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En este día en el que cuento por fin las treinta y dos primaveras, vengo a ofreceros (después de una temporada más larga de lo que a mí me gustaría), un relato de mi cosecha. Algo macabro, canalla y lleno de detalles.

Para los que os gusta como a mi todo esto del terror, encontraréis entre sus palabras y personajes muchos conocidos, para los que sois algo menos asiduos del género de Poe, Lovecraft y demás, no os preocupéis: no es necesario para que lo podáis disfrutar.

 

BLOB-MATIC-CON

 

 

Hace muchos años, en Arborville, un pequeño pueblo de Colorado, una terrible tragedia cayó sobre sus habitantes. Algo que apareció un día venido del espacio, y que a punto estuvo de acabar con la humanidad.

En las calles de Arborville, una masa sin forma sembró el caos y la destrucción, atacando en la hora más oscura de la noche y obligando a los habitantes a luchar por su vida en una refriega desesperada.

Los años han hecho que la gente se olvide de lo que allí ocurrió, pero los que viven en Aborville siguen recordando que el terror no tiene forma, y lo honran, a su manera…

 

 

LA “BLOB-MATIC-CON

 

Faltaban menos de dos días para la feria friki más importante del condado, y Bret aún no había terminado su disfraz. De todas partes del país, y de algún lado del extranjero también, llegaba gente disfrazada de personajes de películas de terror. Drácula (el de Cristopher Lee, no el interpretado por Gary Oldman), el Vengador Tóxico, los Gremlins, algún mono de mar, varios Frankensteins y demás monstruos de grandes película de terror, y de tantas otras malas pero muy valoradas por el público asistente al evento.

El chico miró por la ventana, viendo grupos de amigos caminando por la calle ya disfrazados, y pensando con una sonrisa, que alguien se había debido dejar la puerta del infierno abierta. Una puerta que conducía al cine “B”, “R” y “Z” como solían llamarlo los entendidos que pasaban la tarde jugando al pac-man en la cafetería del pueblo.

Bret se volvió al teléfono que había comenzado a sonar sobre el escritorio, y miró la pantalla.

—Ey. ¿Cómo vas? —le preguntó a Michael.

—No soy capaz de terminar con un par de cosas que le faltan al disfraz.

—Ya somos dos.

—¿Has visto cuánto nivel hay este año? He visto hace un rato a un tipo disfrazado de Brundle-Mosca, y estaba genial. Vamos a tener que esforzarnos para estar a la altura.

Bret pudo escuchar a Micky resoplando a través de la línea.

—¿Es muy difícil?

—¿El qué?

—Tu disfraz.

—Ah, bueno, tendrás que venir para verlo.

—No me da tiempo.

—Si vienes a ayudarme, luego te ayudo yo.

El año pasado Michael le había hecho una proposición similar, y al final no hubo tiempo para su disfraz. Mientras que Micky había ido genial con su disfraz de Cenobita, Bret se tuvo que conformar con ponerse unos leggins verdes de su hermana, pintarse la cara, y hacerse un antifaz rojo con los restos de una camiseta de Flash. No hubo tiempo para más. Aún, un año después de aquello, había gente que le recordaba como el peor Rafael de las “Tortugas Ninja”, de toda la historia.

Como si la gente llevara siglos disfrazándose de Tortuga Ninja.

—Ven tú a mi casa.

—Jo, Bret, que no me va a…

—Que no.

Nuevo resoplido de Michael.

—Bueno, pues nos vemos mañana.

—Vale.

Bret escuchó cómo Micky colgaba antes de hacerlo él también. Se asomó a la ventana y miró calle abajo, observando a la gente disfrazada caminando hacia la plaza. “¿Ese es Oogie Boogie?” pensó al ver pasar la enorme bolsa de esparto que cruzaba ante la puerta de sus vecinos en ese momento. Se podía ver salir de su interior un inquietante halo verdoso, proyectado a través de los ojos o la boca abierta.

—Sí, este año hay mucho nivel.

 

 

—He dicho que no, Ryan.

Elisabeth se apartó del chico, pensando que no parecía tan baboso cuando salía con su amiga Lily. La verdad era que Ryan estaba muy bien, pero aquello no estaba saliendo como se había imaginado.

—Pero nena, ¿para qué hemos venido hasta aquí entonces? —comentó él, señalando al pantano.

—Para estar solos, no para que intentes meterme la lengua hasta la garganta. —respondió Eli molesta—. Mira, mejor me voy a casa. Ya nos veremos.

—Eso, lárgate. —Ryan estuvo a punto de hacerle un aspaviento, pero la chica ya se alejaba por el camino rumbo al pueblo—. Mejor así.

Se volvió hacia el lago mientras sacaba un cigarrillo y lo encendía, cuando algo dejó una estela de fuego en el cielo y cayó sobre su superficie.

—¡Hostias¡ ¡Eli, has visto eso! —gritó Ryan mirando de nuevo hacia el camino.

Ya no se veía a la chica, por lo que atendió de nuevo al lago, a tiempo de ver algo luminoso que se hundía bajo el agua.

—Debería avisar de esto a la policía, o al ayuntamiento o a los bomberos —dijo dándole una larga calada al cigarro, antes de tirarlo al suelo y pisarlo—. ¿Qué más da?

Ryan dejó de prestarle atención al agua que comenzaba a burbujear, y desanduvo el camino hacia el pueblo.

 

 

Bret se ajustaba el disfraz como bien podía, mientras daba buena cuenta de unos huevos con bacón. Al lado del plato había un tazón para los cereales, que ya se había comido, y un vaso de zumo de naranja que dejaba para el final.

—No llegarás a viejo como sigas comiendo así —le dijo Eli, su hermana, masticando pensativa unas galletas mojadas en leche.

—¿Por qué?

—Deberías cuidar más lo que comes.

—Y tú la gente con la que sales.

Elisabeth le miró molesta por el comentario pero no respondió. En el fondo pensaba que su hermano tenía razón, buena prueba de ello era su cita de la noche anterior con Ryan Taylor.

—¿De eso vas a ir disfrazado?

—¿No te gusta?

—No es eso, solo que es quizá demasiado… ¿Obvio?

—Puede ser, pero a mí me gusta —le respondió antes de meterse la última tira de bacón del plato en la boca—. ¿Te disfrazarás este año?

—No, no estoy con ánimos.

—¿Irás por la tarde a la representación?

—Puede.

En ese momento sonaba el teléfono.

—Ese será Micky, me voy.

—Pasad un buen día.

Bret escuchó a su madre repetir las palabras de su hermana mientras salía por la puerta y miraba al porche. En ese momento pasaba frente a la valla de su jardín alguien disfrazado de “Xenomorfo” junto a un “Cabeza piramidal” algo entrado en carnes. De la puerta de la casa al otro lado de la calle vio surgir un “Contemplador” con su gran ojo central, y todos los demás más pequeños alrededor. Gene se había hecho un gran disfraz ese año.

—Hola Gene, te ha quedado o genial.

—Lo mismo digo, pequeñajo —respondió Gene, haciendo que la gran boca del disfraz se moviera arriba y abajo para simular que era el monstruo el que hablaba.

Aunque se llevaban tan solo dos años, apenas unos meses antes Gene había “dado el estirón”, y al lado de Bret parecía un hombre hecho y derecho.

—¿Qué sería de la Blob-matic-con si no llevara nadie ese disfraz?

Bret le hizo un gesto y se volvió hacia la plaza, al contrario que el resto de la gente que caminaba hacia las afueras, en dirección al campo del equipo local donde estaban ya montadas las carpas, los escenarios, y las pantallas de cine. Él se dirigía a casa de Micky, donde habían quedado con Robert y Billy. De camino se cruzó con un par de dinosaurios, un “Mario Bros” y su hermano Luigi, alguien que había disfrazado sus piernas y parte del torso de tiburón saliendo del agua, y el resto de chica rubia (la transexualidad no le había favorecido nada), que agitaba los brazos como si pidiera ayuda. En el momento en que tocaba el timbre de la casa de Michael pasaba a su lado un hombre disfrazado de “Herbert West”, que le dedicó un saludo con su jeringuilla de color verde luminoso.

—¿Bret? —le preguntó Micky señalándole con el dedo.

—Sí —respondió él desde el interior de su traje.

—¡Vaya tío! Qué bien te ha quedado.

—A ti también te ha quedado bastante bien, “Audri segunda” —añadió Bret a su vez indicando el disfraz de Michael, que se había inspirado en la planta carnívora de “La pequeña tienda de los horrores”.

—Qué asco. ¿Qué es eso?

Tras Micky estaban Robert, que se había disfrazado de “Jason” mostrando una vez más su poca imaginación, y Billy, que se las había ingeniado para recrear a “Belial”, el engendro siamés de la película “Basket Case”. Junto a estos había una chica que parecía no ir disfrazada de nada, y que era la que había hablado.

—Eso, prima —respondió Robert—, es un disfraz de “La masa devoradora”, el monstruo que aparece en la película que te puse ayer, y que vino de las estrellas para caer en este pueblo hace muchos años.

—Ah —comentó ella sin mucho interés.

—Por cierto, chicos, esta es mi prima Melissa –añadió Robert.

—Mel.

A la niña no parecía hacerle ninguna gracia estar allí en un día tan señalado.

—No sabía que te había tocado a ti este año, Bret.

Billy se había presentado el año anterior pero el disfraz le tocó a otro.

Aunque no había una obligación por parte de los organizadores del evento, ni del ayuntamiento del pueblo, el disfraz de “La masa devoradora” era el único que no podía faltar en la BLOB-MATIC-CON, pero desde que un año se presentaron más de veinte personas como la masa, se empezó a realizar un sorteo para ver quién sería el elegido cada año.

Ser la masa devoradora era muy prestigioso entre los jóvenes del pueblo.

—Yo no lo supe tampoco hasta hace un par de meses. He tenido que darme mucha prisa.

—Te ha quedado muy bien —comentó Robert.

Bret había escogido el momento en que la masa se come al jugador de football, en la versión más moderna. En esta, Paul Taylor está siendo devorado cuando entra Meg Penny, su novia, y le ve morir. Bret había preparado el disfraz para que evocara el momento en el que el jugador extiende el brazo para pedir ayuda, mientras está siendo digerido.

—¿Vamos a la carpa?

Los cinco comenzaron a andar sin dejar de ver los disfraces de la gente con la que se iban cruzando, algunos, conocidos de Arborville, otros, ocultos tras máscaras y complicadas caracterizaciones, desconocidos y extranjeros el resto.

—¿Habéis visto lo que han puesto en los baños de la cafetería? —preguntó Micky.

—¿Papel de manos y suelos limpios? —aventuró Mel con sorna.

—Han puesto unas figuras de los “Ghoulies”.

—¿Qué es eso?

—Los ghoulies eran unos monstruos que aparecían en una película de los ochenta. En ella, unos seguidores de Satán los invocaban, y estos salían a nuestro mundo a través de la taza del retrete —puntualizó Bret.

—Qué asco.

Al parecer, a Mel todo aquello le resultaba bastante desagradable.

Los chicos cruzaron por delante de la puerta de la casa de Bret y siguieron hacia las carpas. En la acera pudieron ver a un hombre que debía ser enorme, disfrazado del hombre-tiburón de la película “Sharkman”, atacando a una chica que parecía ir disfrazada de Mae Shiranui. La escena se llevó una aclamación del grupo de amigos, y el monstruo se giró hacia ellos, dejando caer a su víctima al suelo.

—Mira, viene a por nosotros.

Billy señalaba con el dedo al hombre tiburón que se acercaba, cuando otro disfraz pasó entre ellos. Esta vez era un “Chewbacca”, quizá demasiado bajo, el que señaló con una sonrisa bajo la careta al monstruo que se abalanzaba sobre él.

—¿Ves? Te lo dije, este año hay mucho nivel. La gente está entregadísima —comentó Micky exultante.

Ninguno de ellos se percató de que las risas se convertían en horribles chillidos.

Algo más adelante, varios de los niños del pueblo habían montado un puesto de limonada, que vendían a dólar el vaso de plástico. La gente que pasaba por delante lo compraba antes de entrar al campo en el que estaban los puestos y tiendas. Aunque estaban casi a finales de octubre, a punto de empezar a ver las primeras nieves sobre las montañas cercanas, hacía un calor fuera de lo normal, la temperatura era perfecta para los jóvenes emprendedores.

—Hola chicos —les saludó Billy al llegar a su lado.

—¿Llevas siempre esa camiseta cuando paseas a tu perro? —le dijo Bret a uno de los niños que había tras el puesto de limonada. Este llevaba una camiseta en la que ponía “mi otra mascota es un mowai”.

—No siempre, pero sí muchas veces.

—¿Queréis una limonada? Está hecha con el agua de nuestro pantano.

—Yo lo tengo difícil hoy para tomar nada —indicó Bret señalando su propio disfraz.

—Yo no llevo dinero, es la única forma de que no me lo gaste —dijo Billy.

—Pues yo sí quiero un vaso —comentó Mel, señalándoselo a su primo.

—Yo tomaré otro —añadió Robert desde detrás de su máscara de “Jason”.

Robert pagó los dos vasos y entraron por fin en la feria.

Se acercaban las doce de la mañana cuando pasaron por fin de las tiendas de camisetas, de los puestos de intercambio de cómics, o de las salas habilitadas para las distintas charlas que se darían a lo largo del fin de semana.

—La proyección se hará en el interior del pabellón del instituto, tenemos que darnos prisa.

Billy les llevaba casi a la carrera mientras Mel no paraba de poner cara de hastío. Al final, su limonada se la estaba tomando Micky, que había aceptado bebérsela él cuando ella olió el refresco y dijo “qué asco” por tercera vez en la mañana.

—Intentemos coger buenos sitios —dijo Billy, alzando la cabeza todo lo que podía por encima de la gente que iba delante de ellos.

