —Le recordó la pequeña figura desde la oscuridad—. Hoy me has traído un amigo nuevo.

—Sí, este es Charlie.

—Me encanta que me traigas amigos, quiero más,…más amigos. ¡Podríais venir a jugar aquí conmigo! —Dijo con la voz excitada.

—Claro Billy, tenemos que llamar al resto. El pobre está aquí encerrado y no tiene con quién jugar.

Billy miró a la puerta y se imaginó al señor White, entrando y encontrándose a un tumulto de niños en su sótano.

—¿Qué pasará si nos encuentra tu padre?

—No te preocupes, —la frase quedó en el aire durante unos minutos haciéndoles creer que había terminado allí—, si venís todos yo me encargaré de él.

Los niños se quedaron indecisos ante la respuesta, pero enseguida la jovialidad de Charlie salió a flote de nuevo.

—Y podrías venir con nosotros en Halloween, es pasado mañana, y es la única noche del año que nos dejan salir hasta tarde.

—De acuerdo chicos. Mientras tanto, ¿me presentareis a los demás?

—Claro —respondió Charlie, que se mostraba encantado con la idea.

Desde la entrada llegó el sonido del coche del señor White, que acababa de volver de hacer la compra.

—Charlie tenemos que irnos —dijo Billy apremiante—. Hasta luego Timmy, volveremos mañana.

Se acercaron a la estantería y se ayudaron mutuamente para salir. Billy notó que Charlie no dejaba de mirar de nuevo a la leñera y sintió envidia. Él era quien lo había encontrado, tendría que ser mejor amigo suyo. Y Charlie le tendría que estar muy agradecido. Salieron a la calle a tiempo de ver como el anciano entraba por la puerta con las bolsas en la mano.

—¿Qué haces? Él es mi amigo, no tuyo. Yo te lo he presentado.

—Timmy ha dicho que le buscáramos amigos, no es sólo tuyo, —respondió ofendido Charlie—. Le presentaré a mis amigos y seguro que querrá venir conmigo en Halloween.

Charlie se dio la vuelta y se marchó corriendo, dejándole sólo allí. En ese momento Billy escuchó unos ruidos y, sin tardar demasiado, vio al señor White aparecer a través del ventanuco en el sótano en donde estaba Timmy. En la mano llevaba una bandeja ensangrentada de casquería y huesos, que debía haber pedido sin limpiar en la carnicería. Se agachó junto al hueco para la leña, y la dejó en el suelo a una distancia prudencial, como si temiera lo que pudiera salir de allí. De la leñera salió un brazo descarnado y putrefacto, que cogió la bandeja y la introdujo en las sombras a toda prisa. El anciano salió a toda prisa de la habitación, y Billy quedó aterrorizado mirando a la oscuridad, intentando escuchar algo. De pronto, aquellos ojos lo miraron directamente a los suyos, y Billy empezó a correr lo más rápido que pudo hacia su casa.

Aquella noche no paró de tener pesadillas en la que los ojos de Timmy le miraban, y esas garras descompuestas le atenazaban arrastrándole a las sombras. Varias veces en la noche su madre se acercó a tranquilizarle a su cuarto.

—¿Qué te ocurre esta noche hijo?

—Es por el hijo del señor White.

—¿Qué hijo? —Preguntó la madre—. Si el viejo White nunca ha tenido hijos, su mujer murió en el parto hace al menos cuarenta años.

Billy se sorprendió ante la repuesta, pero esto no lo dejó más tranquilo. Debía avisar a Charlie antes de que llevara a los chicos allí.

 

 

El domingo amaneció con oscuras pretensiones, cuando tan sólo quedaban horas para que llegara la fiesta de la noche de las brujas. Billy se levantó con una sensación agorera, queriendo salir al encuentro de Charlie cuanto antes, pero no le dejaron abandonar la mesa sin acabar con el desayuno.

—¿Por qué no te llevas a tu hermana Billy? —Le preguntó su madre, pero él no se podía hacer cargo de su hermana aquel día.

