“La prisión de agua” Tres metros cuadrados de terror.

Publicado: 26 enero, 2012 en Relatos cortos

La prisión de agua

  No pienso dejar que las toquen. Ni un pelo. No se acercarán de ninguna manera. Mario abrazaba a sus dos hijas ansiosamente, sin apartar ni un segundo la mirada de los dos hombres con los que compartían el angosto cuarto. Ellas por fin se habían dormido, pero de tensión. Al fin no habían podido aguantar más y habían caído en un letargo intranquilo y nervioso y Mario lo entendía. Lo que se habían visto obligados a vivir no lo debería vivir nadie.

Le había parecido una idea genial que sus hijas pudieran ver, in situ, el trabajo de las personas que hacían realidad la vida diaria. Por lo que aprovecharon las vacaciones para que, por mediación de un conocido, les enseñaran una de las instalaciones que regulan la energía eléctrica de las pequeñas localidades de la isla. Los operarios les mostrarían cómo se creaba la energía, de qué manera se almacenaba y más tarde, cómo se distribuiría hasta las casas en donde se consumiría. Pero no se le ocurrió de ninguna manera que pudiera suceder lo que les había pasado. Mario miró a los dos hombres que miraban a sus hijas como hienas, temiendo que también él cayera de sueño tarde o temprano. Y entonces qué.

Salieron del hotel y se presentaron en las instalaciones temprano por la mañana, mirando con pesar a las nubes que anunciaban lluvia. Allí había dos hombres maduros y un capataz, que andaba comprobando y midiendo la tensión de los recorridos eléctricos. En realidad no había mucho que ver. El lugar constaba de una garita, un tendido de alta tensión y unos condensadores. No se trataba de una gran central hidroeléctrica, esa se encontraba en el otro lado del embalse, esta daba suministro a una pequeña localidad que se alejaba siguiendo la carretera de servicio y que, tras hacía ya algún tiempo, recibía electricidad directamente de la instalación principal. De modo que era un lugar a punto de ser licenciado. Ese sería el motivo por el que nadie les había venido a rescatar, nadie sabía que estaban allí, encerrados, sin ningún alimento.

A los pocos minutos de su llegada unas pocas gotas empezaron a caer del cielo, aspecto que preocupó a Mario por miedo a la electricidad, pero que no pareció preocupar demasiado a los operarios, que siguieron explicándoles cuál era su trabajo o para qué servía aquello… Hasta que la lluvia se tornó torrencial. De pronto un ruido ensordecedor les llegó tapando todo lo demás y todos miraron en dirección al mar.

—Eso no es la lluvia —dijo uno de los técnicos.

Por encima de las lomas que cubrían el valle se veía una nube, una sombra húmeda que avanzaba rápidamente hacia ellos, oscureciendo el día como si fuera una cortina que tapara el sol. Una ola enorme que barrería todo el valle a su paso. Mario cogió a sus hijas de la mano y corrió a la casucha en donde estaban los mandos, seguido de su mujer y del capataz. Cuando llegaban a la puerta, sentían la espalda calada de las gotas que precedían al Tsunami, que sobrepasaba la cima de los montes, y hacían rebosar el embalse llevando consigo una riada arrasadora hacia ellos. Lucía no lo logró. Su mujer y ese capataz que malamente les había dirigido la palabra no alcanzaron la puerta a tiempo. La mujer con la que había vivido los últimos diecisiete años, que le había dado dos hijas, que conseguía que llevara las corbatas planchadas a la oficina, la riada se la llevó ante sus ojos unos segundos antes de cerrar la puerta y quedarse a oscuras con sus hijas y esos dos hombres.