—¿Me vais a hacer ver la misma película que vi anche?

—Las dos películas cuentan lo que sucedió en Arborville hace muchos años, cada una a su manera —puntualizó Bret—. La verdad es que el ejército no tuvo nada que ver, ni existió ningún “Brian Flagg”, ni acabaron con la masa devoradora con extintores. Pero a todos nosotros nos gusta recordar que una vez cayó en nuestro pueblo el “color surgido del espacio”, y que fuimos capaces de hacerle frente.

—Sí, por ello al final del fin de semana se hace la representación de la muerte de la masa —añadió Billy.

En muchas ocasiones hacían competiciones entre los dos para ver cuál sabía más sobre literatura de terror, cine de los ochenta y principios de los noventa, o monstruos y subgéneros en general. Para ambos, las historias de los años dos mil en adelante, no pasaban de ser entretenidas, nunca alcanzarían el nivel de “Posesión infernal” o “Waxwork” (la de las figuras que volvían a la vida tras los cordones del museo de cera, no la de “Vincent Price”, o aquella en la que aparecía “Paris Hilton”). Los otros dos amigos seguían el criterio de los cinéfilos, pero no les preocupaba conocer el nombre de los directores, o si las historias eran originales o estaban basadas en otras historias.

—Ya, ya, pero vamos a ver la misma película…

—Sí.

—Sentaos —les llegó una voz desde una de las butacas.

Ahí fue donde empezó todo.

Bret se giró para señalar a Micky un hueco en el que cabían los cinco, cuando de pronto notó que su amigo ya no estaba. Es más, juraría que la planta carnívora de su disfraz acaba de terminar de zampárselo. Iba a decir algo, cuando un alarido que llegó desde las primeras filas de la sala se hizo escuchar sobre de todo el griterío. Por encima de brazos agitándose, cabezas peludas y escamas de cartoné, pudo ver un Edgar Allan Poe atravesando con una pluma, el ojo de la chica sentada a su lado. El cuervo que había sobre su hombro no paraba de darle picotazos, sin poder separar sus patas del oscuro traje sobre el que estaba. Parecían haberse fusionado.

A la derecha, un par de filas por debajo, un “depredador” clavaba sus garras metálicas en la garganta de una heroína de cómic ligera de ropa, y al otro lado de la sala, un zombie de traje parecido a Bogart disparaba su revólver al ocupante de la butaca contigua, mientras se calaba el sombrero a juego con su traje amarillo. Bret pudo oír claramente el comentario que dejaba escapar, digno del canalla protagonista de novela negra que era.

—Salgamos de aquí —dijo dándose la vuelta e intentando alcanzar la salida, entre los codazos de la gente en estampida.

Bret, Billy y Mel sortearon como pudieron a los monstruos que salían a su encuentro, y los tajos que propinaba el que antes era Robert, ahora transformado en el asesino de “Viernes 13”. Por el rabillo del ojo pudo ver cómo se echaba encima de alguien disfrazado de Freddy Krueger, y sintió rabia al no poder ver el resultado de lo que, estaba seguro, sería mucho mejor que la horrible película que habían hecho sobre ese concepto. Recordaba que viendo la película era partidario del monstruo onírico pero, ahora que Jason era, o había sido, su amigo Robert, no sabía por cuál decantarse.

Salieron de la sala de cine para encontrarse un espectáculo apocalíptico. Por doquier se veían criaturas infernales persiguiendo a personas disfrazadas de otras criaturas infernales. Por entre las carpas y las tiendas veían “golems” abalanzándose sobre la gente, “perros de tíndalos” persiguiendo a sus víctimas a través de los ángulos y olvidando la geometría euclidiana, situaciones que no podrían darse nunca como, por ejemplo, ver a los enanos asesinos de “Cromosoma 3” dando caza a “Scissormann”, el enorme gigante del videojuego “Clock Tower”, u otras tan absurdas como encontrarse a “Puzzle”, el muñeco del asesino de la película “Saw”, con su triciclo de juguete montando trampas para sus posibles víctimas. Bret corría mientras se lo imaginaba diciendo “quiero jugar a un juego”.

—Ostras, por qué está pasando todo esto —pregunto Billy, que intentaba correr como podía con su disfraz de engendro.

—No lo sé, pero les ha pasado también a Micky y a Robert.

—Sois tontos, está claro que ha sido la limonada —a Mel parecía no importarle que su primo se hubiera convertido en un monstruo asesino por su culpa—. ¿Que se podía esperar de una panda de frikis?

—Cállate, tú eres la causante de que le haya pasado también a Micky, tú le diste la tuya.

—Olía asquerosa.

—Bret, ¿estás bien?

Al fondo del campo de football estaba Eli, que corría hacia él seguida de Ryan, el cuál parecía no estar muy contento de encontrarse allí.

—Eli, tenemos que irnos de aquí, la gente se está convirtiendo en los disfraces que llevan puestos.

—Lo sé, la madre del vecino estaba pidiendo ayuda porque un conejo gigante con un cuchillo la perseguía por su casa.

—¿Un conejo gigante? —preguntó Mel.

—Sí, ese de la película de los saltos en el tiempo que tanto te gusta.

—¡Ah! —respondieron Bret y Billy al mismo tiempo.

—Emm, chicos, quizá podríamos hablar de todo esto en otro lugar.

Ryan estaba muy nervioso, y miraba con cara de pánico a cada bicho viviente que se acercaba o alejaba.

—Sí, tenemos que irnos de aquí —corroboró Bret—. Creemos que la culpa es de la limonada.

—Si la hicieron con agua del pantano… —comento Ryan sin interés en la conversación.

—¿Cómo lo sabes?

—Joder, anoche cuando te ibas cayó algo en el agua —el macarra vio la cara de cabreo de la chica y siguió malinterpretando su expresión—. Te lo intenté decir pero te marchaste.

—¿No se te ocurrió decírselo a nadie?

—Sí, pensé en decírselo a la policía o a los bomberos.

Eli suspiró esperando a que continuara, pero, al parecer, la historia de Ryan acababa ahí.

—¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—¿Que qué te dijeron? —El cabreo de la muchacha iba en aumento.

—¿Qué me dijeron quienes?

Eli estaba resoplando cuando Bret tomó la palabra.

—Has dicho que algo cayó al agua. ¿De dónde?

Ryan tardó unos segundos en responder. Después señaló hacia arriba con el dedo índice.

—Cayó del cielo. Era una especie de meteorito, o una estrella fugaz o algo así.

—Es curioso que caiga del cielo un meteorito por segunda vez en el mismo pueblo, y de nuevo sea alguna especie de monstruo alienígena —dijo Billy con gesto pensativo.

—Esto no es lo mismo, son las mismas personas del pueblo, o la gente que lo visita los que están atacando al resto.

Elísabeth no se mostraba de acuerdo con el comentario de Billy, y parecía estar a punto de decir algo más, cuando de pronto percibieron una figura grande que se movía hacia ellos. Un tiesto con lo que parecía una planta sobre él, y entre sus fauces, el cuerpo de Micky agitando los brazos hacia el grupo.

—Joder, Micky. Tenemos que ayudarle.

Eli dio un paso hacia la planta, aterrada pero resuelta a ayudar al chico que tantas veces había visto por los pasillos de su casa, o jugando en el cuarto de su hermano, cuando notó que este la sujetaba por el brazo para evitar que hiciera lo que tenía en mente.

—No, Eli. Ese no es Micky, él está muerto, igual que Robert.

—Pero él…

—Eso no es más que el disfraz que él llevaba. Lo único que ha hecho esa cosa es adoptar su aspecto.

—¿Su aspecto? —preguntó la chica.

—Claro, como en “La cosa” —añadió Billy—. El parásito del espacio adopta el aspecto de su anfitrión para camuflarse, para no ser reconocido.

—No saben que están imitando los disfraces —terminó Bret.

Eli miró de nuevo al tiesto que se arrastraba hacia ellos.

—¿Y cómo vamos a hacer para acabar con ellos?

—Consumiremos el fuego con fuego —sentenció Bret.

 

 

Billy se bamboleaba por la carpa y después por las calles del pueblo, llamando la atención de todos los monstruos que pudo encontrar en su camino. Se acercaba a una distancia prudencial y les gritaba “hamburguesas, carne sin huesos”, porque era la única cita que se le había ocurrido que no desentonara con la situación. También se le había ocurrido la frase “seguidme, conozco el camino”, y, aunque debía reconocer que era más graciosa teniendo en cuenta que era verdad que lo conocía, la primera era más propia de monstruos del espacio.

—Hamburg…

Se quedó en silencio mirando a “Pennywise” sin atreverse a terminar la frase, y miró a todos los monstruos que iban de camino a los antiguos almacenes. “Ya me siguen bastantes de ellos, el resto vendrá detrás” pensó mientras se alejaba del payaso y de la aterradora sonrisa que le dedicaba mientras le ofrecía un globo.

—¿Quieres un globo? Todos flotan —decía el payaso con su boca llena de afilados colmillos.

Billy se apartó aún más, y corrió a abrir el portón que daba a la antigua piscina municipal. Aquel edificio llevaba varias décadas cerrado, y el polvo se había acumulado hasta crear una fina pátina que a punto estuvo de hacerle caer al suelo.

—Esperemos que todo salga bien –le dijo a la oscura sala que poco a poco se llenaba de bestias, engendros y monstruos de pesadilla.

 

 

—Como te decíamos antes, las películas de “La masa devoradora” solo cuentan parte de la verdad. Es cierto que mató a muchas personas del pueblo, y que al final lograron frenarla, pero, como se cuenta en ambas películas, la gente de Arborville no fue capaz de destruir al monstruo gelatinoso.

Bret quitó la lona que cubría la piscina para mostrarle a Mel el verdadero secreto del pueblo. El monstruo seguía ahí. Congelado, oculto tras una fina capa de hielo, pero mostrando ese extraño color magenta.

—¿Ese es el monstruo? —Preguntó Mel.

—Este es el monstruo.

La piscina municipal estaba llena de aquella sustancia gelatinosa que ahora se encontraba congelada, pero que aún así parecía vibrar esperando la oportunidad de escapar de su prisión. El plan era sencillo, soltar a la masa. Pero no lo iban a hacer de cualquier manera, el pueblo no se podía permitir otro desastre como aquel.

—¿Y cómo haréis para pararle cuando esté suelto?

—Cómo “haremos” para pararlo —enfatizó Bret—. ¿Estabas escuchando cuando hablábamos con Eli?

Bret miró a la chica pero esta parecía más interesada en otras cosas, como su pelo, los bichos que parecían moverse en las zonas oscuras y húmedas, o la cantidad de polvo que había en el antiguo edificio de la piscina.

—Bueno, encendamos la caldera y subamos la temperatura de este sitio, Billy tiene que estar a punto de llegar.

 

 

Billy rodeó la piscina y, sin parar de mirar al frente, a la puerta por la que iban entrando todos los monstruos que había logrado atraer, gritaba hacia el interior para hacerse oír por Bret. Él y Mel tenían que estar allí ya. Su parte era la de elevar la temperatura de la piscina y hacer que la masa despertara, pero al pasar junto a la piscina lo único que había visto era su superficie helada.

—¡Bret!

—¡Sí! Estamos aquí, pero tenemos un problema.

Bret salía de la puerta que había al fondo señalando algo tras él.

—¿Qué problema?

—Necesitamos fuego para encender la caldera…

“Mierda”, pensó Billy sabiendo que ninguno de ellos llevaba mechero.

—¿Mel no fumará por un casual?

La chica se había quedado en la parte en la que estaban las oficinas, no estaba dispuesta a rodearse de nuevo de monstruos, por lo que fue Bret quien respondió por ella.

—No, dice que mancha el esmalte de los dientes.

—Jo. ¿Y ahora qué hacemos?

Ahora Bret estaba a su lado y miraba con él el paso inexorable de los monstruos del espacio, los zombies, las plantas carnívoras, los fantasmas y personajes de cómic, y todos los seres que iban pasando uno tras otro por el portón de entrada, y a través del cuello de botella que se formaba gracias a las mamparas que separaban los pasillos a los vestuarios.

—Tendremos que encontrar alguno de ellos que haga fuego.

—¡Eso es! Recuerdo haber visto algún dragón en la feria, debe haber alguno por aquí.

Ambos miraron a la primera línea, a la segunda, por encima de cuernos, garras, ojos inyectados en sangre y demás, y al final lo vieron.

—Está muy atrás, para cuando llegue a nuestro lado estaremos muy muertos —comentó Billy.

—Tiene que haber otra solución.

—No se me ocurre.

—A mí sí.

Bret saltó al frente y se acercó a la parte en la que parecía que el hielo era más fino y se agachó a su lado.

—¿Qué haces?

—Billy, acércate a la puerta y mantenla abierta. Vamos a tener que salir de aquí muy deprisa.

Billy se fue separando hacia el fondo, muy despacio, sin dejar de mirar a Bret para ver qué era lo que pretendía su amigo. Entonces lo vio claro.

 

 

Bret no estaba seguro de que fuera a funcionar. No era un personaje que utilizara mucho el fuego en la película en la que aparecía. Ni si quiera sabía si el parásito espacial que albergaba en su interior sabría que podía utilizarlo, pero era eso o nada. Fuera como fuera tenía que actuar ya si no quería que lo terminaran rodeando.

—¡¡MILLER!! ¡¡MIIIILLLLEEEEEERRRR!!

El monstruo que representaba al regresado del infierno en la película “Horizonte Final” se volvió hacia él y levantó una mano. Bret sonrió preparado para saltar, pero el chorro de fuego no llegó. No sabía qué hacer, o si tendría sentido lo que estaba intentando, pero no tenían otra opción. Le habían fallado al pueblo.

—Bret, corre, están entrando en la piscina.

Sin quererlo, al gritar de aquella manera había logrado acelerar el ritmo de las bestias, y estas estaban intentando alcanzarlos desde todas las partes posibles. Ya había varias de ellas encima del hielo, que se resquebrajaba y se partía por doquier.