Miró a Maggy, su hermana menor, y sintió lástima de no poder llevársela de paseo, pero ese día tenía algo importante que hacer antes. Cuando por fin pudo escapar de las atenciones maternas, corrió a la casa de su amigo para contarle lo que había visto el día anterior, y lo que le había contado su madre por la noche, pero cuando llegó allí ya se había ido.

—Ha salido pronto a buscar a los chicos, —dijo la señora Thomas refiriéndose a los amigos de la pandilla—, tal vez estén en el parque.

El parque era el lugar donde iban a jugar al baseball, era allí donde por error terminó entrando en la casa del señor White y era allí, donde sabía que Charlie les llevaría para presentarles a los chicos a su “nuevo amigo”. Aceleró el paso intentando llegar cuanto antes al lugar donde se encontraba el ventanuco que daba paso al sótano de Timmy. Sintió la garganta arder mientras corría sin pausa, y notó la voz ronca mientras jadeaba durante los últimos metros de carrera.

En el parque no había nadie.

Apoyó las manos en las rodillas mientras recuperaba el resuello, y miró en todas direcciones, esperando ver aparecer a alguno de sus amigos, pero no les vio por ningún lado. Se acercó a la fuente y la accionó con la mano, a la vez que se aferraba al grifo y bebía el agua enganchado de la pila y con las piernecitas colgando, cuando oyó algo. Un ruido muy débil que le costó percibir y que le obligó a dejar de beber, concentrándose para volver a escucharlo. Volvió a sonar. Se giró sobre sí mismo en la dirección de la que provenía y se encontró mirando a la casa del señor White. Sintió el sudor frío cayendo por su sien.

Billy comenzó a andar tímidamente hacia el ventanuco, retorciéndose las manos en un gesto nervioso y sin parar de mirar alrededor. Como siempre no había ningún mayor cuando se le necesitaba. Entró rodeando el cercado de la casa y se aproximó a la ventana. En el suelo y junto a la leñera se encontraba Charlie, paralizado y temblando como un animalito y sin apartar los ojos de la oscuridad del hueco en la pared. Billy vio que estaba llorando. De las sombras llegó un chasquido, seguido de la voz de Timmy, que llamó a Billy y lo invitó a entrar con tono meloso. Charlie se giró y lo vio apostado en el ventanuco. Su cara pedía ayuda en silencio, entre silenciosos sollozos.

—¡No voy a entrar! —Gritó desde la seguridad del exterior.

—Si no entras, quien lo pagará será Charlie, —dijo tajantemente.

Billy volvió a mirarle y vio que Charlie no abría la boca, pero temblaba cada vez más visiblemente. Al fin, empujó la ventana con la pierna y se inclinó para pasar al interior. Cuando bajó por las baldas de la estantería y se encontró junto a su asustado amigo, percibió la sangre que manchaba las baldosas de la leñera. Desde las sombras los ojos de Timmy le miraban con ese aire jocoso que le caracterizaba, cuando dejó caer a sus pies lo que quedaba de una mano. Billy soltó un chillido que retumbó en el sótano.

—Tus amigos están muy ricos, Billy, gracias por presentármelos.

En ese momento la puerta se abrió de un portazo y el anciano White entró gritando:

—¿Qué demonios está pasand…? —Se quedó callado mirando a los niños, sorprendido de su presencia. Enseguida la expresión del señor White cambió a un profundo terror, al entender por qué estaban allí—. ¿Qué hacéis aquí? ¿Qué les has hecho?

Cogió por el brazo a Billy y al apartarle de la leñera, vio la mano ensangrentada que descansaba en el suelo, junto al pequeño saco abultado.

—¿¡Qué les has hecho maldito!? —Se colocó delante de los niños y encaró aquellos ojos que no se amedrentaron ante el anciano.

—Me has tenido débil y sediento todos estos años padre, sin el valor para darme un fin. Ahora estos niños me han dado fuerzas.

—Tú no eres mi hijo, mi hijo está muerto. —Dijo el señor White temblando ante la frase y dio un paso atrás.

—Ya no padre. Ahora no te necesito para sobrevivir, ya no me haces falta para traerme el alimento. ¡AHORA PAGARÁS POR TODOS ESTOS AÑOS DE ENCIERRO!