Dos días después y cuando las luces de las linternas ya no tenían casi baterías, el hambre empezó a acuciar a los cinco ocupantes del estrecho almacén. Bajo la oficina que contenía los mandos de la central, los expedientes o la salida al exterior y por la que seguía entrando el agua oscura y embarrada, había un almacén de hormigón cerrado por una trampilla en donde solían guardar todo el material para las reparaciones, o las baterías en las que se almacenaban los vatios, pero no comida. Ni una triste bolsa de patatas. Nada que llevarse a la boca durante dos días, cuarenta y ocho horas, dos mil ochocientos ochenta minutos, ciento setenta y dos mil ochocientos segundos, y cada uno de ellos fue una tortura, un momento eterno y doloroso que parecía no tener fin. Al comienzo de todo se preocuparon tan solo de escuchar el ruido de la riada, golpeando la oficina que había sobre ellos una vez tras otra. Probablemente el agua se estancaría y sería cuestión de tiempo que la tierra la fuera absorbiendo, ilusión que los técnicos rápidamente desestimaron al explicarle que la zona poco porosa, no ayudaría a eliminar el agua que anegaba el valle. De todas formas también lo que pudieran aguantar en tales condiciones, sería cuestión de tiempo. Por la ranura de la trampilla se iban colando gotas de agua que caían constantemente hasta el suelo, martilleando la razón de los presentes que no tenían nada que contar, ni ánimos para hablar tampoco. Los móviles no tenían señal y no había manera de ponerse en contacto con el exterior y, en una ocasión que intentaron asomarse levantando la trampilla, el peso del agua les impidió moverla siquiera unos milímetros. Estaban encerrados y no tenían más opciones que esperar.

Tras el tercer día con nada que llevarse a la boca comenzó la tensión. Las hijas de Mario no paraban de llorar y decirle que tenían hambre, algo que él no necesitaba que le recordaran. Su estomago no paraba de rugir, pero lo peor eran los cuchicheos de los dos hombres que se encontraban frente a él. Les miraban y hablaban en susurros, no dudaba Mario de qué, mientras el silencio se mezclaba con los lloros de sus hijas. Tenía que hacer algo cuanto antes. Se levantó y buscó una vez más con la luz que despedía el móvil, las linternas y demás luces ya se habían agotado, ya que el resplandor del pequeño piloto de emergencia apenas iluminaba lo suficiente para distinguir las formas. Miró por los estantes intentando encontrar alguna cosa que les sirviera para algo, lo que fuera. Tornillos, tuercas, motores desvencijados, nada parecía tener ninguna utilidad en la situación en que se encontraban pero, aun así, no desistió en su empeño.

—¿Qué buscas papa? —Le preguntó su hija mayor en medio de un acceso de tos.

Uno de los operarios se acercó y le preguntó si se encontraba bien pero antes de llegar si quiera a tocarla, Mario saltó sobre él abandonando su tarea.

—¡No se te ocurra tocarla!

—Sólo me preocupaba por la niña —respondió el técnico, dolido por la reacción e intentando soltarse de la mano con la que le aferraba el padre.

Mario forcejeó con él tratando de separarle de sus hijas y, en medio de la trifulca, se golpearon contra una de las estanterías. De encima de esta calló un pequeño transistor que fue a aterrizar contra el suelo, donde rebotó con un sonoro crujido. No parecía muy dañado pero si se habían abierto las abrazaderas de plástico que lo mantenían cerrado. En seguida los dos hombres pararon de empujarse y se lanzaron sobre la radio para intentar ponerla en funcionamiento. No se encendía.

—¡La has roto! —Gritó Mario lleno de rabia.

—¡Ni si quiera tiene pilas! —Respondió igualmente el hombre que se la arrebató de las manos y la inspeccionó más detenidamente—. Quizá podamos conseguir alguna de las herramientas que hay por aquí. Lo que no sé es si funcionará. —Dijo dirigiéndose esta vez a su compañero.

No dejaron un rincón sin tocar hasta que al fin, en uno de los cajones de un escritorio, encontraron un paquete de pilas sin abrir. No parecían estar estropeadas pero… Sacaron las pilas y las fueron introduciendo en el hueco a tal fin, con un cuidado que rayaba en lo exagerado. Con un ligero golpe con la palma de la mano, la carcasa de la radio se cerró, desapareciendo con ello los restos de la fortuita caída. Toquetearon el transistor por todos lados, todos los botones, la ruleta de búsqueda de emisora, pero no sonaba nada. Ni estática.