—…

Bret se apartó del borde de la piscina viendo cómo algunos de los monstruos caían al interior y comenzaban a forcejear entre los pedazos de masa congelada. En pocos segundos volvería a la vida, mejor sería que estuvieran lejos de allí cuando esto hubiera sucedido.

Los dos amigos pasaron por la puerta que daba a las antiguas oficinas del edificio y cerraron como bien pudieron el acceso a la piscina, subieron las escaleras al piso superior y se asomaron a las cristaleras de la pasarela elevada. La masa devoradora estaba volviendo a la vida y aquí y allí se veía cómo comenzaba a adherirse a sus víctimas, las cuáles luchaban por quitarse de encima los pequeños trozos de gelatina que se les pegaban al principio, y las grandes oleadas que les barrían después. Los chillidos y alaridos comenzaron a surgir por todas partes. Las criaturas alzaban los brazos y luchaban por huir de allí, pero alguien había cerrado las puertas tras ellos.

—Mira —le dijo Bret a Billy—, Eli logró convencer a los bomberos.

—Sí.

Ambos se alegraban de que todo estuviera saliendo bien, aunque no supieran realmente si Eli había logrado traer a los bomberos, o habían sido ella y Ryan quienes habían cerrado la puerta.

—Tenemos que marcharnos.

Billy asintió en silencio sin apartar la vista del infierno que se desarrollaba bajo ellos. Era hora de salir de allí.

Los dos amigos echaron a correr escaleras abajo sin parar de oír los alaridos que venían de la zona de la piscina, cuando a Billy se le ocurrió preguntar por Mel.

Bret le miró con cara de sorpresa, dándose cuenta de que la había olvidado por completo.

—Vaya, estará en las oficinas —dijo mirando al pasillo que conducía hasta donde la había dejado antes.

—Vamos.

Se encaminaron allí pero al llegar vieron que no estaba.

—¿Habrá salido ya del edificio? —preguntó Billy.

—No lo sé. La verdad es que no ha sido de gran ayuda para nada.

Si no hubiera sido por los gritos y los gruñidos de los monstruos que estaban siendo devorados por la masa, habrían podido oír los chillidos de la niña, que había elegido uno de los retretes para ocultarse. Lástima que ella no fuera tan cinéfila como los chicos, pues de haberlo sido sabría que estos son los lugares por los que salen los Ghoulies cuando son invocados…

Mientras tanto, Bret y Billy corrían hacia la salida cuando de pronto el griterío paró por completo. Ya no sonaba nada y ellos se quedaron parados y silenciosos, temerosos incluso de respirar tan alto que se les pudiera oír. La masa había acabado con los parásitos, ahora era cuando comenzaba el verdadero peligro.

Bret miró a Billy antes de dar un paso intentando ser lo más sigiloso posible, y este le siguió, posando ambos su vista en la puerta que había al fondo del pasillo. Esta era la puerta trasera del edificio, y daba a un descampado en las afueras del pueblo, lejos de las luces, de los edificios y de las personas que caminaban por sus calles. Allí estaba la salvación, y de que llegaran a tiempo y sin que les encontrara dependería que se salvaran definitivamente, o que pasaran a formar parte del monstruo que habían liberado.

Los dos niños se afanaban para seguir avanzando sin hacer un solo ruido cuando, en medio de aquel silencio, algo parecido al sonido de una gran ola golpeó contra la pared del pasillo. No pudieron evitar soltar un chillido de sorpresa y terror, que hizo que el silencio ya no tuviera sentido.

—¡Corre! —gritó Bret.

Corrieron como nunca lo habían hecho mientras veían cómo la argamasa que había entre los ladrillos caía al suelo, empujada por la masa gelatinosa que se filtraba intentando darles alcance. Cuando llegaban a la puerta y la abrían de un tirón nervioso, el suelo del pasillo estaba ya tapizado con aquel moco rosa, que burbujeaba y les perseguía intentando salir del edificio que había sido su prisión durante tantos años.

Ya en el exterior cerraron la puerta de un portazo y miraron hacia el edificio, que comenzaba a supurar por todas sus rendijas hilillos de la secreción rosa. Las paredes estaban combándose como si fueran a estallar en cualquier momento.

—¿Crees que tu hermana habrá logrado hacer su parte?

—Espero que sí, por la cuenta que nos trae.

Los dos corrieron hacia la entrada del edificio, donde se encontraron con Elie, con el cuerpo de bomberos, y con varias de las personalidades del pueblo.

—¿Y Ryan? —preguntó Bret.

—Cogió su moto y se largo —respondió Eli—. ¡Cobarde!

Bret miró a las personas que había allí y a toda la gente que esperaba al fondo, en las afueras del pueblo, lejos del monstruo que comenzaba a escapar del antiguo edificio de la piscina municipal.

—Es una lástima que no esté Mel, se va a perder la representación de cómo el pueblo acabó con la masa devoradora. Este año en vivo y en directo.

“Lo que sí que es una lástima es que no tengamos palomitas para disfrutarlo como es debido”, pensó mientras se sentaba en el suelo y se preparaba para el espectáculo. “En el fondo somos un pueblo de frikis”.

 

 

 

FIN

 

 

 

Mel salió con vida de su experiencia en los baños con los Ghoulies. Todo esto le sirvió para aprender de la gente que disfruta de cosas algo distintas, y para tenerle un terror crónico a los baños públicos.

 

Al parecer Ryan condujo con su moto hasta que se le acabó la gasolina y después siguió alejándose a pie. Alguno de los cotillas del pueblo aseguran haberlo visto limpiando mesas en un Kentucky Fried Chicken en Utah, otros dicen que le vieron en Florida, y los hay que eligen Seattle cuando hablan del rumbo del motorista. Nadie sabe a ciencia cierta dónde se encuentra a día de hoy, pero seguro que allí donde esté, seguirá siendo un ligón y un rompecorazones cobarde.

 

Eli encontró un novio que estuviera a la altura de sus expectativas, y dejó de sentir interés por los chicos con moto.

 

El cuerpo de bomberos de Arborville se ganó (por segunda vez en su historia), la medalla al “Honor Meritorio de Defensa Contra las Fuerzas del Espacio”, o como se la solía llamar cuando se rememoraba la historia “HoMeCoFEe”.

 

Billy y Bret siguen compitiendo por ver quién de los dos sabe más sobre literatura de terror y cine de los ochenta y noventa. Una vez al año, por las fechas del BLOB-MATIC-CON (después de la segunda debacle se dejó de celebrar), quedan para ver la película de “La masa devoradora”, a modo de homenaje por los amigos caídos. Ellos no pierden la esperanza de que una vez más, una tercera, caiga un nuevo meteorito y haya que luchar de nuevo contra “el color venido del espacio”.

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A comienzos de año vi la convocatoria de la revista “miNatura”, dedicada al tema de la alquimia, y me decidí a escribir algo que no fuera de terror aunque tuviera cierto tono oscuro.

Os invito a que leas el microrrelato (el mío es el número 45) y disfrutéis de la revista:

 

 

http://www.servercronos.net/bloglgc/index.php/minatura/2013/03/20/revista-digital-minatura-125

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Para los que no tengáis demasiado tiempo y queráis tan solo leer el micro aquí lo tenéis:

Una nueva vida

  Es curiosa la alquimia. Con su poder, su manera de crear distintos objetos, distintas sustancias de aquello que antes no era nada, que no tenía valor. Es tan sencillo como conseguir los ingredientes apropiados para hacer lo que se desea; plomo para hacer oro, o sangre y espíritu para crear personas. Creo que no es necesario usar la alquimia para hacer un cuerpo humano, pero claro, tener el poder y no utilizarlo debe ser como tener alimentos y no ingerirlos ¿no?

Llenar el caldero de sangre, de lágrimas, de ánimas muertas y encontradas en los lugares más ocultos. Apurar hasta el último segundo para apartar el atanor de los fuegos, logrando así una cocción perfecta. Buscar el momento sublime en el que los objetos inanimados den resultado a la vida, al ser, a la persona.

Todo se mezcla en un baile de intenciones en el que la materia pierde su esencia, y se ve modelada hasta quedar con la forma que le da el antojo.

Todos los ingredientes pierden su manera de ser y desaparecen como unidad, para crear un todo distinto y diferente, un todo que no es tan sencillo como la suma de las partes.

La alquimia es capaz de esto y mucho más. Es capaz de alienar los cuerpos que utiliza, de arrebatarles su esencia, de acabar con aquello que son para obligarlos a recrearse como ella quiere. O como quiere el alquimista.

Mi padre no eligió nacer, pero eso es algo que le pasa a todos los humanos.

Yo en cambio no elegí ser creado.

 

Aunque el género del blog es predominantemente el terror, ayer al verme abrumado por los halagos con un relato que escribí hace algún tiempo ya, me decidí por subir un relato nuevo al hilo. En este caso no es de terror, y se va bastante de lo que habitualmente suelo escribir, pero creo que no salió nada mal para ser mi primera incursión en este campo.

Vosotros diréis:

Nigga y Haraam

Hace mucho, mucho tiempo, cuando el mundo era todavía joven y Gaea aún veía la luz del sol, el guardián del tiempo y la curiosidad del destino se unieron para crear un artefacto. Una herramienta que serviría para contar entre sus vetas los eones que vendrían, y sería el mudo observador de las historias que estaban por producirse por siempre. Ese objeto era una bola de cristal, forjada por el calor del interior de la tierra y la presión de los continentes; creada del material más frágil que existía pero capaz de arañar los más duros metales.

Esta historia trata sobre esa bola de cristal, y sobre lo que un joven, tanto como lo fue algún día la madre Gaea, estuvo dispuesto a entregar por conseguirla para su amada.

La narración de esta historia comienza muchos años después. El guardián del tiempo había perdido la capacidad de hablar y el destino ya no sentía curiosidad. La magia y los seres de la tierra se habían ocultado del camino del hombre, que con fuego y acero había terminado sepultando el color de las praderas bajo el yugo de la guerra y la sangre.

Es en esta era tardía en la que nació Haraam, un chico moreno y espigado, acaso desgarbado, que acostumbraba a correr entre los campos de trigo seguido siempre de cerca por su perro Strigoi. Haraam siempre estaba escaqueándose de los quehaceres de la villa en la que vivía, pero nunca faltaba su apoyo cuando realmente era necesario. Siempre se podía ver en su rostro una mirada perdida, volando a menudo por encima de los montes que circundaban el pueblo; como si tarde o temprano una fuerza que surgiera de su interior fuera a arrancarle de su tierra natal para atraparle en los caminos y hacerle conocer todos sus finales.

No fue hasta los últimos días de los meses de floración, cuando el sol se alejaba de Gaea y las hojas rendían su tributo alfombrando su cuerpo, cuando Haraam conoció a Nigga. Ella iba en un carromato, de ciudad en ciudad, vendiendo los pocos alimentos que compraban en algún sitio, cambiándolos por otros productos que encontraran en otras localidades, y haciendo de ello su vida. Hasta que el padre de la joven cayó en desgracia.

Era costumbre que las deudas se pagaran de una manera u otra. Cuando la tribu de los rathagarr acabó con la plaga de langostas que tenía inmersa en la hambruna a los hombres del sur, estos les aseguraron que un diezmo de toda su producción se les pagaría a ellos, y a sus hijos, y a los hijos de estos. En los montes de la desesperación, el mensajero del rey de Daverlhon, que perdió sus víveres y casi la vida en sus escarpadas quebradas, pudo entregar su misiva a los banderizos al otro lado de la cordillera gracias a un extraño ermitaño que vivía en una de sus siete cimas. Después de acabar con su cometido y entregar la carta, volvió a los montes y fue su lacayo por el resto de sus días. Cuando el padre de Nigga enfermó y tuvo que entregar todos sus vienes para que tanto él como su hija pudieran alimentarse, la familia de comerciantes ambulantes se vio sin nada. En tierra extranjera y sin ningún trabajo que supieran hacer, más que el noble arte del trueque, llegó el momento de tener que pedir a cambio de promesas futuras algo que llevarse a la boca, hasta que ya nadie en el pueblo quiso darles nada.

Fue entonces cuando Orri´n, el arrendador del pueblo, se acercó al desvencijado carromato y le hizo su proposición al padre de Nigga.

No muy lejos de allí, a pocas leguas de camino se habría una fisura en el suelo, una antigua cicatriz en el cuerpo de Gaea, que conducía a sus más profundos interiores. A través del desfiladero que descendía por la cara de esta cicatriz, se podía llegar a los salones en los que el destino fue encerrado y el guardián del tiempo guardaba silencio, y más allá, a la guarida del ser que había quedado encargado de proteger la bola de cristal de cualquiera que osara ir a buscarla. Por supuesto el padre se encontraba demasiado enfermo para poder hacer nada al respecto, pero Nigga, que era una mujer de espíritu indómito y no se arredraba ante nada, se acercó al recaudador y le dijo que en el plazo de un año tendría su bola de cristal. Rápidamente Orri´n formalizó un contrato por escrito, por el cual se haría cargo de la manutención del padre durante un año, después del cual serían ambos de su propiedad.

Lógicamente la villa fue conocedora del trato al día siguiente, y del aciago destino que le esperaba a Nigga en su imposible odisea. También Haraam lo supo y de inmediato fue a ver a Nigga, pero, como tantas otras veces no tuvo el valor de acercarse a ella. La miró desde lejos, le susurró en la distancia que él la ayudaría y se marchó de la villa con su perro al día siguiente.

Durante los meses de invierno Nigga no paró de entrenarse. Corriendo, subiendo por las escarpadas crestas de las Colinas de Cobre, y haciéndose con una vara de aspecto consistente, que endureció al calor de una hoguera. No tenían medios con los que comprar una espada, ni ningún tipo de armadura, ni ningún adiestramiento para lo que se le venía encima, por lo que cuando llegó el comienzo del verano, la joven se descubrió pensando si no sería una empresa imposible para alguien como ella.