El señor White buscó algo que pudiera utilizar como arma., pero no había nada a su alrededor. De las sombras una figura delgadísima y cetrina, salió para abalanzarse sobre él. Los niños soltaron un grito al unísono, al descubrir al monstruo con el que habían estado hablando. En su cabeza, tan sólo unos pocos pelos salían de aquella cabeza abombada, en el torso los huesos de las costillas estaban marcados, dejando poco a la imaginación, y de sus manos manchadas de la sangre de los niños muertos, surgían unas garras rotas por el uso y la falta de cuidados. Todo el cuerpo tenía un color entre gris y verde oscuro, putrefacto, y manchado en los restos de sus víctimas.

Sin darle tiempo a reaccionar, cayó sobre su padre y le mordió con aquella dentadura destrozada y amarillenta. El hombre se derrumbó bajo el peso de Timmy y gritó con desgana, sin lograr separar al ser que le robaba la vida. Tras unos segundos dejó de presentar batalla y poco después ya no se movió.

Durante unos minutos los niños no se atrevieron a moverse. El monstruo siguió alimentándose ávidamente del que fuera su progenitor, hasta que se percató de su presencia de nuevo.

—Bueno, ya se acabaron los juegos. ¿Tenéis miedo?

Billy no tuvo valor para responder, Charlie se había meado encima y seguía sollozando quedamente, mientras se tapaba la boca con las manos.

—Hoy es Halloween, y sigo teniendo hambre. Esta noche habrá más niños en la calle.

La luz empezó a hacerse en la imaginación de Billy, al darse cuenta de lo que quería que hicieran por él. Aquella era una comunidad pequeña, pero había muchos niños, para ser realistas, las calles estarían atestadas. No podían permitir que se los comiera, además seguramente ellos serían los siguientes.

—No te vamos a ayudar. —Dijo sin convicción.

—Si no me ayudáis, la primera en morir será tu hermana Maggy.

Su pequeña hermana Maggy.

Maggy era una niña encantadora, lo decían todos. Cuando salía con ella al parque no había nadie que no lo dijera, pero eso era lo de menos. Billy quería a su hermana, era su hermana pequeña y tenía que protegerla.

—¿Cómo lo sabes?

Timmy miró a Charlie con una sonrisa odiosa en el semblante.

—Lo siento Billy, —respondió Charly sin parar de llorar en silencio.

—Os diré lo que vamos a hacer —dijo Timmy, al que ya no pegaba nada aquel diminutivo—, esta noche iremos a disfrutar de la noche de Halloween, y me llevaréis  donde van los niños.

—¿Y si no? —intentó una última vez Billy ya derrotado.

—Si no, iremos a ver a Maggy y…

El silencio que se formó pareció caer sobe ellos como una manta helada y oscura, con un peso que les agobió rápidamente. Los niños no sabían que hacer a continuación, y el engendro parecía estar disfrutando de aquella indecisión.

—Volved por la noche, os estaré esperando, —dijo al fin dejándoles marchar.

Los dos niños salieron del sótano sin dejar de mirar atrás, pero Timmy no dejó de desmembrar a su difunto padre sin prestarles la más mínima atención. Escalaron por las baldas de la estantería hasta alcanzar la ventana, y salieron a la luz del exterior dejando por fin de aguantar la respiración. En el momento en que se encontraron a la luz del día Charlie comenzó a correr en dirección a su casa, obligando a Billy a esmerarse para darle alcance. No llegó a su altura hasta que los dos entraban en la calle donde estaba su domicilio.

—¿Charlie qué haces? —Le preguntó Billy sofocado por el esfuerzo.

—No pienso ir. Esta noche no saldré de casa.

—Tenemos que ir, si no matará a mi hermana.

Charlie se quedó callado mirándole acongojado, hasta que reunió la valentía necesaria para responderle.

—¿Y a mí qué?

—Es culpa tuya que lo sepa.

Los dos se quedaron callados, hasta que Charlie echó a correr de nuevo.

—¡Iré a buscarte luego, más te vale estar preparado!

Billy se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia su casa, tenía que preparar su disfraz de Halloween.

