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Aquí tenéis una ilustración espectacular de la mano de Sonia M. Corral, hecha expresamente para la novela. Disfrutadla.

 

Así empieza el horror

Publicado: 19 junio, 2011 en El umbral del dolor
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Durante las proximas semanas iré subiendo por capítulos el libro ¨El umbral del dolor¨, con la esperanza de acercaros la historia y que escribais vuestra opinión, recomendaciones y críticas. Tambien distintos temas sobre el mundo del miedo y el horror en sus distintas vertienetes. Que disfruteis de gratas pesadillas.

PRELUDIO

El sol brillaba en lo alto reflejándose en la nieve con un resplandor que dañaba los ojos de los incautos que no se protegían con abultadas gafas. En aquellas latitudes el frío era infernal y atería hasta los huesos aun tras las capas de abrigo que les protegían del helado viento. Tras siete días de búsqueda, la gruta apareció ante sus ojos tras una vedada capa de hielo que no dejaba vislumbrar tras de sí nada que no fuera una completa oscuridad. El grupo, ansioso por descubrir las posibles maravillas que encontrarían en su interior, no reparó en tomar precauciones, no paró a preparar un campamento en el que calentarse, ni tan siquiera descansó un momento, tal era el deseo que les acuciaba. Sin darse un respiro, tomaron las herramientas y comenzaron a horadar una oquedad en el hielo que les permitiera pasar. El agujero no dejó de ser del tamaño justo para que pasaran de uno en uno.

A sus ojos se presentó una voluminosa construcción que, al fondo de la caverna, se vislumbraba gracias a la luz diurna que se filtraba por una serie de chimeneas naturales. Formadas con el paso de los años, éstas eran de hielo, y su propia estructura permitía que la iluminación exterior se proyectara en sus paredes, formando haces de luz que daban una sensación fantasmagórica al espectador. Los nueve hombres se sobrecogieron al ver la escena que asomaba ante ellos, un edificio de base rectangular que parecía salir de las entrañas de la tierra, ya que se discernía una clara inclinación que lo iba introduciendo en el suelo de la caverna según se alejaba la vista. Al final de la gruta parecía que la tierra le había ganado la batalla a la obra arquitectónica, ya que ésta terminaba de hundirse hasta desaparecer en las profundidades. No había manera de saber cuál era la longitud real de la edificación sin encontrarse en su interior.

Despacio, el grupo se acercó con las linternas en la mano por una suave inclinación de la caverna que asemejaba sorprendentemente a un camino preparado a tal fin. No encontraron rugosidades ni socavones que delatasen los ciclos de las heladas y los deshielos propios de esos terrenos. Daba la sensación de que la caverna había sido preparada para su visita por una antigua civilización. Parecía haberse mantenido intacta durante siglos, pero, al mismo tiempo, estaba demasiado conservada. Los expedicionarios no dejaron escapar el detalle de los acabados de la roca, casi podría decirse pulida.

Su cometido no era el estudio del hallazgo, pero, aun así, no pudieron evitar la necesidad de abrir el portón de piedra que se alzaba sobre ellos hasta los cuatro metros de altura. No encontraron dificultad alguna al abrir la puerta de piedra, ni les importó el bochornoso calor que encontraron en su interior; en contrapartida con el exterior, incluso era agradable. La sala que se abría ante ellos era más bien un corredor. De unos doce metros de ancho, esta estancia bajaba en una suave pendiente hasta perderse en una oscuridad opresiva.

Sin perder tiempo, los nueve hombres comenzaron la andadura hacia las profundidades en un completo mutismo. Algo en esa viciada atmósfera conseguía que se encontrasen nerviosos y expectantes, y el zumbido que se hacía cada vez más nítido en sus oídos les indujo en un estado de enajenación. Sin darse cuenta, todos empezaron a caminar más deprisa.

Por fin, al fondo del pasillo apareció algo más que negrura. Una luz titilante se perfilaba débilmente en lo que parecía una puerta, o, más bien, el marco de una puerta. Al acercarse lo suficiente pudieron ver que era el propio cerco vacío el que despedía ese halo de luz. Este evento parecía provenir del propio material del que estaba formado.

Sin percatarse de ello, el grupo se acercó hasta ese marco que parecía estar llamándoles, incitándoles a que cruzaran. El ruido que zumbaba en sus oídos empezó a tomar forma cuando los expedicionarios se empezaron a dar cuenta de que no recordaban cómo habían llegado allí, no sabían muy bien dónde se encontraban, ni qué era aquella luz. Todos se separaron del marco iridiscente casi al unísono, invadidos de pronto por una sensación de repulsión; sintieron un temor que no pudieron entender; algo en su interior les dijo que debían huir de allí. Le dieron la espalda al portal y emprendieron la huida; todos, excepto uno.

Éste intentó seguir a sus compañeros, pero las fuerzas le fallaron, su mujer, sus hijos, el perro que siempre lamía su mano al llegar a casa; todo aquello quedó relegado a un segundo plano; el pánico le atenazó de tal manera que sólo pudo observar a sus compañeros sin prestarles ayuda. Sólo pudo escuchar sus gritos una vez tras otra, mientras su garganta exhalaba ahogados gemidos.

Tras lo que para él fueron horas, Michael Sullivan reunió el valor necesario para encaminarse al portón. El horror hizo mella en él, de tal suerte que apenas fue capaz de hacer que sus piernas se movieran. Pasó entre lo que quedaba de sus compañeros, sin atreverse a mirar de nuevo hacia atrás. Entre sollozos desesperados y miradas furtivas sobre el hombro, desanduvo el camino de vuelta intentando contener los temblores de sus manos. Prosiguió durante largo rato a oscuras, ya que las linternas se quedaron junto a la puerta, mientras que por fin el zumbido se convirtió en sonidos articulados, sonidos que tenían sentido, y que podía entender. Con una mayor desesperación echó a correr por la pendiente hasta que chocó con una pared, la pared en la que se encontraba la entrada.

No vio la luz del exterior, ni sintió el aire fresco.

La puerta estaba cerrada.