Finalmente, se presentó en la casa del maestro forjador y le pidió un arma a cambio de la prenda de su amor. El maestro sabía para qué la quería, y que lo más probable sería que no volviera, pero no iba a desperdiciar la oportunidad que le brindaba la complicada situación de Nigga, por muy difícil que fuera que ella regresara con vida. De manera que rebuscó entre sus trastos viejos y le hizo entrega de una herrumbrosa hoja. Algo que no duraría muchos trotes y seguro que se quebraría en la primera embestida, pero Nigga no tenía nada mejor y aceptó.

El momento había llegado.

Cuando casi había terminado el verano Nigga preparó una bolsa, ropa de viaje, y se alejó de la carreta en la que su padre se quedaba temblando y rezando porque su hija volviera.

Caminó durante todo el día hasta que por fin alcanzó la cicatriz. Un barranco que separaba la tierra casi hasta donde alcanzaba la vista. A lo lejos y entre la bruma, se podía ver el escarpado filo de la otra cara de roca, oscura y vertical.

Nigga se acercó al borde buscando un lugar por donde pudiera realizar un descenso más tranquilo cuando vio algo que la sorprendió enormemente. A pocos metros de donde acababa el camino por el que había llegado desde el pueblo, pudo ver cómo comenzaba una especie de escalera tallada en la roca. A diferencia del resto de la pared, estos escalones se veían brillantes y angulosos, no como la roca que lo rodeaba, redondeada por el viento y el paso del tiempo. Parecía haber sido creada hacía no demasiado.

Sorprendida pero agradecida de este primer giro positivo en su aventura, Nigga aseguró las correas de la bolsa de viaje y de su vieja espada, y comenzó el largo descenso. Bajó durante horas o días, no lo tenía muy claro. Llegado cierto momento ya no fue capaz de ver ni la luz del día, ni el cielo abierto sobre ella, aunque un halo rojo que venía del fondo de la caverna le ayudaba a seguir su trayecto y a ver en la penumbra en que se encontraba. Cuando el cansancio la vencía, utilizaba una soga trenzada con cáñamo para atarse como podía a cualquier arista que encontrara, y no caer al vacío al dormirse.

Finalmente llegó a lo que parecía el fondo de la cicatriz donde esperaba encontrar el primero de los grandes retos que le esperaban.

Ante ella se encontraban los salones del destino.

Una puerta enorme que debía haber dado paso a seres increíbles, quizá a los gigantes cuando aún caminaban sobre el cuerpo de Gaea, o tal vez los dragones fueran el motivo del tamaño de aquella inmensa entrada, era lo que se encontraba ante ella. Nigga levantó la vista para ver lo que ponía en el dintel, pero estaba demasiado alto y oscuro por lo que no pudo distinguirlo. Se acercó hasta encontrar una puerta mucho más pequeña, cercana al tamaño de un pequeño dwafelf por lo que tuvo que entrar a gatas, a través de la cual pudo pasar al interior.

Ante sus ojos se abría una enorme sala iluminada por ardientes quinqués en los que bailaba una extraña llama violeta. La sal era en realidad un largo pasillo franqueado por columnas que se perdían en la oscuridad de la rocosa bóveda, y en el suelo siguiendo los pasos de Nigga, la historia de figuras que habían marcado el destino global de los seres que poblaban el cuerpo de Gaea. Licarion, el señor de los lobos en su lucha contra las sombras de Farsthag, o el generoso rey Phorometeios y su heredero el príncipe Artheios, que cambiaron el trono de su reino por el fin de la guerra con los serenitas.

Nigga avanzó bajo la violeta luz hasta que llegó al final del crucero de columnas, en donde vio algo que no se esperaba para nada.

Los hilos del destino estaban cortados.

Durante miles y miles de años, el Destino había ido tejiendo una maraña de hilos que guardaban la historia de cada ser desde su principio hasta su final. Hilos que cambiaban de color, de lugar, de dirección… Al destino le encantaba ver a dónde conducía cada uno de ellos, con qué otros hilos se cruzaría y qué supondría para el resto. Pero esta curiosidad, este interés, fue mermando con el tiempo. Poco a poco el Destino se fue olvidando del interés que le causaban las historias de los seres, fue perdiendo la curiosidad que le había caracterizado y dejó de observar lo que ocurría para encerrarse en los salones del destino. Pero, aunque ya no quisiera seguir los hilos de los seres alguien debía seguir manteniéndolos sin que se anudaran o se cortaran antes de tiempo. Por ello creó a los Hilos, guardianes de la correcta concatenación del orden de los destinos, que se encargarían de mantener la madeja como debía permanecer, y de defender el destino de los seres como debía ser según lo escrito.

Es por ello que la gente de la villa sabía que la misión de Nigga era algo imposible, ya que estaba escrito que nadie sería capaz de cambiar su destino, y el destino de la bola de cristal era el de mantenerse lejos de las manos de los hombres. Pero cuando la joven entró en el salón y se encontró con los hilos cortados, no pudo más que sorprenderse y buscar en derredor hasta que al fin encontró al que se ocultaba en aquella sala.

Un ser con una figura parecida a la humana, pero de aspecto cambiante, oscuro y opaco, o brillante y calido. Reflejo de todo lo que podía ocurrir en la vida de los seres. Grande como veinte osos y vestido con una prenda que parecía cambiar sin ningún orden, se afanaba sobre una rueca que no paraba de rechinar y que en cualquier momento terminaría de romperse.

—¿Quién er…?

—Soy destino.

La figura parecía no haberse percatado de su visitante, mientras seguía tejiendo y tejiendo, o quizá estaba demasiado ensimismado para prestarle atención.

—Los hilos están cortados—, afirmó Nigga con tono interrogante por la sorpresa.

—Sí, fue hace escasas semanas. ¿Has leído lo que ponía sobre la puerta?

La chica recordaba la inscripción pero no supo que responder o más bien, no se atrevió a decir que no.

—Un hombre que estaba destinado a morir anciano en su pueblo. Ese era su destino. Pero en cambio, bajó tallando unas escaleras en la cicatriz y luchó contra los Hilos, contra todos ellos con la ayuda tan solo de un perro lobo—. Nigga estaba sobrecogida por la sorpresa, alguien se le estaba adelantando. —Acabo con ellos y cortó la madeja.

Nigga se fijó en el rostro de Destino, dándose cuenta de que en aquella cara cambiante no había ni rastro de dolor, malestar o pena. Había alegría, había curiosidad.

—¿Estás recomponiendo la madeja?

—No, estoy dejando que los hilos crezcan. Estoy deseando ver qué es lo que hará ese joven.

—¿No lo sabes?

Destino dejó el hilo y la rueca y se volvió por fin a su interlocutora.

—No. Sé que está haciendo ahora, sé que estás haciendo tú y hasta hace poco sabía que haría cualquiera. Pero esas ataduras se han terminado, el destino es libre. Lo es vuestro destino, el mío vuelve a ser el de observar y ver a qué conduce todo esto.

Nigga estaba intrigada.

—¿Pero por qué?

—Porque ese joven ha luchado contra su destino rompiendo el hilo de su camino con la única arma que podía romperlo. La determinación.

—¿Va en busca de la bola de cristal?

Destino se volvió brevemente a la rueca de nuevo antes de responder.

—No lo sé, tendremos que esperar para verlo. Pero ese parece ser su objetivo.

El corazón se encogió en el pecho de la joven. Nunca se le habría pasado por la cabeza que alguien se pudiera adelantar a ella en una empresa tan difícil. No podía ser que estando en los salones del destino, y habiendo bajado la cicatriz, se encontrara con que un jugador entrara en liza de manera tan afortunada. Y que le llevara tanta ventaja.

—Debo seguir mi camino— dijo Nigga sin saber si Destino le dejaría pasar.

—Adelante, estoy deseando ver a dónde conduce.

En uno de los laterales del salón había una pequeña puerta que conducía de nuevo a la oscura gruta de la cicatriz. Nigga echó un último vistazo a Destino y se encaminó a la puerta, apretando el paso y deseando llegar a tiempo. Debía alcanzar a aquel que le llevaba la delantera lo antes posible, antes de que se hiciera con la bola de cristal o arrebatársela en el caso de que no lo alcanzara a tiempo. Debía intentarlo por su padre, por ella, porque su destino no terminara siendo el de esclavos de nadie.

Nigga echó a correr. Corrió todo lo que pudo hasta que le ardieron los pulmones y siguió corriendo. A su alrededor la caverna seguía descendiendo en una ligera pendiente, hasta que finalmente desembocó en un claro. Hongos brillantes que se alimentaban de los minerales de Gaea y expulsaban cierto humo cálido, daban algo de luz al gran socavón al que había llegado. El suelo parecía estar tapizado con una especie de musgo azul que lo cubría todo, y a lo lejos, entre la bruma de los vapores, se veía la continuación de la gruta y el camino que debía seguir para continuar.

La joven agudizó el olfato intentando comprobar si aquel aire viciado no sería nocivo, mientras caminaba lentamente, cuando de pronto su pié calló en el siguiente paso hasta dejarla casi por completo bajo la manta de musgo. En realidad no había suelo, o más bien no era sólido, y la capa de musgo que se mantenía sobre la sustancia viscosa tapaba por completo la verdadera naturaleza de la superficie. Nigga se dio cuenta, tras el susto, que se había hundido solo hasta la cintura. El miedo le había hecho pensar que sería mucho más hondo, incluso lo suficiente para ahogarse, además de mirar ahora hacia atrás y ver que la legamosa superficie le habría dificultado el volver a tierra firme. Sacó su espada y la utilizó como un remo para apartar el tapiz azul que tenía ante sí, cuando `pudo constatar que algo rígido se encontraba bajo ella. En realidad sí se habría podido ahogar, si podría haber caído y hundirse hasta que nadie la pudiera haber encontrado en cien años. Pero algún tipo de construcción se erguía bajo ella y la sostenía sobre la línea del pegajoso líquido. Nigga sacudió la espada para ver lo poco que pudiera a través de su superficie, pero como no vislumbraba apenas nada cortó uno de aquellos hongos para poder usarlo de antorcha, y lo introdujo en la húmeda sustancia.

Un camino estrecho y serpenteante aparecía bajo las olas que formaba el brazo de Nigga, mostrándole el camino seguro para cruzar aquel mortal pantano interior. Alguien antes que ella había pasado por allí, dejando detrás ese “puente” para que pudiera ser utilizado. Se lo agradecía en el alma, ya que esto debía haberle llevado mucho tiempo y esfuerzo, aunque no entendía el motivo por el que habría llevado a cabo tan ardua tarea.

Viendo algunas ondas sobre el musgo y notando cierta vibración en sus piernas, decidió salir de allí cuanto antes, intentando alcanzar la otra orilla lo más rápido que puso sin correr peligro.

Finalmente llegó al otro lado, saliendo rápidamente del líquido y encendiendo una hoguera con los hongos que encontró a su alcance para secar su ropa. Después de un rato, y tras haber descansado un poco y repuesto fuerzas mordisqueando algo de cecina, Nigga emprendió de nuevo la marcha encontrándose una encrucijada.

Dos caminos que dividían la caverna en dos, ramificando el trayecto y las posibilidades.

La chica se acercó a ambos, notando que en uno de ellos, había una pieza de armadura clavada en la roca. Por los dibujos que había visto en los cuadros del castillo del sol, y las historias que contaban en los mercados que había visitado en el pasado, reconoció inmediatamente la greba que sobresalía de la pared. Era dorada como los hilos que defendía su antiguo portador. Una pieza de armadura de un Hilo, probablemente puesta ahí por el mismo que les había vencido con determinación. Nigga se preguntaba si conduciría al camino correcto o, por el contrario, sería una trampa para quitarse de encima posibles perseguidores.

Echando la vista atrás recordó el paso sobre el liquido que acababa de cruzar, pensando que igual había sido obra de la misma persona. ¿Cómo saber si aquella persona tenía la intención de ayudarla o no?

—Destino, podías echarme una mano— dijo más para sí que con una verdadera intención.

Pero para su sorpresa, un pequeño roedor pasó a su lado y entró en el pasillo rocoso que no estaba marcado con la greba. Pocos segundos después Nigga pudo oír un siseo y un chillido horrible, de alguna bestia atroz que debía haber dado buena cuenta del pobre animalillo. Sin pensarlo dos veces se dirigió a la otra entrada y siguió su camino.

Hasta cuatro veces más se encontró con otras bifurcaciones, y una de ellas con siete elecciones distintas pero, en todas ellas había una pieza de armadura adornando la que parecía ser la correcta. Nigga agradecía cada vez que veía uno de aquellos símbolos, sintiéndose acompañada en medio de aquella oscuridad. Tuvo la sensación de que aquello era por ella, y por primera vez en su vida experimentó el afecto por alguien que no fuera su padre, y que ni si quiera había visto. Aún, ya que poco a poco iba deseando llegar al final del camino para encontrarle, y hacerle entender lo desesperado de su situación. Estaba segura de que entraría en razón y la ayudaría a conseguir la bola de cristal, de que haría lo posible porque pudiera volver a su vida y ayudar a su padre. Poco a poco le iba idealizando, pensando en cómo sería y en los motivos por los que iba en busca de la bola de cristal.

Sin darse cuenta apretó de nuevo el paso.

Por fin, llegó al final del laberinto para encontrarse con otra puerta incrustada en la pared, pero esta era inmensamente ancha. Cada una de sus hojas se extendía a la izquierda y a la derecha de Nigga, hasta perderse en la oscuridad del interior rocoso. Tan solo una pequeña rendija separaba las dos láminas de la puerta.

Se acercó y dejó caer el hongo luminoso, que ya casi no brillaba, y pasó al otro lado de perfil, con la mano en la espada y la otra haciendo visera ante la luz que había en el interior.