 

 

La noche era oscura y la temperatura agradable, pero Billy no sentía nada de eso. A su alrededor escuchaba los gritos y chillidos divertidos de los niños, mientras sentía el frío del terror al acercarse a la casa del difunto señor White. Había ido antes a la casa de Charlie, pero no estaba allí. La señora Thomas le dijo que no sabía donde estaba, no le encontró en su habitación cuando lo llamó a cenar, y no había salido de allí desde que llegó por la mañana. Billy se temió lo peor al pensar que Charlie hubiera huido antes de que él llegara a buscarle. Despidiéndose de la madre, se encaminó a su destino sin saber como decirle a Timmy que no era culpa suya, que había intentado que fuera, pero… Miró por el ventanuco del sótano donde había conocido al monstruo, pero estaba totalmente a oscuras y no se atrevió a entrar por allí. Se acercó a la entrada y llamó al timbre, viendo los huevos estallados contra la puerta. En la noche de Halloween, la costumbre invitaba a los niños a tirar huevos a las casa de aquellos que no tenían chucherías. Por lo visto, nadie se había atrevido a pedirle golosinas al señor White, pero esto no había salvado a la casa de recibir el consabido castigo. Iba a llamar de nuevo cuando la puerta se abrió de golpe, dejándole ver a Timmy en su disfraz de Halloween.

—Apropiado ¿verdad? —le preguntó irónicamente desde el quicio.

Billy le miró de arriba abajo sin terminar de creerse lo que veía; Timmy llevaba un smokin negro, bajo una capa negro azabache, que daba una imagen inequívoca del personaje que pensaba desempeñar aquella noche. Le miró a la boca esperando ver un par de colmillos saliendo por encima de sus labios inferiores, pero sólo vio los horribles dientes aserrados y descompuestos, enormes y llenos de brechas y fallas por el paso de los años y la falta de cuidados.

—¿Drácula?

—Esta noche saldré a alimentarme, me pareció ciertamente romántico. —Timmy ya no parecía un niño, ni en su aspecto ni en su forma de hablar. Y su cuerpo había cogido volumen, ya no se le veía tan delgado como aquella mañana. El disfraz de Billy era de momia por lo que parecía que se habían vestido adrede, pero Timmy no dijo nada—. ¿Vienes solo?

—Charlie no estaba en casa, no sé dónde ha ido. No es culpa mía. —Intentó exculparse.

—Tranquilo, Billy, ya me he encargado de él. Nos iba a delatar, y eso no nos lo podíamos permitir.

Un escalofrío recorrió la espalda del niño al escuchar el comentario del monstruo, que se mostraba divertido con las muestras de pavor de Billy. Cruzó la puerta de la casa y le dio un ligero empujón, no con la intención de tirarlo al suelo, sino más bien para ponerlo en movimiento. Salieron del porche y se encaminaron hacia la zona céntrica del pueblo, donde habría mucha más gente y el riesgo de ser descubiertos sería menor. Llegaron a la plaza donde se vieron inmersos en la marabunta de gente, niños sobre todo, que correteaban y deambulaban de un lado para otro, llamando a todas las puertas que quedaban a su alcance. Ante ellos y separados del resto de la turba, una pareja de niñas se habían parado a recoger unas chucherías del suelo, y no se percataron de la cercanía del depredador. Timmy se acercó a ellas hasta estar a escasos centímetros, y les hizo un gesto con la mano invitándolas a la oscuridad de un callejón cercano. Las niñas le siguieron como si estuvieran hipnotizadas, sin pestañear ni decir nada. En el momento en que Billy vio lo que iba a ocurrir, se llevó la mano a la boca sin lograr atrapar el gemido de terror, al oírlo, las niñas salieron de su ensoñación encontrándose en el callejón y ante la descomunal figura de Timmy, que desencajó la mandíbula hasta abrirla en unas magnitudes inhumanas.

No tuvieron posibilidad ninguna de escapar.

La que parecía más mayor cayó bajo sus fauces chillando y retorciéndose, mientras la otra intentaba soltarse de la mano con la que le sujetaba el engendro. Todo duró escasos segundos.

Cuando Timmy había terminado con la carnicería, cogió al aterrorizado Billy por la muñeca y lo acercó de un tirón a su cara.