—No funciona.

Mario suspiró como si en vez de una radio, hubieran perdido la oportunidad de encontrar una salida. Lógicamente no iban a salir antes por escuchar lo que decían en las ondas, pero sí podrían enterarse de cómo iban las labores de salvamento. Esa ola debía haber sido realmente destructiva. Volvió a su puesto en el suelo junto a sus hijas, odiando la humedad y el frío de aquel almacén subterráneo. Si no era el hambre las enfermedades los matarían, o puede que fuera las dos cosas juntas, quién podía saberlo. Las toses de su hija eran cada vez menos húmedas y más ásperas, sonando como una especie de bocina, ese tipo de tos que sólo tienen los niños pequeños y que llega tras horas tosiendo. Eso y la falta de líquidos que les acuciaba, que les tenía las gargantas en carne viva. Mario sentía cada palabra como una bola de alambre saliendo por su garganta, no quería pensar que sentiría su hija con aquel catarro. La otra niña apenas tiritaba en el esquinazo del cuarto.

—Quizá podríamos recuperar algo del agua que gotea por la trampilla, —dijo el otro operario que se había mantenido fuera de la reyerta.

Mario miró a las gotas que caían por la ranura del techo y, aún con la poca luz que había, vio el color salobre que tenían. Al arrastrar toda la arena y el barro del valle, la potabilidad no sería la adecuada, pero, no tenían nada más.

—¿Cómo la cogemos?

—Lo mejor será filtrarla con la ropa, alguna camiseta lo más limpia posible que separe la arena del agua. —Dijo el hombre con el que se había enfrentado hacía escasos minutos, entre cabreado y apaciguador.

Sin esperar a que dijeran nada más, el padre se saco de debajo de la sudadera fina el polo que llevaba y asegurándose de que estuviera más o menos limpio, lo colocó debajo del exiguo reguero.

—Vamos Claudia, acércate aquí.

La hija mayor avanzó a donde le indicaba su padre, que la colocó bajo la prenda haciendo un nudo por el que caerían las gotas de agua tras pasar por el tejido. El ritmo era tormentoso, pero al fin logró que su hija dejara de toser un rato. A continuación llamó a la menor pero esta no pareció percatarse. Estaba dormida o había perdido el sentido. Mario se acercó preocupado a ella y la acercó a pulso para llevarle agua a los labios agrietados. La apoyó en su regazo, sentándose sobe el charco sin que le preocupara mojarse y le abrió los labios para hacerle llegar un poco de agua. La niña se estremeció, pero no se movió mucho más.

—Venga Sofía, abre los ojos un poco. —Se notaba la preocupación en su tono de voz.

Tenía un color pálido y cetrino que no auguraba nada bueno. Los brazos caían lánguidos a los lados del cuerpo y bajo los ojos, una sombra oscura pronunciaba las ojeras que hundían las orbitas en el rostro. Mario la llevó de regreso al fondo del almacén, lejos de la humedad que había en torno al charco bajo la trampilla. La tendió de nuevo en el suelo y la cubrió con la sudadera echándosela por encima. Él se volvió a poner el polo que había utilizado para recoger el agua, aun estando mojado como estaba. Si ya sentía antes frío, ahora no paraba de temblar mientras frotaba con las manos el polo, intentando secar la prenda cuanto antes.

—Puede que logremos arreglar la radio.

Abrió los ojos un segundo para ver como uno de los hombres cogía el aparato, y lo empezaba a manosear intentando hacer que funcionara. Los ojos se le caían en medio de una extraña sensación de ingravidez, a la que se abandonó mientras el ruido de la estática parecía despertar en el transistor. A su lado sus hijas respiraban increíblemente fuerte y notaba cada uno de sus latidos en las sienes, inhalaban en entrecortados suspiros y roncos gemidos mientras Mario se iba abandonando cada vez más.