El espacio que se abría ante ella era diáfano y sin adornos. La estancia parecía eterna como el tiempo, y se extendía en todas las direcciones hasta más allá de donde abarcaban los ojos. En el centro, o lo que parecía ser el centro, un anciano permanecía sentado en un modesto trono de madera, in levantar la mirada, ni parecer que se hubiera percatado de la visita. Nigga avanzó el trecho que le faltaba hasta llegar al anfitrión y esperó en silencio hasta que este levantó el rostro.

—¿Dime, quién eres? —preguntó la figura del anciano sin mover los labios.

—Soy Nigga, hija de comerciantes. Vengo a buscar la bola de cristal. —Respondió con tono dubitativo, sin saber si aquel anciano la atacaría o seguiría sin mover un músculo—. ¿Eres el guardián del tiempo?

—Lo fui un día, pero no es necesario ser guardián de aquello que no necesita guardia.

—¿A qué te refieres?

El anciano miró alrededor, lentamente, como si cada uno de sus movimientos por suave que fuera, le resultara doloroso.

—Esta sala, este espacio que ves ante ti, detrás, a tu izquierda y derecha, es la sala del silencio. En el tiempo suceden muchas cosas, pero siempre hay algo por debajo de todo lo demás y es el silencio. El silencio que rellena el espacio entre las palabras, entre los ruidos, entre todos los sucesos. —Volvió a mirar de nuevo en todas direcciones con aire apesadumbrado—. El silencio está en todas partes, y estaba aquí también hasta que se rompió.

Nigga no entendía a qué se refería el anciano al decir todo aquello.

—En este lugar el ruido no existía. Era una cárcel perfecta, una puerta cerrada sin cerradura ya que la única manera de salir de ella era romper el silencio que la habitaba. Si te fijaste al entrar, ante ti no verías más que mi asiento. Ahora justo delante tienes la puerta que conduce a la salida.

Era verdad, la puerta se dibujaba y su contorno se volvía más consistente, con cada una de las sílabas pronunciadas.

—Pero antes, nadie podía hacer ruido, nadie podía gritar ni hablar, ni… Ni siquiera tirando esa herrumbrosa espada que llevas podrías arañar una nota discordante a este suelo.

—¿Y qué pasó? —preguntó Nigga.

—Ese hombre llegó aquí, estuvo horas, días, quizá semanas intentando hacer ruido de todas las maneras posibles. Golpeó con su ropa y sus zapatos los adoquines, intentó romper mi viejo y gastado trono, pero nada sirvió. Me parece que se le pasó por la cabeza en varias ocasiones desistir, pero aunque lo hubiera hecho nadie sale de aquí una vez ha entrado, a menos claro que sea capaz de crear ruido.

El anciano se quedó callado un segundo.

—¿Sabes por qué ya casi no quedan seres mágicos sobre Gaea?

Nigga negó con la cabeza.

—Porque el hombre acabó con casi todos. El motivo de que los oreghtahs ya no campen por los prados, con sus plateados y peludos lomos, o los reznaks o tantos otros que poco a poco han ido sucumbiendo ahora ya no estén no es más que el hombre. Es como una plaga que lo consume todo y lo agota todo, pero…

—¿Pero?

—Pero a veces es capaz de hacer cosas increíbles. —El antiguo guardián del tiempo suspiró mientras miraba por primera vez a Nigga a los ojos. —Todos los seres tienen algo de magia en su interior. Los hay que pueden crear melodías que lleguen a los corazones de quienes las oyen, o quienes tienden puentes mágicos para poder cruzar los obstáculos del camino. Hay magia en el interior de todos los seres que poblamos Gaea.

Nigga sentía curiosidad por ver cómo había logrado el misterioso benefactor que la precedía, afrontar aquel problema.

—¿Qué fue lo que hizo? ¿Cómo lo consiguió?

—No lo consiguió.

—¿Cómo? —Preguntó la joven.

—Que no lo hizo, no fue capaz de romper el silencio.

—Pero cruzó la sala, ahora mismo veo la salida… Estamos hablando ¿acaso sería posible si no lo hubiera roto?

—No fue él quien lo hizo si no su perro.

Nigga abrió los ojos como platos ante la sorpresa.

—Fue el perro que le acompañaba, cuando vio a su amo con las fuerzas agotadas, quien se acercó él y le susurro que le había fallado.

—¿El perro habló?

—El perro le fue fiel hasta la muerte, se quedó con él, probablemente luchó con él para llegar hasta aquí. Y finalmente le dio lo más preciado que podía darle. Su vida.

—¿Pero de qué murió?

El guardián la dejó de mirar y se masajeó las manos aguantando la respuesta durante unos segundos. Durante el silencio la puerta de salida dejó de verse.

—El perro no está muerto, solo que nunca podrá salir de aquí. No puede volver a la superficie por que ya no queda magia sobre el cuerpo de Gaea. Le acompañará hasta que salga de la cicatriz, si es que sale. Ahora déjame, no estoy de humor.

La joven se quedó mirándole, sintiendo como si se apagara y se viera gris, hasta que decidió seguir su camino. No podía estar más satisfecha, estaba convencida de que ella no habría podido salir de aquella sala eternamente silenciosa. No por sus propios medios.

Avanzó en la dirección en la que había visto por última vez la puerta y, para que se mostrara de nuevo, comenzó a cantar una nana que le solía cantar su padre. A su espalda el anciano guardián canturreo con desgana,  mientras Nigga salía de la sala y el silencio la abrazaba de nuevo al cerrarse la puerta tras de sí.

Estaba tan cerca, tan al alcance de su meta, y no podía hacer otra cosa que sentir gratitud por aquel que iba delante suyo, acabando con cada uno de los peligros y retos del camino, facilitando tanto su aventura que se estaba convirtiendo en un paseo. Iba pensando en cómo sería, en su altura y su apuesta figura, en qué le diría y lo que respondería él al recibir sus agradecimientos, que no se dio cuenta de lo que ocurría a su alrededor hasta que fue demasiado tarde. Una figura oscura y peluda la abrazó por la espalda, levantándola del suelo y aprisionándola entre sus brazos, demasiados brazos, pensaba Nigga, cuando ante ella aparecieron tres o cuatro arañas del tamaño de una vaca. Fue en ese momento cuando entendió qué era lo que la alzaba por los aires, y empezó desesperada a gritar y forcejear con la enorme criatura. Uno de los arácnidos se frotaba las patas delanteras, un gesto que siempre se le había antojado muy humano, pero no era más que un reflejo animal, no tenía la más mínima posibilidad de parlamentar con ellas, o de engatusarlas para que la soltaran.

Ya se estaba despidiendo de su padre y temiendo el arduo destino que le esperaría por fallarle, cuando un gruñido aterrador llego de las sombras que había ante ella. Una figura gigantesca de lobo saltó al interior del círculo formado por las arañas, ladrando y haciendo que estas retrocedieran y se alejaran rápidamente. Enseguida se revolvió para quedar mirando a la que sujetaba a la joven y agarrar una de sus patas entre sus fauces. Nigga notó como caía al suelo, donde quedó tirada sin valor para moverse lo más mínimo.

—No temáis mi señora, vengo a escoltaros el final del camino.

Había sido el perro el que había hablado, pensó ella.

—Haraam os espera y no le queda demasiado tiempo.

Nigga se levantó mirando al enorme animal, ya perdido el miedo que había sentido, y se acercó a él deseando saber más cosas del dueño que le había enviado.

—¿Qué le ha pasado?

—Montad sobre mi lomo mi señora, no hay mucho tiempo. —El perro se giró y flexionó las patas para facilitar el salto—. Durante el trayecto os contaré más.

La joven se subió en el animal y este comenzó a correr a una velocidad difícil de creer posible en ningún ser vivo. Aunque más adelante la oscuridad era casi total, el perro parecía orientarse a la perfección en medio de aquellas sombras. Ni una sola vez dudo, ni redujo la velocidad de la marcha.

—¿Quién es tu amo?

—No le conoces.

—¿Qué hace aquí? ¿Por qué ha cruzado los salones del tiempo y del destino?

—Por vos.

Nigga sintió que todas aquellas sensaciones forjadas en la negrura del fondo de la cicatriz tomaban cuerpo. Era real que aquel hombre había acabado con los peligros de la cueva más profunda de Gaea para que ella estuviera a salvo. Era real que la sensación que sentía en cada muestra del camino, facilitado para ella, conducía finalmente a alguien que se había tomado esfuerzos increíbles y que había logrado su cometido. Ya solo quedaba una única prueba para alcanzar la bola de cristal.

—¿Qué pasó con el Tifón?

El Tifón era la criatura que protegía la bola de cristal. Enorme, de cuerpo inmenso y protegido por láminas de hueso duro como el acero, este hijo de la propia Gaea esperaba en la última sala, la del reto, a todos aquellos que lograran pasar a través de las otras dos. La puerta solo se abriría si el Tifón moría, de manera que no era posible rodearlo ni escapar de él. Una vez se entraba en la sala del reto solo quedaban las opciones de la victoria o la muerte.

—Era demasiado poderoso para que acabáramos con él en combate, —respondió el perro.

—¿Qué sucedió entonces? —el viento de la carrera del can mecía los oscuros cabellos de Nigga, que iba aferrada al cuello del animal para no caerse.

—Intentamos combatirle con nuestras armas. Haraam su espada y yo mis colmillos, pero su piel era demasiado dura y nada lo traspasaba. Fue entonces cuando a mi amo se le ocurrió lo que debíamos hacer.

El perro siguió narrándole la batalla que mantuvieron con el Tifón, explicándole que le utilizaron para que acabara con los pilares que sujetaban la bóveda central. El protector de la bola de cristal era muy fuerte y muy duro, pero no era especialmente listo. En el momento en que todo estaba a punto de derrumbarse, Haraam se colocó en el centro de la sala, amenazándole y provocándole para que fuera a luchar con él. No fue difícil que Tifón entrara en la trampa, pero a Haraam no le dio tiempo a apartarse de manera que quedó sepultado bajo los escombros junto a la bestia.

—Pero eso no era suficiente —siguió el perro—. Para que la puerta se abriera el monstruo debía morir, de manera que el cometido que me había ordenado mi amo no quedaría cumplido de esa forma. Con mis zarpas arañé y escarbé entre las rocas hasta que encontré los huesos que protegían el cuerpo del guardián. En la postura en la que estaba, sepultado bajo las rocas y los pilares, no podía moverse. Pero yo tampoco podía causarle una herida de muerte.

—¿Qué pasó con Haraam?

Nigga ya sabía que de alguna manera lo habían logrado. Ahora lo que le interesaba era saber en qué estado se encontraba su benefactor, y cuánto quedaba para encontrarse con él.

—Al final, —el perro ignoró a la joven—entre los huesos quedaba el tamaño suficiente para meter el morro y poder hacer un pequeño mordisco. No serviría para matarle, pero si para que pudiera poco a poco sorber su sangre. Él iba perdiendo su fuerza y yo cada vez crecía más y me volvía más fuerte.

—¿Así fue como le diste muerte? ¿Alimentándote de su sangre?

El perro redujo el paso mientras subía una ligera pendiente. Al final de esta se veía una pared de piedra desmoronada, sobre lo que antes debía haber sido la última puerta.

—Yo habría hecho lo que fuera por mi dueño, lo habría dado todo por él. Igual que él lo ha dado todo por ti.

Ante Nigga aparecieron los restos del monstruo estrangulados entre las rocas del techo. Era enorme, varias veces más alto de lo que había imaginado. Quizá como las murallas del Castillo del Sol, aunque increíblemente parecía aún más sólido. Se bajó del lomo del perro para acercarse, con miedo a que no estuviera muerto y se levantara una vez más. Era verdaderamente terrorífico.

Nigga se imaginó enfrentándose a aquel engendro y sintió un nudo en el estómago. No habría sido capaz, no lo habría logrado de ninguna manera.

Miró la espada herrumbrosa que sobresalía por encima de su hombro, sopesando las posibilidades de que no se le hubiera caído la hoja con la primera embestida.

—Mi señora, seguidme por favor.

El perro rodeó la montaña de escombros hasta el otro lado, donde un cuerpo ensangrentado descansaba sobre las rocas. Nigga se acercó sobrecogida, esperando ver qué aspecto tendría el héroe que la había salvado de tantos peligros sin pedir nada a cambio. Su sorpresa fue mayúscula. Era un chico joven, delgado, lleno de cicatrices por todas partes. Algunas nuevas y sangrantes, otras antiguas y ya curadas. Se le veía delgado y moreno, curtido por la intemperie y el frío de la caverna, y un gesto dolorido en su semblante. Pero a Nigga esa cara no le dijo nada.

Como había dicho el perro, no le conocía.

—Amo, estoy de vuelta y la traigo conmigo.

Los ojos del joven se abrieron con esfuerzo, pero mostrando una gran alegría. En su cara ella pudo ver amor, más del que nunca habría soñado que nadie pudiera sentir por ella, pero también vio miedo, no entendía el porqué.

—Nigga, has llegado hasta aquí. —Su voz sonaba raspada y se veía que cada palabra le suponía un enorme esfuerzo.

—¿Quién eres y por qué me has ayudado?

Haraam volvió la cara reuniendo el coraje para responderla.

—Soy Haraam, de Nibbelheim. —Nigga se sorprendió al descubrir que era de la villa en la que estaba con su padre, pero no le reconocía—. Nunca antes me había atrevido a decirte nada.

—¿Por qué me has ayudado? ¿Por qué bajaste a la cicatriz por mí?

El joven no tuvo valor para responderle. Fue el perro el que respondió a su respuesta.

—Cuando descubrió el trato que habías hecho con Orri´n, el recaudador, se volvió loco, sabía que era imposible que nadie lo lograra. Nadie salvo él mismo claro.