—¡No volverás a abrir la boca hasta que yo te lo diga! —Le dijo queda y amenazadoramente.

Billy no se atrevió ni a responder y asintió con un gesto. Timmy le miró satisfecho con una sonrisa maliciosa y le soltó de golpe, haciéndole caer al suelo y dejándole un moretón con la forma de sus garras.

—Vamos. —Dijo saliendo del callejón sin dignarse a mirar de nuevo al niño. Este se levantó y le siguió, hasta las luces de las farolas de la plaza donde se fijó de nuevo en el maldito monstruo. El color de su piel estaba cambiando. Excepto por las manchas de sangre que habían quedado en su mentón y por todo el cuello y los hombros, por no hablar de los puños de la camisa y las manos, el aspecto de Timmy mejoraba por momentos. El tono cetrino que tenía hacía unas horas había desaparecido, empezando a mostrar un tono cada vez más rosáceo y menos inhumano. Perdía gancho en su disfraz, al mismo tiempo que añadía naturalidad a su apariencia. En breve parecería un ser humano normal, uno como cualquier otro.

—Sigamos disfrutando de esta excepcional noche de Halloween.

Timmy echó a andar seguido de Billy, en dirección a las calles por las que se había ido la gente en busca del botín típico de aquellas fiestas. Ya se veían a los más rezagados cargando abultados sacos de dulces, cuando el asustado niño se negó a seguir con aquello. Tenía que encontrar la manera de librarse de él, pero no sabía como hacerlo. Sabía perfectamente que no tendría reparos en matarlo, aunque no entendía por qué no lo había hecho aún. Miró al frente, a la espalda de Timmy, pensando que podía hacer mientras intentaba mantener el fuerte paso al que le obligaba a caminar. Buscó a su alrededor, pero no vio nada que pudiera utilizar como arma, así qué se afanó en seguirlo de cerca. Ya encontraría la oportunidad.

Tras varios minutos yendo casi a la carrera, Billy vio a dos hermanos que se encaminaban hacia ellos. Les conocía, eran del barrio, los hijos de la señora Smith que vivía en la misma calle haciendo esquina junto al quiosco. No podía dejar que les hiciera lo mismo que a las niñas. Miró a Timmy y le vio fijándose en ellos y relamiéndose.

—¡Harry, David, corred, es un asesino! —Gritó antes de que le diera tiempo a atacarles.

Los dos chicos se pararon en medio de la calle mirándoles, hasta que se fijaron en Timmy. Algo en él les atemorizó incluso en la distancia.

—No temáis niños, no es más que una broma de Halloween. —Dijo el monstruo intentando apaciguarles, pero no pareció funcionar. Harry, el mayor, ocultó tras su cuerpo a su hermano y comenzó a retirarse lentamente. Timmy vio como se alejaban y se enfureció ante la posibilidad de perder la presa.

—No vuelvas a abrir la boca, o te arrancaré la lengua. —Le dijo cogiéndole de la pechera. Los hermanos lo vieron y echaron a correr.

Timmy soltó a Billy e intentó alcanzar a los chicos que huían de él. El niño se incorporó y corrió tras él dispuesto a ayudarles, buscando en las inmediaciones cualquier cosa que pudiera utilizar, pero no parecía haber nada que pudiera usar. Llegaban al final de la calle, cuando el engendro les dio alcance y agarró al menor de los hermanos. Harry se dio cuenta del apuro de su hermano y se paró inmediatamente, plantando cara a la imagen del vampiro que se encontraba frente a él. Timmy le dedicó una sonrisa socarrona, sin soltar a David, que lloraba aterrorizado en el suelo.

—¿Con quién quieres que empiece, con él o contigo?

Harry apretó los dientes con frustración, sin atreverse a dar un paso.

—Lo imaginaba. —Dijo con sarcasmo.

Se llevó al niño a la boca, mientras sus quijadas se abrían desmesuradamente. Los dos hermanos comenzaron a gritar de terror, cuando Billy embistió a la carrera por la espalda a Timmy, haciéndole soltar a su víctima. El monstruo quedó sorprendido al no esperar aquello de ninguna manera, y los tres aprovecharon para huir de él lo más lejos posible.