—Parece que ya suena algo.

Intentó abrir los ojos pero no pudo, sólo sentía unos ligeros tirones y una sensación de frío. No entendía lo que sonaba a su alrededor, un leve rumor que no terminaba de entender pero que le sumió en una sensación de apremio que no entendía. Algo se quedaba en el tintero, no podía permitirse el lujo de quedarse allí tendido mientras aquello que fuera, que no terminaba de recordar, pasaba desapercibido. Y esa sensación de dolor en el estómago que se volvía cada vez más acuciante. Esos hombres habían mirado a sus hijas como hienas, esperando a que bajara la guardia para aprovechar el más mínimo descuido. El hambre, la falta de sueño, todo se unía y no podía evitar pensar que pasaría si él, el único que evitaba que se lanzaran sobre ellas, se quedaba dormido. Hizo un esfuerzo inhumano para levantar los párpados que parecían pegados entre sí, sorprendiéndose al encontrarse con la dantesca escena que se interpretaba ante él. El suelo se veía manchado en un charco de roja sangre que lenta y pegajosamente, iba expandiéndose por toda la superficie. El ruido de los huesos al romperse y separarse de la carne, le ayudaron a salir de ese sopor en el que se encontraba. No podía entender lo que estaba sucediendo, pero no paraba de llevar su mirada a las caras ensangrentadas de los dos hombres, que se limpiaban con el antebrazo restregando las manchas que circundaban sus bocas abiertas sobre la carne. Junto a su pie vio la mano tendida de una de sus hijas, de Claudia parecía, que descansaba en el suelo separada del resto del cuerpo.

—¡Pero qué habéis hecho! —Acertó a gritar descompuesto mientras se arrodillaba y cogía el miembro cercenado, llevándoselo al pecho como si lo pudiera acunar.

No parecieron hacerle el más mínimo caso y siguieron alimentándose de aquella carne cruda y tierna.

—¡Dejadlas! ¡Dejadlas en paz!

Intentó quitárselas de las manos como si con ello pudiera devolverles la vida, pero no era capaz de mantener fuera de su alcance lo que quedaba de sus niñas.

—¡DEJADLAS ANIMALES!

Sus hijas, las hijas por las que habían organizado esas vacaciones que habían acabado con la vida de su mujer, y su falta de dedicación al no estar junto a ellas cuando le necesitaron. Miró al suelo y se dejó caer de rodillas, sin preocuparse por las manchas que se dibujaban en sus pantalones. Comenzó a sollozar perdiendo por completo los últimos resquicios que le quedaban de fuerza. Ya no podía hacer nada y por tanto, ya no le quedaban motivos para seguir luchando más. Seguía viendo por el rabillo del ojo cómo sujetaban lo que parecía una pierna y la devoraban como animales rabiosos. Ese comportamiento no era normal. Quién podría hacer aquello sin deponer por completo el contenido del estómago, aunque en este caso no hubiera más que bilis. Se derrengó por fin al suelo y se quedó allí, escuchando los gruñidos y sonidos guturales que emitían los comensales, mientras sentía cómo el abandono se abatía sobre él.

—¿Cómo he dejado que nos pasara esto? —Se preguntó—. ¿Cómo no he estado por ellas?

Casi al mismo tiempo que caía una lágrima rodando por su mejilla, sintió un tirón en el pie de allí de donde le sujetaban aquellos caníbales. No satisfechos con haber dejado los restos de sus niñas por todo el pavimento, ahora venían a por él. Ahora le tocaba el turno a él sentir sus dientes en la piel, sus manos, sus mordiscos…

—Al menos en breve estaré con ellas.