Nigga le miró, enternecida y llena de una sensación que nadie hasta el momento había despertado, gratitud. Era cierto, si no hubiera sido por él y por su perro nunca habría llegado tan lejos.

—Dime, ¿cómo hiciste para acabar con los Hilos?

—¿Recuerdas la inscripción sobre la puerta de la sala del destino?

—Sí. —Aquella inscripción que ella no había podido leer.

—El guardián me preguntó si estaba dispuesto a acatarla. Yo le dije que sí.

—¿Y qué ponía?

Él sonrió antes de responderle.

—Yo leí “Afronta su destino”. —Por supuesto, Nigga entendió que por su destino, él había entendido el destino de ella. Por lo que todas las responsabilidades que había adquirido con aquel pacto, las había afrontado realmente Haraam—. Después de acabar con los Hilos, Destino me dijo que lo que ponía en aquella inscripción era “Que pase aquel que esté dispuesto a afrontar su destino”. Pero esa primera equivocación me dio fuerzas para seguir y para vencer.

—Determinación. —Comentó Nigga.

—Sí.

—¿Y las escaleras en la cicatriz? ¿Y el puente en el pantano azul?

Haraam volvió a sonreír de orgullo.

—Nos llevó algún tiempo todo eso.

Nigga sintió que sus ojos se humedecían, viendo al hombre que la había salvado de su aciago destino, dando la vida por ello. Haraam se moría, y no podía hacer nada para remediarlo.

—¿Y la sangre de Tifón?

—Para cuando le saqué, Tifón ya estaba muerto, la sangre del monstruo ya no tenía ninguna propiedad. —Respondió el perro.

—Strigoi, por favor, acompáñala hasta la bola de cristal. No dejes que le pase nada.

—No podemos dejarte aquí, —le dijo Nigga sintiendo sus manos heladas al cogerlas—, debe haber alguna manera.

—No la hay. Debes conseguir la bola y volver junto a tu padre. Vete antes de que sea demasiado tarde. —Haraam cerró los ojos y no habló más.

La joven y el lobo se volvieron lentamente a la puerta, y caminaron en silencio hasta que salieron de la sala del reto y comenzaron el ascenso hasta el habitáculo de la bola.

—¿Sabes? Mi amo sabía desde hace mucho tiempo que haría algo grande. Me puso el nombre de Strigoi por los pájaros vampiro de las quebradas de hielo, aunque ahora creo que no fue meramente por casualidad. —Nigga podía respirar la pena y el dolor en cada una de las palabras de Strigoi—. Él fue capaz de romper su destino porque no era el suyo, acabó con el curso de las cosas que deberían haber sucedido y no es justo que esté muerto. Es curioso que la bola esté al final de estas escaleras y que ni siquiera sepa si ha servido de algo.

—¿Por qué dices eso?

—Él hizo todo esto por ti, por que te amaba más que nada y estaba dispuesto a pagar cualquier precio por tu amor. En cambio tú, ahora tendrás lo que querías y no sabrás nunca cuál ha sido el coste de tu dicha.

—¿Por qué dices eso? —Nigga sintió su pecho desgarrado ante las duras palabras del perro.

—Lo único que quería era ser correspondido.

—Yo le amaba…

—¿Y por qué no se lo dijiste?

Nigga tardó unos segundos en responder, segundos en los cuales la bola de cristal apareció ante ellos al terminar de ascender los últimos peldaños.

—Volveré a velar a mi amo, es lo último que puedo hacer por él.

Strigoi bajó las escaleras dejándola sola sin esperar su respuesta. Nigga se acercó a la bola de cristal, silenciosa y apenada, preguntándose por qué no se lo había dicho. Por qué no le había dicho que le quería, al hombre que había dado tanto por ella, que buscado su felicidad con tanto esfuerzo, que debería habérsela dado pero en cambio le había dejado el mayor vacío que hubiera conocido nunca.

—No se lo dije porque tuve miedo.

En ese momento llegó a sus oídos el aullido de Strigoi, rasgado y lastimero, que salió de las grietas de la cicatriz para extenderse por el mundo, llenando de pena el corazón de los seres que poblaban el cuerpo de Gaea. Nadie sabría nunca que había hecho por amor Haraam en aquel lugar, pero todas las almas lloraron aquella noche su perdida al menos durante un escaso momento. Todas las almas se abrazaron a sus seres cercanos, buscando consuelo y sintiendo parte del vacío que ahora sentía Nigga.

Ya solo quedaba que cogiera la bola de cristal y comenzara el largo trayecto de vuelta.

—Si nos volvemos a cruzar en otra vida te prometo, no, te juro —decía llorando la joven—, que no me dará miedo. Que te abrazaré y te besaré y te diré que te amo y nada podrá evitarlo.

Cogió en sus manos la bola de cristal, mirando en sus capas el recuerdo de las vidas que se consumían sobre Gaea, mientras una errante locura vagaba por sus pensamientos en ese preciso instante. Allí se guardaban las vidas de los que habían sido y de los que eran todavía. Allí quedaba registrado todo lo que había ocurrido. Haraam había sido capaz de cambiar su destino tan solo con determinación.

Nigga dejó la bola de cristal en el suelo y desenvainó su oxidada espada. No la había usado ni una sola vez. Al menos no para el cometido por el cual había sido forjada. La joven pensaba que merecía tener un pequeño momento de gloria en aquella historia.

—Siento lo que estoy a punto de hacer, pero no hay otra manera de enmendar mi error. —Levantó la hoja sujetándola con las dos manos y con todas sus fuerzas, asestó el golpe.

—Lo siento padre.

La mañana estaba encapotada por las nubes, y las lluvias de la noche habían convertido en un barrizal los caminos de toda la región. Erkram, bajó del carro para ayudar a tirar a los burros, resbalando y esforzándose por no caer al suelo de nuevo.

—Esto me costará un resfriado.

—¿Qué hay de ese pueblo?

La voz venía de la parte de atrás del carro. Una voz joven y femenina.

—¿Nibbelheim? Estuve aquí hace ya muchos años. Es un buen lugar y además, no tenemos nada mejor. Sal del carro y ayúdame hija o no llegaremos nunca.

La joven saltó de la caja del carromato y le echó una mano hasta que llegaron al suelo empedrado del centro de la villa. Allí, les recibieron los aldeanos interesados enseguida por los artículos que seguro, traían de otros lugares. Enseguida el padre comenzó a presentar la mercancía, mientras la hija se adentraba por el pueblo, en busca de un lugar para cobijarse. Tras negociar con la única posada del pueblo, se volvió para regresar al carromato y chocó contra un chico espigado, alto y larguirucho, que rápidamente le pidió perdón y bajó los ojos al suelo avergonzado.

Ella habría quitado hierro al asunto y habría seguido su camino, pero algo la detuvo frente a él. Una sensación extraña, una necesidad tal vez…

—Hola, soy Nigga. ¿Cómo te llamas? —dijo acariciando la cabeza del perro que le acompañaba.

—Yo… soy Haraam.

—Encantada Haraam.

Desde lo profundo de la Cicatriz, Destino sonrió al verlos.

Y así es cómo la determinación de Haraam y Nigga cambió sus destinos, de la misma manera que este final dio comienzo al principio de una nueva historia.

Ahora podéis hacer un comentario sobre lo que os ha parecido…

Al otro lado

 No recordaba nada antes de aquello. Nada antes de encontrarse sentado en la silla mirando al vacío, o a la estantería que se encontraba frente a él. No sentía nada extraño, ninguna sensación rara, ni dolor de cabeza, nada fuera de lo normal. Pero ahí estaba, y no recordaba por qué se encontraba sentado de aquella manera, sin hacer nada ni saber qué había estado haciendo tampoco. Aunque ese no era el motivo de su temor. El mueble que tenía delante de él no estaba donde debía estar, o más bien, para ser exactos estaba al contrario de donde debía estar. Todo se encontraba al revés, desde el mueble que permanecía justo en el lugar contrario al que solía ocupar, además de las figuras de su interior que estaban colocadas en el mismo orden pero con la dirección contraria, hasta la mesa del salón que seguía estando más cerca de la ventana que de la puerta del salón, pero ahora se encontraba a su izquierda y no a su derecha como debería ser. Ese era el detalle que le sobresaltó.

Todo el salón estaba cambiado.

Lo normal habría sido encontrarse, sentado como estaba en aquella silla, la puerta a la izquierda y la ventana en la pared de la derecha, de manera que la mesa quedaba prácticamente enfrentada al observador pero un poco más escorada hacia la ventana. Ahora todo estaba en el lugar contrario aunque todo seguía en su sitio, como si en su mente viera una imagen simétrica de su salón.

El terror que sentía lo invadió ante la incertidumbre. No entendía qué estaba pasando.

Se levantó lentamente del asiento y caminó despacio hasta el dormitorio, con la intención de abrir la puerta y descubrir si lo que estaba sucediendo ocurría en todas las estancias, o era tan solo el salón. En parte sentía pánico de lo que pudiera encontrar al otro lado de la puerta. Acercó la mano al pomo y lo giró en la dirección contraria a como había abierto siempre, para dar un paso por el interior del dormitorio. La habitación se abría a su izquierda en donde se encontraba su mesita de noche, a continuación la cama, un mueble y un zapatero sobre el que descansaba un juego de toallas. Todo estaba al revés. Todo al contrario de donde debería estar y al mismo tiempo, todo en su sitio. No sabía cómo pero tenía claro que sus zapatillas estaban en el suelo, por el lado de la cama por el que salía habitualmente, el despertador sobre la mesa, encarado hacia la almohada, la puerta del armario abierta y sosteniendo el albornoz colgado, exactamente donde lo dejaba siempre tras ducharse. No tenía sentido. Nada lo tenía.

Después de comprobar el resto de la casa para ver lo mismo en todas las habitaciones, decidió salir a la calle. Igual no era su casa, igual la podían cambiar de arriba abajo, pero la calle… Echó la vista abajo para ver que estaba vestido. Camisa de manga corta, pantalones y unos zapatos ligeramente serios serían más que suficientes para indagar lo que estaba pasando. Salió al pasillo y no a su derecha, como normalmente, sino a su izquierda sobre una repisa, cogió las llaves de la casa para cerrar desde fuera. De la misma manera, el pasillo del rellano giraba a la izquierda para conducir a la calle. Al fondo de este estaba la puerta del portal. Todo estaba ahí. La tienda de ultramarinos, el pequeño parque en donde jugaban los niños, la calle que discurría cuesta abajo hasta girar en el recodo que había junto al banco. Todo estaba en su sitio pero, todo estaba en la dirección contraria. De la misma manera que en su casa, la tienda de ultramarinos, el parque o el banco se encontraban justo en el lado erróneo al que deberían estar. Las distancias eran las mismas, los sonidos eran los mismos pero, todo era diferente.

Se echó las llaves al bolsillo y empezó a caminar calle abajo. No podía estar pasando, no podía ser que todo estuviera al revés, ¿o el problema era tan solo suyo? Miró a su alrededor intentando comprobar si la gente que había no se extrañaba como él, pero en un primer momento no lo parecía. Los niños jugaban en el parque de la misma manera que todos los días, la gente paseaba apaciblemente, nadie salvo él parecía sorprendido o desconfiado. Recordó que al abrir los ojos no recordaba nada anterior. Nada excepto que había abierto los ojos y todo estaba donde no tenía que estar, ¿qué había ocurrido anteriormente? ¿Qué había pasado con él? Igual todo estaba como debía estar y era él, el único que no lo recordaba como realmente era. ¿Por qué no recordaba nada?

Se acercó a una pareja que había un poco más adelante para preguntar disimuladamente, pero las palabras murieron en su garganta antes de que las pudiera pronunciar. Cuando se dieron cuenta que estaba ante ellos parado y sin decir palabra le preguntaron algo, si le podían ayudar o algo así, no estaba seguro, pero lo que le dejó sin palabras fue esos rostros. Sus miradas vacías en esos rostros sin expresión, hundidos sobre un agujero que se tragaba la cara, como si fuera el agua de una pila en la que no hubiera tapón. No había nariz en sus caras, ni ojos ni cejas, no había casi boca. Pero él escuchó perfectamente cómo le preguntaban. Se separó de ellos de un salto, con una sensación de pánico que no pudo evitar. La pareja parecía haberse molestado por la reacción y se alejó entre airadas palabras y aspavientos. ¡No tenían rostro! pensaba él, mientras miraba hacia el parque intentando descubrir si los niños sufrían la misma deformación. Al parecer así era, aunque no todos lo tenían en la cara. Se incorporó y siguió en su avance hasta llegar al giro de la calle, donde se terminó de quedar sin aliento. Las personas que se encontraban en el interior del banco tenían esos agujeros que succionaban la carne por todo el cuerpo, como si fueran perdiendo parte de sus cuerpos en su propio interior. Como había visto no era tan solo en los rostros, ahora además de las caras el resto del cuerpo perdía ropa, carne y músculos en torno a esos agujeros que aparecían de manera caprichosa en cualquier parte de la fisonomía de sus víctimas. A algunos en la nuca, tras una rodilla o en pleno estómago, otros lo tenían en la espalda o en un hombro. Las voces de aquellos seres comenzaban a sonar como chirridos, difíciles de creer posibles en una garganta humana. No pudo evitar mirarse de arriba abajo para constatar que él no tenía ninguno de esos agujeros oscuros.