—¿¡Qué estás haciendo Billy!? ¿¡Acaso no te acuerdas de tu hermana!? —Le gritó desde el suelo, airado.

Sí lo había pensado. Su hermana se encontraba en casa con sus padres, era demasiado pequeña para salir en aquella noche de Halloween, algo que había agradecido Billy, pero tenía que evitar que Timmy se alimentara lo suficiente para hacerse demasiado fuerte.

—¡IRÉ A TU CASA Y LOS MATARÉ A TODOS! —Le gritó haciéndole dudar un momento más.

Un momento solo. Enseguida Billy salió de la solitaria calle y se perdió entre la gente.

 

 

La puerta estalló en pedazos cuando la tiró abajo.

Maggy estaba ya en la cama desde hacía varias horas, cuando escuchó el estrépito y fue a buscar a sus padres; tenía miedo. No sabía lo que había oído, un golpe muy fuerte que la había despertado y le había quitado el sueño. Cogió su osito de peluche y bajó de la cama, saliendo del cuarto donde dormía cuando escuchó a su padre hablando en el salón.

—…llévese lo que quiera pero no nos haga daño.

Maggy sintió algo extraño en la voz de su padre y empezó a llorar. Su padre nunca hablaba así. Comenzó a bajar las escaleras cuando al llegar a la mitad, vio a un hombre muy alto delante de sus padres. Iba vestido con una capa muy negra, y tenía sangre en la cara y las manos. Tenía sujeta por el pelo a su madre, y se veía que le estaba haciendo daño.

—Mama. —Gimió la niña desde la escalera.

—Maggy —le dijo el hombre con sorpresa y fingido cariño—, ¿cómo estás? He venido a veros esta noche, soy amigo de tu hermano mayor. —Dijo esto último con sorna.

Maggy no se atrevió a responder y se ocultó la cara con el peluche. Timmy cambió su cara por un rictus de odio, y apretó más el cabello de la madre.

—Pagaréis por él.

 

 

Billy entró por la puerta destrozada, cuando la luz del día comenzaba a asomar por encima de los tejados. Estaba cansado pero no podía dejar que le cogiera desprevenido, sabía que estaba allí. Caminó despacio cruzando la entradita y pasando al salón, para encontrarse con una estampa terrorífica. Los muebles estaban destrozados, el televisor, los cuadros, los sofás, la mesa, todo estaba manchado de sangre, todo reventado. Tras el forcejeo, el salón había quedado como si lo hubieran saqueado, salvo que los cuerpos descansaban en el suelo. Billy se arrodilló junto a ellos llorando, cogiendo entre sus manos las de su madre, y percatándose de que no estaba Maggy. Miró alrededor y por fin les vio a los dos. Timmy y Maggy estaban en las escaleras, silenciosos, mirándole él con sorna, ella con los ojos desorbitados.

—Hola Timmy, ¿dónde estabas? Te hemos estado esperando, Maggy y yo. Tus padres también habrían esperado, pero estaban aburridos hasta la muerte. —Rió jocoso.

Billy vio como le acariciaba la cara a su hermana, embadurnándosela de sangre, cuando el monstruo se levantó y se encaminó hacia él.

—Te dije que lo haría, tú tienes la culpa, y verás como mato a tu hermana ante ti. ¿Tienes algo que decir antes de morir?

—Quiero ver el amanecer. —Le dijo Billy.

Salió de la casa seguido de Timmy, que vio un fardo sobre el porche de la casa, un saco sucio con un bulto en su interior. De pronto la cara de Timmy se mudo de terror.

—¿QUÉ ES ESO?

Billy cogió el saco y vació su contenido sobre el césped, ceniza y lo que quedaba del cadáver de un niño cayo al suelo. Los restos de un nonato.

—MALDITO ¿QUÉ AS HECHO? —De pronto la piel de Timmy se empezó a ennegrecer y desprenderse del cuerpo—. ¡AAARRRRGGHHHH!

Billy miró como desaparecía el monstruo que lo había aterrorizado los últimos días, y se rascó la quemadura del dorso de la mano, donde se había manchado de cenizas del ser en su primera visita.

Ahora tenía que ir con su hermana, con su familia, la única que le quedaba.