 

 

…las labores de salvamento y, están realizando todo lo posible por evitar males mayores en la zona. El resultado de la ola, estiman, ha sido de casi un millar de muertos y hasta el momento otros casi dos mil desaparecidos más. Esperamos las últimas cifras de los equipos de bomberos desplazados de todas las islas circundantes, para…

 

 

El ruido de estática aderezaba la voz que sonaba desde el transistor, como una garganta metálica dando las noticias. Mario abrió los ojos y miró al techo del angosto almacén sin recordar muy bien dónde estaba. Movió los dedos de las manos con miedo a que no estuvieran ahí, pero no hubo problema, no faltaba ninguno. Se incorporó lentamente, y vio a los dos hombres que se acercaron rápidamente a él para ayudarle a colocarse sentado contra la pared. Para su tranquilidad, no le faltaba nada ni había sangre en el suelo. Sus anfitriones no se habían vuelto brutales caníbales que disfrutaran arrancando la piel a mordiscos. Es más, parecían bastante aliviados de ver que se había despertado.

—Señor, hemos logrado que la radio funcionara y nos van a rescatar. Sólo tenemos que resistir un poco más. —Comentó con cierto titubeo—. ¿Se encuentra bien?

—¿Ya podemos salir?

—No, pero en la radio han hablado del valle y vendrán a ayudarnos —respondió uno de los técnicos alentadoramente.

De la trampilla caía cada poco una gota de agua, pero se veía mucho más limpia que la que se había visto obligado a darle a sus hijas…

Sus hijas.

—¿Qué habéis hecho con mis hijas?

Los dos hombres se miraron entre sí antes de devolverle la mirada a Mario.

—¿Por qué no me respondéis? ¿Dónde están?

Uno de ellos indicó con el índice al rincón en donde habían estado todo el tiempo y donde aún estaban. El padre respiró más tranquilo mientras se acercaba arrastrándose a sus hijas, era increíble lo abatido y cansado que se encontraba. No paraba de sentir un extraño vahído en su cabeza, no dolor, tan solo una sensación de atontamiento que no se iba. Quizá por la falta de alimento.

—Niñas ¿cómo estáis?

Estaban frías como el hielo.

—Niñas.

Las manos de Claudia cayeron al suelo sin vida cuando las levantó para intentar despertarla. Sofía tenía un tono pálido azulado, su pecho no se movía.

—¿Niñas?

Un sollozo salió de la garganta del padre cuando se hizo la luz en su cerebro. Sus hijas estaban muertas y él no podía hacer nada para remediarlo.

—No pudimos hacer nada por ellas, lo sentimos señor, les dimos agua en los labios y las arropamos pero… —Se escuchaba el tono del técnico apenado por la pérdida del hombre.

—En serio señor, lo intentamos pero no hubo nada que hacer —respondió el otro.

Los dos hombres se acercaron a él. Uno de ellos le puso una mano sobre el hombro apiadándose de su dolor.

—Por lo que han dicho, los equipos de rescate aún tardarán unos días en sacarnos de aquí. —Dijo el primero, quedándose callado junto a él.

—Si no comemos algo moriremos también —acabó el segundo.

Qué querían decir, por qué hablaban de comer si no había nada que comer.

—¿De qué habláis? —Dijo confundido sin acabar de entenderles—. No hay nada de comer, si no, mis hijas seguirían vivas…

No podía ser.

No podían pretender eso, no mientras él estuviera con vida. No a sus hijas.

—Ellas han muerto. Nosotros no.

 

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comentarios
  1. SaraR dice:

    Simplemente…genial

  2. Rubén dice:

    Aunque parece muy predecible la verdad es que la manera en la que cuentas los hechos es muy bueno ya que no decae la atención del lector. El tema del canibalismo siempre es bueno. Y lo seria mas si hubieses escrito como planteaban la idea y de como uno la apoyaria y otro la deshecharia. Pero bueno, creo que queda mejor asi, con ese final abierto que tanto me gusta.
    Muy buen trabajo

    • La verdad es que con este relato intenté algo distinto. Sin decir demasiado por si alguien lee los comentarios sin leer el relato, el objetivo era hacer dudar el lector de lo que es real y lo que no. Finalmente yo creo que el último párrafo da varias lecturas posibles, pero bueno, me alegro de que disfrutaras la lectura.

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