Se separó de la entidad bancaria para andar lo más lejos posible, sin parar de mirar en todas direcciones, temeroso de encontrarse de frente con alguna de esas “personas”. Los edificios de aquella zona parecían estar en plena descomposición, siendo fácil encontrar desconchones en las fachadas, ladrillos tirados por el pavimento, o las propias calles y aceras destrozadas y descuidadas. Cada vez las sombras eran más largas y la luz del día llegaba a menos lugares. Le parecía que no había pasado tanto tiempo pero, dada la iluminación y que casi debía caminar en penumbra, diría que se acercaba rápidamente una noche oscura. Los arbustos de las jardineras y los arboles de las parcelas mostraban una imagen tenebrosa, rodeados de líquenes oscuros y sin hojas colgando de sus ramas. Además del silencio de la calle, le sorprendía que las ramas de las plantas no se movieran por la falta de viento. Porque no había ningún viento o, para ser más exactos, no había aire, ni olores, ni sonidos, ni nada. No notaba nada y por mucho que se preocupara en descubrirlos, nada había que mostrara la más mínima señal de vida por ningún lado. Se acercó a la fachada de uno de los edificios de pisos de los que no salía ni una luz aún a pesar de la oscuridad que había ya, y vio la entrada a un callejón que pasaba por debajo del bloque, hasta una calle paralela al otro lado de la que se encontraba. Sin saber bien por qué lo hizo, se metió por el pasadizo para salir a un páramo desolado en el que no había nada. Ante él solo arena y silencio, nada de edificios ni personas, ni luz, ni ruidos; solo sombras. Ni siquiera en el cielo había nada.

Miró al edificio y vio cómo los ladrillos caían de la fachada sobre el suelo y se descomponían, sin dejar tras ellos ninguna señal de su existencia, como si nunca hubiera habido nada ahí. La acera que se encontraba ante él y que se perdía en el desierto que tenía delante, desaparecía como se evapora el agua en un día caluroso. Ante sus ojos el edificio estaba desapareciendo también y, de la misma manera, el suelo que pisaba y el callejón por el que había pasado. Pudo darse cuenta que el olor o más bien cualquier sensación, parecía estar perdiéndose rápidamente. En ese momento sentía un vacío que salía de su pecho, y que amenazaba con dejarles sin aliento, si le pasaba a él lo mismo que al edificio, no tardaría en desaparecer junto con la construcción que menguaba ante sus ojos velozmente, y no pensaba quedarse para comprobarlo. Echó a correr. Corrió de vuelta a la calle en la que se encontraba su casa, sin preocuparse de los hombres que se deshacían ni de los edificios en ruinas. Corrió hasta que sintió que sus pulmones ardían por el esfuerzo, y aún así siguió corriendo hasta que de pronto se encontró con la calle iluminada por el sol del medio día, bien alto en el cielo. Paró para recuperar el resuello, sin entender por qué todo estaba como al principio. Las personas en el banco, los edificios con sus jardines bien cuidados, la luz del sol que lo iluminaba todo… Parecía como si no hubiera sucedido nada, pero algo había cambiado.

La gente ahora tenía esos agujeros por todo el cuerpo, no solo un agujero o dos. Tenían esos hoyos que los devoraban por todas partes. Algunos incluso habían perdido miembros enteros, desaparecidos en el interior de esos oscuros pozos que tenían sembrados por toda su anatomía. Él no entendía por qué no se percataban de ello, y si lo hacían, por qué no hacían nada al respecto. En realidad daban la sensación de mostrar una actitud de lo más normal, parecían seguir con sus vidas como si nada sucediera. Esto era lo que pensaba cuando se dio cuenta de un aspecto concreto en el comportamiento de aquellos seres, no hacían más que repetir una vez tras otra lo mismo. Como si de un bucle se tratara, los niños subían y bajaban en los balancines una vez tras otra en perfecta cadencia, los animales aparecían por el mismo recodo de la calle, para desaparecer y volver de nuevo con el mismo movimiento. Como si de una coreografía perfecta se tratara, la gente hacía los mismos ademanes repetidos sin parar, todo era una repetición y otra, y otra, y otra…

Miró tras él y vio que la sombra que antes había visto en calles más alejadas, ahora se cernía sobre los edificios que circundaban el banco, como si avanzara poco a poco cercándole. Con ella, la luz iba desapareciendo paulatinamente de la calle y, de igual manera que vio antes, los edificios comenzaban a mostrar el deterioro fruto del paso del tiempo pero en escasos segundos. También parecía que el color se había deteriorado, no refiriéndose a la pintura, si no más bien como si estuviera perdiendo paulatinamente fuerza. A ese ritmo en pocos minutos no quedaría más que arena y polvo.

En pocos minutos no quedaría nada.

¿Qué estaba sucediendo? ¿Por qué ocurría todo aquello? ¿Y por qué no era capaz de recordar nada? Caminó cuesta arriba en dirección a su casa, aligerando el paso según se acercaba, mientras miraba el lugar que había ocupado todo, contrario a como debería ser. Miró a los niños, o a lo que quedaba de ellos, jugando en el parque como si nada pasara. Observó a la pareja con la que se había encontrado antes, haciendo exactamente lo mismo que hacían. Ahora eran una morbosa pantomima, que dibujaban ademanes con brazos que no existían y gesticulaban hacia lugares que se derrumbaban. Probablemente tenían la misma conversación que hacía tan solo un rato. Eso no lo podía asegurar, ya que, ahora, no era capaz de entender nada entre esos ruidos chirriantes que salían de sus gargantas. No tenía del todo claro que antes hubieran tenido un diálogo que se pudiera haber seguido, todo aquello parecía ser un mundo no solo hecho del revés, si no abocado a desaparecer en escasos momentos. Un mundo que constaba de unas pocas calles y unos cuantos edificios que estaban desapareciendo. Y él, pensaba aterrado, se encontraba en ese mundo.

Llegó ante la puerta de su portal, o lo que creía que era su portal, y sacó las llaves para introducirlas en la cerradura. Recordó girarlas en la dirección contraria y entró, dejando atrás todo lo que había visto en su breve periplo. Pasó al interior del domicilio y se sentó en la silla en la que había abierto los ojos.

¿Qué estaba pasando? ¿Por qué no recordaba nada? Y, ahora se dio cuenta de un detalle en el que no había reparado hasta entonces, ¿quién era él?

No tenía nombre o no lo recordaba. No sabía que había sido de él antes de despertar en esa misma silla, lo único que sabía era que todo estaba al revés de como debería estar. En la dirección contraria. Miró a la ventana y vio que fuera estaba ya oscuro, no escuchaba los gritos de los niños, ni nada. La pintura de las paredes estaba empezando a desaparecer, dejando a la vista primero el yeso y después los ladrillos. Los muebles se carcomían ante sus ojos y dejaban de existir. La casa estaba desapareciendo como todo lo demás.

Se levantó y se dirigió al baño sin saber muy bien por qué. Encendió la luz y se encontró con su reflejo en el espejo. Ante él se encontraba un hombre que se pasaba la mano por el pelo, se colocaba la camisa sin mangas y la sacaba fuera de los pantalones. Dijo algo y salió del marco del espejo, saliendo del campo de visión de los ojos de él.

Ahora todo tenía sentido.

Al otro lado del espejo todo estaba en su sitio, en la dirección que debía ser, sin estar al revés. Al otro lado del espejo el mundo no se descomponía, no desaparecía ni dejaba de existir. Ya había cumplido con su cometido, no recordaba cómo se llamaba porque no tenía nombre, no recordaba nada anterior porque no había existido antes. El era solo un reflejo, solo vivía para estar ante el espejo en ese momento y ahora su momento había pasado. Si se asomaba a los bordes del marco podía ver como el mundo real seguía donde debía estar, no desaparecía. A diferencia del suyo, que no servía para nada más que para dar un efímero servicio a la realidad.

Se sentó en la taza sin dejar de mirar al espejo, esperando a que como un reflejo, desapareciera él también.

Microrrelato “Fiebre”

Publicado: 18 mayo, 2012 en Relatos cortos

Fiebre

 La casa está destrozada. Los muebles, por el suelo, son los únicos testigos de lo ocurrido, ellos y el revuelo que se puede ver por todas partes. Pero lo peor es esa extraña quemazón que siento por todo el cuerpo, ardiente, molesta. Siento la necesidad de quitarme la ropa y rascarme por todo el cuerpo, pero no hará falta ya que estoy completamente desnudo. Siento una fiebre que poco a poco va remitiendo, y que me permite aclarar las ideas en lo que intento recordar qué ha pasado. No logro recordar.

Miro mis manos y veo restos de sangre. Por fin noto el sabor metálico que inunda mi garganta y me miro al espejo, parece no ser mía. Por todo el cuerpo encuentro esos salpicones que indican que algo grave ha ocurrido, no sé qué pero, sin saber muy bien por qué motivo, me giro y allí en el suelo encuentro la razón de mis preocupaciones. Siento cómo el calor va dando paso al frío por la desnudez pero, aún así, no me atrevo a moverme de donde estoy. Quizá si no me muevo no haya ocurrido, no sea verdad, o solo sea una de esas pesadillas que últimamente tengo. Pero ella está ahí.

Desgarrada, desmembrada, sin la vida que tenía hace tan solo unas horas, la mujer con la que compartía la noche descansa muerta en el suelo de mi salón, y yo no me quito de la mente, la imperiosa necesidad de comer un buen plato de carne cruda. Tal vez las pesadillas que tengo no sean pesadillas, tal vez al despertar no abandono ese oscuro ser que hay en mi interior. Tal vez al despertar descubro que la sombra que oculto es mi verdadera naturaleza, y esa naturaleza tiene hambre.

Dejo que el lobo salga de nuevo.

Os dejo el microrrelato que escribí para el programa de radio “Castillos en el aire”, disfrutadlo:

Mi propio reflejo

 

La prisión de agua

  No pienso dejar que las toquen. Ni un pelo. No se acercarán de ninguna manera. Mario abrazaba a sus dos hijas ansiosamente, sin apartar ni un segundo la mirada de los dos hombres con los que compartían el angosto cuarto. Ellas por fin se habían dormido, pero de tensión. Al fin no habían podido aguantar más y habían caído en un letargo intranquilo y nervioso y Mario lo entendía. Lo que se habían visto obligados a vivir no lo debería vivir nadie.

Le había parecido una idea genial que sus hijas pudieran ver, in situ, el trabajo de las personas que hacían realidad la vida diaria. Por lo que aprovecharon las vacaciones para que, por mediación de un conocido, les enseñaran una de las instalaciones que regulan la energía eléctrica de las pequeñas localidades de la isla. Los operarios les mostrarían cómo se creaba la energía, de qué manera se almacenaba y más tarde, cómo se distribuiría hasta las casas en donde se consumiría. Pero no se le ocurrió de ninguna manera que pudiera suceder lo que les había pasado. Mario miró a los dos hombres que miraban a sus hijas como hienas, temiendo que también él cayera de sueño tarde o temprano. Y entonces qué.

Salieron del hotel y se presentaron en las instalaciones temprano por la mañana, mirando con pesar a las nubes que anunciaban lluvia. Allí había dos hombres maduros y un capataz, que andaba comprobando y midiendo la tensión de los recorridos eléctricos. En realidad no había mucho que ver. El lugar constaba de una garita, un tendido de alta tensión y unos condensadores. No se trataba de una gran central hidroeléctrica, esa se encontraba en el otro lado del embalse, esta daba suministro a una pequeña localidad que se alejaba siguiendo la carretera de servicio y que, tras hacía ya algún tiempo, recibía electricidad directamente de la instalación principal. De modo que era un lugar a punto de ser licenciado. Ese sería el motivo por el que nadie les había venido a rescatar, nadie sabía que estaban allí, encerrados, sin ningún alimento.

A los pocos minutos de su llegada unas pocas gotas empezaron a caer del cielo, aspecto que preocupó a Mario por miedo a la electricidad, pero que no pareció preocupar demasiado a los operarios, que siguieron explicándoles cuál era su trabajo o para qué servía aquello… Hasta que la lluvia se tornó torrencial. De pronto un ruido ensordecedor les llegó tapando todo lo demás y todos miraron en dirección al mar.

—Eso no es la lluvia —dijo uno de los técnicos.

Por encima de las lomas que cubrían el valle se veía una nube, una sombra húmeda que avanzaba rápidamente hacia ellos, oscureciendo el día como si fuera una cortina que tapara el sol. Una ola enorme que barrería todo el valle a su paso. Mario cogió a sus hijas de la mano y corrió a la casucha en donde estaban los mandos, seguido de su mujer y del capataz. Cuando llegaban a la puerta, sentían la espalda calada de las gotas que precedían al Tsunami, que sobrepasaba la cima de los montes, y hacían rebosar el embalse llevando consigo una riada arrasadora hacia ellos. Lucía no lo logró. Su mujer y ese capataz que malamente les había dirigido la palabra no alcanzaron la puerta a tiempo. La mujer con la que había vivido los últimos diecisiete años, que le había dado dos hijas, que conseguía que llevara las corbatas planchadas a la oficina, la riada se la llevó ante sus ojos unos segundos antes de cerrar la puerta y quedarse a oscuras con sus hijas y esos dos hombres.

Dos días después y cuando las luces de las linternas ya no tenían casi baterías, el hambre empezó a acuciar a los cinco ocupantes del estrecho almacén. Bajo la oficina que contenía los mandos de la central, los expedientes o la salida al exterior y por la que seguía entrando el agua oscura y embarrada, había un almacén de hormigón cerrado por una trampilla en donde solían guardar todo el material para las reparaciones, o las baterías en las que se almacenaban los vatios, pero no comida. Ni una triste bolsa de patatas. Nada que llevarse a la boca durante dos días, cuarenta y ocho horas, dos mil ochocientos ochenta minutos, ciento setenta y dos mil ochocientos segundos, y cada uno de ellos fue una tortura, un momento eterno y doloroso que parecía no tener fin. Al comienzo de todo se preocuparon tan solo de escuchar el ruido de la riada, golpeando la oficina que había sobre ellos una vez tras otra. Probablemente el agua se estancaría y sería cuestión de tiempo que la tierra la fuera absorbiendo, ilusión que los técnicos rápidamente desestimaron al explicarle que la zona poco porosa, no ayudaría a eliminar el agua que anegaba el valle. De todas formas también lo que pudieran aguantar en tales condiciones, sería cuestión de tiempo. Por la ranura de la trampilla se iban colando gotas de agua que caían constantemente hasta el suelo, martilleando la razón de los presentes que no tenían nada que contar, ni ánimos para hablar tampoco. Los móviles no tenían señal y no había manera de ponerse en contacto con el exterior y, en una ocasión que intentaron asomarse levantando la trampilla, el peso del agua les impidió moverla siquiera unos milímetros. Estaban encerrados y no tenían más opciones que esperar.

Tras el tercer día con nada que llevarse a la boca comenzó la tensión. Las hijas de Mario no paraban de llorar y decirle que tenían hambre, algo que él no necesitaba que le recordaran. Su estomago no paraba de rugir, pero lo peor eran los cuchicheos de los dos hombres que se encontraban frente a él. Les miraban y hablaban en susurros, no dudaba Mario de qué, mientras el silencio se mezclaba con los lloros de sus hijas. Tenía que hacer algo cuanto antes. Se levantó y buscó una vez más con la luz que despedía el móvil, las linternas y demás luces ya se habían agotado, ya que el resplandor del pequeño piloto de emergencia apenas iluminaba lo suficiente para distinguir las formas. Miró por los estantes intentando encontrar alguna cosa que les sirviera para algo, lo que fuera. Tornillos, tuercas, motores desvencijados, nada parecía tener ninguna utilidad en la situación en que se encontraban pero, aun así, no desistió en su empeño.

—¿Qué buscas papa? —Le preguntó su hija mayor en medio de un acceso de tos.

Uno de los operarios se acercó y le preguntó si se encontraba bien pero antes de llegar si quiera a tocarla, Mario saltó sobre él abandonando su tarea.

—¡No se te ocurra tocarla!

—Sólo me preocupaba por la niña —respondió el técnico, dolido por la reacción e intentando soltarse de la mano con la que le aferraba el padre.

Mario forcejeó con él tratando de separarle de sus hijas y, en medio de la trifulca, se golpearon contra una de las estanterías. De encima de esta calló un pequeño transistor que fue a aterrizar contra el suelo, donde rebotó con un sonoro crujido. No parecía muy dañado pero si se habían abierto las abrazaderas de plástico que lo mantenían cerrado. En seguida los dos hombres pararon de empujarse y se lanzaron sobre la radio para intentar ponerla en funcionamiento. No se encendía.

—¡La has roto! —Gritó Mario lleno de rabia.

—¡Ni si quiera tiene pilas! —Respondió igualmente el hombre que se la arrebató de las manos y la inspeccionó más detenidamente—. Quizá podamos conseguir alguna de las herramientas que hay por aquí. Lo que no sé es si funcionará. —Dijo dirigiéndose esta vez a su compañero.

No dejaron un rincón sin tocar hasta que al fin, en uno de los cajones de un escritorio, encontraron un paquete de pilas sin abrir. No parecían estar estropeadas pero… Sacaron las pilas y las fueron introduciendo en el hueco a tal fin, con un cuidado que rayaba en lo exagerado. Con un ligero golpe con la palma de la mano, la carcasa de la radio se cerró, desapareciendo con ello los restos de la fortuita caída. Toquetearon el transistor por todos lados, todos los botones, la ruleta de búsqueda de emisora, pero no sonaba nada. Ni estática.

—No funciona.

Mario suspiró como si en vez de una radio, hubieran perdido la oportunidad de encontrar una salida. Lógicamente no iban a salir antes por escuchar lo que decían en las ondas, pero sí podrían enterarse de cómo iban las labores de salvamento. Esa ola debía haber sido realmente destructiva. Volvió a su puesto en el suelo junto a sus hijas, odiando la humedad y el frío de aquel almacén subterráneo. Si no era el hambre las enfermedades los matarían, o puede que fuera las dos cosas juntas, quién podía saberlo. Las toses de su hija eran cada vez menos húmedas y más ásperas, sonando como una especie de bocina, ese tipo de tos que sólo tienen los niños pequeños y que llega tras horas tosiendo. Eso y la falta de líquidos que les acuciaba, que les tenía las gargantas en carne viva. Mario sentía cada palabra como una bola de alambre saliendo por su garganta, no quería pensar que sentiría su hija con aquel catarro. La otra niña apenas tiritaba en el esquinazo del cuarto.

—Quizá podríamos recuperar algo del agua que gotea por la trampilla, —dijo el otro operario que se había mantenido fuera de la reyerta.

Mario miró a las gotas que caían por la ranura del techo y, aún con la poca luz que había, vio el color salobre que tenían. Al arrastrar toda la arena y el barro del valle, la potabilidad no sería la adecuada, pero, no tenían nada más.

—¿Cómo la cogemos?

—Lo mejor será filtrarla con la ropa, alguna camiseta lo más limpia posible que separe la arena del agua. —Dijo el hombre con el que se había enfrentado hacía escasos minutos, entre cabreado y apaciguador.

Sin esperar a que dijeran nada más, el padre se saco de debajo de la sudadera fina el polo que llevaba y asegurándose de que estuviera más o menos limpio, lo colocó debajo del exiguo reguero.

—Vamos Claudia, acércate aquí.

La hija mayor avanzó a donde le indicaba su padre, que la colocó bajo la prenda haciendo un nudo por el que caerían las gotas de agua tras pasar por el tejido. El ritmo era tormentoso, pero al fin logró que su hija dejara de toser un rato. A continuación llamó a la menor pero esta no pareció percatarse. Estaba dormida o había perdido el sentido. Mario se acercó preocupado a ella y la acercó a pulso para llevarle agua a los labios agrietados. La apoyó en su regazo, sentándose sobe el charco sin que le preocupara mojarse y le abrió los labios para hacerle llegar un poco de agua. La niña se estremeció, pero no se movió mucho más.

—Venga Sofía, abre los ojos un poco. —Se notaba la preocupación en su tono de voz.

Tenía un color pálido y cetrino que no auguraba nada bueno. Los brazos caían lánguidos a los lados del cuerpo y bajo los ojos, una sombra oscura pronunciaba las ojeras que hundían las orbitas en el rostro. Mario la llevó de regreso al fondo del almacén, lejos de la humedad que había en torno al charco bajo la trampilla. La tendió de nuevo en el suelo y la cubrió con la sudadera echándosela por encima. Él se volvió a poner el polo que había utilizado para recoger el agua, aun estando mojado como estaba. Si ya sentía antes frío, ahora no paraba de temblar mientras frotaba con las manos el polo, intentando secar la prenda cuanto antes.

—Puede que logremos arreglar la radio.

Abrió los ojos un segundo para ver como uno de los hombres cogía el aparato, y lo empezaba a manosear intentando hacer que funcionara. Los ojos se le caían en medio de una extraña sensación de ingravidez, a la que se abandonó mientras el ruido de la estática parecía despertar en el transistor. A su lado sus hijas respiraban increíblemente fuerte y notaba cada uno de sus latidos en las sienes, inhalaban en entrecortados suspiros y roncos gemidos mientras Mario se iba abandonando cada vez más.

—Parece que ya suena algo.

Intentó abrir los ojos pero no pudo, sólo sentía unos ligeros tirones y una sensación de frío. No entendía lo que sonaba a su alrededor, un leve rumor que no terminaba de entender pero que le sumió en una sensación de apremio que no entendía. Algo se quedaba en el tintero, no podía permitirse el lujo de quedarse allí tendido mientras aquello que fuera, que no terminaba de recordar, pasaba desapercibido. Y esa sensación de dolor en el estómago que se volvía cada vez más acuciante. Esos hombres habían mirado a sus hijas como hienas, esperando a que bajara la guardia para aprovechar el más mínimo descuido. El hambre, la falta de sueño, todo se unía y no podía evitar pensar que pasaría si él, el único que evitaba que se lanzaran sobre ellas, se quedaba dormido. Hizo un esfuerzo inhumano para levantar los párpados que parecían pegados entre sí, sorprendiéndose al encontrarse con la dantesca escena que se interpretaba ante él. El suelo se veía manchado en un charco de roja sangre que lenta y pegajosamente, iba expandiéndose por toda la superficie. El ruido de los huesos al romperse y separarse de la carne, le ayudaron a salir de ese sopor en el que se encontraba. No podía entender lo que estaba sucediendo, pero no paraba de llevar su mirada a las caras ensangrentadas de los dos hombres, que se limpiaban con el antebrazo restregando las manchas que circundaban sus bocas abiertas sobre la carne. Junto a su pie vio la mano tendida de una de sus hijas, de Claudia parecía, que descansaba en el suelo separada del resto del cuerpo.

—¡Pero qué habéis hecho! —Acertó a gritar descompuesto mientras se arrodillaba y cogía el miembro cercenado, llevándoselo al pecho como si lo pudiera acunar.

No parecieron hacerle el más mínimo caso y siguieron alimentándose de aquella carne cruda y tierna.

—¡Dejadlas! ¡Dejadlas en paz!

Intentó quitárselas de las manos como si con ello pudiera devolverles la vida, pero no era capaz de mantener fuera de su alcance lo que quedaba de sus niñas.

—¡DEJADLAS ANIMALES!

Sus hijas, las hijas por las que habían organizado esas vacaciones que habían acabado con la vida de su mujer, y su falta de dedicación al no estar junto a ellas cuando le necesitaron. Miró al suelo y se dejó caer de rodillas, sin preocuparse por las manchas que se dibujaban en sus pantalones. Comenzó a sollozar perdiendo por completo los últimos resquicios que le quedaban de fuerza. Ya no podía hacer nada y por tanto, ya no le quedaban motivos para seguir luchando más. Seguía viendo por el rabillo del ojo cómo sujetaban lo que parecía una pierna y la devoraban como animales rabiosos. Ese comportamiento no era normal. Quién podría hacer aquello sin deponer por completo el contenido del estómago, aunque en este caso no hubiera más que bilis. Se derrengó por fin al suelo y se quedó allí, escuchando los gruñidos y sonidos guturales que emitían los comensales, mientras sentía cómo el abandono se abatía sobre él.

—¿Cómo he dejado que nos pasara esto? —Se preguntó—. ¿Cómo no he estado por ellas?

Casi al mismo tiempo que caía una lágrima rodando por su mejilla, sintió un tirón en el pie de allí de donde le sujetaban aquellos caníbales. No satisfechos con haber dejado los restos de sus niñas por todo el pavimento, ahora venían a por él. Ahora le tocaba el turno a él sentir sus dientes en la piel, sus manos, sus mordiscos…

—Al menos en breve estaré con ellas.

 

 

…las labores de salvamento y, están realizando todo lo posible por evitar males mayores en la zona. El resultado de la ola, estiman, ha sido de casi un millar de muertos y hasta el momento otros casi dos mil desaparecidos más. Esperamos las últimas cifras de los equipos de bomberos desplazados de todas las islas circundantes, para…

 

 

El ruido de estática aderezaba la voz que sonaba desde el transistor, como una garganta metálica dando las noticias. Mario abrió los ojos y miró al techo del angosto almacén sin recordar muy bien dónde estaba. Movió los dedos de las manos con miedo a que no estuvieran ahí, pero no hubo problema, no faltaba ninguno. Se incorporó lentamente, y vio a los dos hombres que se acercaron rápidamente a él para ayudarle a colocarse sentado contra la pared. Para su tranquilidad, no le faltaba nada ni había sangre en el suelo. Sus anfitriones no se habían vuelto brutales caníbales que disfrutaran arrancando la piel a mordiscos. Es más, parecían bastante aliviados de ver que se había despertado.

—Señor, hemos logrado que la radio funcionara y nos van a rescatar. Sólo tenemos que resistir un poco más. —Comentó con cierto titubeo—. ¿Se encuentra bien?

—¿Ya podemos salir?

—No, pero en la radio han hablado del valle y vendrán a ayudarnos —respondió uno de los técnicos alentadoramente.

De la trampilla caía cada poco una gota de agua, pero se veía mucho más limpia que la que se había visto obligado a darle a sus hijas…

Sus hijas.

—¿Qué habéis hecho con mis hijas?

Los dos hombres se miraron entre sí antes de devolverle la mirada a Mario.

—¿Por qué no me respondéis? ¿Dónde están?

Uno de ellos indicó con el índice al rincón en donde habían estado todo el tiempo y donde aún estaban. El padre respiró más tranquilo mientras se acercaba arrastrándose a sus hijas, era increíble lo abatido y cansado que se encontraba. No paraba de sentir un extraño vahído en su cabeza, no dolor, tan solo una sensación de atontamiento que no se iba. Quizá por la falta de alimento.

—Niñas ¿cómo estáis?

Estaban frías como el hielo.

—Niñas.

Las manos de Claudia cayeron al suelo sin vida cuando las levantó para intentar despertarla. Sofía tenía un tono pálido azulado, su pecho no se movía.

—¿Niñas?

Un sollozo salió de la garganta del padre cuando se hizo la luz en su cerebro. Sus hijas estaban muertas y él no podía hacer nada para remediarlo.

—No pudimos hacer nada por ellas, lo sentimos señor, les dimos agua en los labios y las arropamos pero… —Se escuchaba el tono del técnico apenado por la pérdida del hombre.

—En serio señor, lo intentamos pero no hubo nada que hacer —respondió el otro.

Los dos hombres se acercaron a él. Uno de ellos le puso una mano sobre el hombro apiadándose de su dolor.

—Por lo que han dicho, los equipos de rescate aún tardarán unos días en sacarnos de aquí. —Dijo el primero, quedándose callado junto a él.

—Si no comemos algo moriremos también —acabó el segundo.

Qué querían decir, por qué hablaban de comer si no había nada que comer.

—¿De qué habláis? —Dijo confundido sin acabar de entenderles—. No hay nada de comer, si no, mis hijas seguirían vivas…

No podía ser.

No podían pretender eso, no mientras él estuviera con vida. No a sus hijas.

—Ellas han muerto. Nosotros no.